Sin máscara. Alfredo Gómez Cerdá. SM (Gran Angular)

(143 páginas. 8,75 €. Año de edición: 2011)
Aun sintiéndolo mucho porque me suele gustar lo que leo de Cerdá para el aula, Sin máscara no me ha parecido uno de sus títulos más conseguidos. La historia de amor que se propone es tan inconsistente (a pesar del prometedor inicio, dejando mensajes en una mesa del aula de audiovisuales) como cada uno de los personajes, tanto el protagonista, Roberto, que toca el violín, del que aspira convertirse en un virtuoso, pertenece a una familia acomodada y es el único miembro de su familia sin máscara, como Luna, la estudiante mal hablada que vive en Carabanchel y que viste entre rockera y provocadora (igualito igualito a la chica de la portada...) y de la cual poco conocemos.

No hay un solo elemento que me haya convencido: ni los ya mencionados (historia y personaje principales), ni los secundarios (la familia de Roberto, supuestos representantes de su su clase social, más preocupados por las apariencias y el abolengo que de otra cosa, donde apenas hay diferenciación entre la estirada madre y el "revolucionario -por aquello de que se le mete en la cabeza llevar a Roberto a un instituto público, aunque no esté explicado ni justificado más adelante ese arranque "subversivo"- padre, que no dirige una sola palabra de explicación de la decisión de no consultarle para llevarle a Chicago, por no hablar del primo Santi, enganchado al tráfico de drogas pese a su buena fachada), ni los amigos de Luna, Sebi y Mocolindo (y qué decir de Balta, seguidor de Rosendo y del Atleti, ¿se puede ser más tópico?), que se reúnen en el bar Calzonga (no hay ni un solo nombre propio acertado), de Carabanchel, puestos ahí sobre todo para contrastar con las apariencias pijas de los que viven en San Bernardo y para demostrar que no por llevar buenas ropas se es más legal.

Tampoco los diálogos se acercan a una cierta verosimilitud (y demuestran que la jerga juvenil va por otros derroteros y la expresión de los personajes se ha quedado obsoleta, si es que alguna vez se habló así). Ni siquiera el tiempo (como mucho transcurre un mes en total) o el espacio (la novela está ambientada en Madrid) están bien delimitados, porque el poco tiempo de la relación con la chica no parece suficiente como para que Roberto adopte como suyos los amigos de Luna y por más que se nos describan ciertos recorridos (en metro, en coche) con cierta exhaustividad no nos transmite nada más que obviedades.

La resolución, para no cambiar el tono de esta reseña, tampoco es muy satisfactoria, y no solo por lo precipitado sino porque queda desangelada por más que los amigos alternativos de Roberto se acerquen al aeropuerto y dejen pasmados a su familia. Por eso creo que es una novela escrita con prisas y sin mucho cuidado, fallida. Las 21 ediciones me dejan perplejo, aunque a lo mejor ese cúmulo de defectos que he visto pasan inadvertidos para el joven lector. La nueva y actualizada portada del libro, por cierto, mejora bastante, al fijar una de las pocas imágenes que merecen la pena, la de los chicos tumbados en la hierba viendo despegar los aviones en Barajas.

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