La importancia de llamarse Ernesto. Oscar Wilde. Editorial Juventud

(246 páginas. Año de edición: 2001)
La importancia de llamarse Ernesto, acompañada de El abanico de Lady Windermere, Una mujer sin importancia y Salomé, es una inmejorable manera de retomar el género teatral, un tanto olvidado por mi parte. La prosa de Wilde es indeciblemente ingeniosa y después de leerlo, sin duda alguna que de alguna manera u otra, ha inspirado cuanto menos el estilo de algunos escritores. 

Por ejemplo, El abanico de Lady Windermere y Una mujer sin importancia me han recordado, salvando las distancias y las épocas, a ese Woody Allen que suele promover reuniones de amigos en las que se habla de todo y de nada. No son obras que me hayan interesado especialmente, sobre todo la segunda, lleno de lores y ladys, conversaciones de salón en las que no he conseguido entrar. La primera al menos tenía ese punto de gracia con esa mujer protegida por lord Windemere, Mrs. Erlynne, una mujer que hasta avanzada la obra no te enteras de que es de mediana edad, y madre de lady Windemere

El matrimonio de los jóvenes Windermere se sustentaba en la confianza mutua, pero las insidias de esta misteriosa mujer se interponen entre ambos y dan alas a las aspiraciones de lord Darlington. Al final ese personaje femenino de gran fuerza y personalidad, abocado a las murmuraciones y blanco de los ataques por parte de una sociedad cerrada y tirando a retrógrada, que no es capaz de perdonar ni de justificar que una mujer dé a luz a un bebé sin padre reconocido, no saldrá tan malparado después del único acto desinteresado que realiza en su vida, con tal de salvar la reputación de su hija.

Otro de los aspectos positivos de la obra, que transcurre en cuatro actos, es un final que se aleja de los convencionalismos. Lo normal es que madre e hija se hubieran reconocido, pero  Mrs. Erlynne consigue proteger su identidad y no le es revelada a su hija. Por si fuera poco, consigue atrapar a su pretendiente, lord Augustus Lorton, al que le convence de salir de Inglaterra.

Con Salomé dejamos la comedia para adentrarnos más bien en una recreación de tragedia clásica. Ambientada en Judea, personajes bíblicos toman la palabra y adquieren una relevancia poética muy acusada. Volviendo a las comparaciones, por momentos me parecía estar leyendo a Federico García Lorca, sobre todo en las referencias a la luna y por ese fatalismo tan presente, con la sangre como otro aspecto destacado.

Ese trío casi incestuoso formado por Herodes, tetrarca de Judea, su esposa Herodías y la hija de esta, Salomé, se entrecruza con el profeta Yokanaán, de quien se encapricha loca y funestamente Salomé, llegando a pedirle a su padre (padrastro, imagino) la cabeza del profeta a cambio de bailar para él. Las connotaciones sexuales están insinuadas con bastante claridad. El desastre está más que anticipado desde antes que el Joven sirio se fije en la palidez de Salomé. 

Pero la joya de esta edición es el título que encabeza el libro: La importancia de llamarse Ernesto podría considerarse la típica obra de enredo si no fuera por la habilidad del llamativo autor inglés, capaz de elevar el tono sencillo y despreocupado con su estilo y su humor. Son innumerables los diálogos inteligentes y jocosos, y aspectos casi propios del humor absurdo, como la manía de las protagonistas femeninas en fijarse en un nombre propio por encima de otras virtudes personales, dan pie a esta pieza corta dividida en tres actos.

Empezando por la rectitud socarrona del criado Lane, y siguiendo con la actitud descreída de Algernon ("La verdad es rara vez pura y jamás simple. La vida moderna sería muy aburrida en  cualquiera de las dos alternativas, y la literatura moderna, una absoluta imposibilidad"), quizá la franqueza de su amigo Jack Worthing, afincado en el campo, es el primer punto de tensión dramática (entendida como enredo sobre todo). Y más cuando este le confiesa que para convencer a su prima hermana Gwendolen para que se case con él, ha de hacerse pasar en la ciudad por Ernesto, requisito primordial para conquistar a su enamorada.


Por otra parte, Algernon, que no pierde oportunidad para entretenerse y salir de ese aburrimiento ocioso suyo, indaga dónde vive su amigo Ernesto, a quien sonsaca que se llama en realidad Jack. Y es que se interesa por la belleza de Cecily Cardew, nieta de Thomas Cardew (el hombre que le adoptó cuando era niño), y no duda en aprovecharse de las mentiras de Jack en Woolton, Hertfordshire, donde se ha inventado un hermano calavera llamado Ernesto para tener la excusa de ir a verlo a Londres, cuando en realidad intenta "ligarse" a Gwendolen.


Toda esa actitud distanciada y descreída hacia el matrimonio por parte de Algernon se viene abajo cuando conoce, bajo el nombre de Ernesto (el ficticio hermano pequeño de Jack), a Cecily. Ya no será el mismo que afirmaba al principio que "Estar enamorado es romántico. Pero no hay romanticismo en una proposición definida. ¿No te das cuenta de que puede aceptarte?"; ni el que inventaba incluso la expresión "bunburizar" (mientras que Jack inventa un hermano menor para venir a Londres siempre que quiera, Algernon crea un inválido llamado Bunbury para librarse de ciertos compromisos).


No importa que el final sea un tanto predecible porque los senderos de esta comedia se fundamentan en la facilidad de palabra de Wilde, que dota a sus personajes de una frivolidad alocada muy propia, sin dar la impresión de ser criaturas ficcionales. Solamente por esta obra merece ser leído el libro, sin duda.

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