El dragón de hielo. George R. R. Martin. Norma Editorial

(96 páginas. 19,50€. Año de edición: 2015)
A medio camino entre el cuento y la novela corta (y casi casi del cómic), uno de los atractivos de este título, además de pertenecer a George R. R. Martin, es su cuidada edición. Ilustrado por el turolense Luis Royo (creo que a nivel mundial en esta reedición), este ejemplar de tapa dura y hoja si no satinada sí muy agradable al tacto, combina el verbo fácil y atinado de Martin y unas bellísimas ilustraciones de un autor más que recomendable.

Lo primero que hay que decir es que la historia nada tiene que ver con Canción de Hielo y Fuego por más que el dragón venga consignado en la portada. Ni siquiera estamos en Westeros, sino en un reino no especificado en guerra. Hay dragones, pero no están emparentados con los que conocemos, y menos aún estamos ante una posible pista para el desenlace de la saga con el ejemplar helado de los susodichos dragones.

Adara es la protagonista, una niña diferente y retraída, en parte porque es una niña del invierno: nacida en la peor helada que se recuerda, por si fuera poco su madre murió en el parto, algo que su padre no termina de perdonar del todo. Al contrario que el resto del mundo, la niña parece disfrutar únicamente cuando se acerca el frío, y detesta el verano más que nada porque es la época del año en la que está más lejos de su escondite alejado en el que erige un pequeño castillo helado, en el que corretean las lagartijas de hielo. Y, sobre todo, porque entonces el dragón de hielo no se acerca.

Debido al carácter reducido del relato, el autor se centra casi exclusivamente en el tema de la amistad entre la niña y el dragón, una amistad que rebasa afinidades, semejanzas, e incluso especies. La sintonía entre los dos seres es casi inmediata. Esa comprensión que se le niega entre sus congéneres la encuentra en el tacto gélido de las escamas escarchadas del dragón, en su aliento de "muerte, silencio y frío".

Salvo Adara, de un carácter adusto, alejada de sentimentalismos y efusividades, y salvo la fidelidad del dragón a esa niña fría, los personajes no están demasiado desarrollados. John, el padre, es un hombre dedicado al trabajo en el campo para sacar adelante a su familia, a quien quiere proteger más que nada, por más que la niña pequeña le resulte un tanto extraña y alejada, y le recrimine en secreto que por su culpa no está Beth, su esposa; la hermana mayor, Teri, no pasa casi de figurante; y el otro hermano, Geoff, tampoco tiene mayor relieve.

Con Hal, el hermano de su padre, apenas encontramos más que el eslabón que une la historia con esa guerra lejana en la que los dragones (normales) son el arma principal para ambos bandos. Hal llega cada verano a lomos de uno de sus dragones, aunque en los últimos tiempos su presencia es para alertar a su familia de la cercanía y peligrosidad de un enemigo en alza.

La historia es la que es y no necesita mayores desarrollos. Ocho capítulos que se leen con suma facilidad y a esa facilidad se le puede añadir el calificativo de deleite en esa combinación tan acertada de literatura e imagen. Por momentos no sabes si es mejor la entrañable amistad entre Adara y el dragón, o si lo es la recreación del dibujo preciosista y detallista de Royo.

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