El verano del inglés. Carme Riera. Debolsillo

(128 páginas. 7,95€. Año de edición: 2016)
Si estás buscando una novelita fácil y divertida por ejemplo tras una agotadora lectura o porque no tienes demasiado tiempo, con este libro habrás encontrado tu objetivo, que no es otro que el que tuvo la autora (me figuro) a la hora de escribirlo.

Se trata de una novelita sin trascendencia ni mayores pretensiones que proporcionar un rato de lectura amena, por momentos divertida, al mismo tiempo que juega con varios de los tópicos de la literatura de terror o de los dramas de serie B de las películas de Antena 3, con el trastornado de turno.

Quizás me ha costado más de la cuenta por mis equivocadas expectativas y no me he quedado con los chascarrillos y la ironía que destilan las poco más de cien páginas, al mezclar este título con alguno parecido (vete a saber) y formarme una idea preconcebida de algo que no iba a pasar.

Porque lo que en realidad pasa es que Laura Prats, una agente inmobiliaria cincuentona harta de perder oportunidades de ascender en su empresa por no saber hablar inglés, decide sacrificar las vacaciones de agosto y anular su viaje a Perú con su prima, para hacer un curso intensivo. Por Internet da con el método de Mrs. Annie Grose, con quien, por tres mil libras, aprenderá inglés en su casa, un tanto apartada de la civilización, a 120 millas de Londres.

El extraño requisito de tener que enviar una carta de solicitud, un currículum y una foto de cuerpo entero no detienen a Laura, que redacta una especie de alegato a un abogado y por eso las interpelaciones del principio ("Me pide usted que se lo cuente todo porque de lo contrario no se encargará del caso") y en otros momentos. En el segundo episodio se nos alude, por ejemplo, a lo siguiente: "La costumbre de treinta años ha pesado más que esos tres meses de encierro".

Durante 12 capítulos se nos contarán las vicisitudes y avatares de la estadía de Laura con Mrs. Grose, todo un peculiar personaje, siempre con un punto exagerado y cómico. El cara a cara se produce en el tercero y la descripción de su profesora de inglés no puede ser más pintoresca: carirredonda, agarbanzada, pelo canoso, gafas de montura exótica, anchas espaldas, abultada tripa, aire muy masculino, potenciado por su voz.

Pronto prohíbe el español y exhibe un humor negro de dudoso gusto al mencionar que la casa es un buen lugar para fantasmas. Un aperitivo para todos esos acontecimientos que se inician el 1 de agosto de 2005. Sin llegar a la inverosimilitud, no extrañan ni rechinan algunas de las amenazas que prodiga la estricta profesora con tal de que su alumna mejore con el inglés: castigos y premios como si Laura fuera colegiala, que cada vez parecen irse más de sus manos, como quitarle el móvil.

Entre el carácter cada vez más insoportable para Laura (me recuerda al audio en el que Vanesa, una monitora de curvas espectaculares, es el regalo de su esposa para ponerse en forma en el gimnasio, y conforme pasan los días y las agujetas, cada vez le repulsa más) y algunas trifulcas que escucha con el ex marido de Grose, los nervios de Laura se van crispando. El objetivo pronto dejará de ser mejorar con el inglés, para convertirse en cómo escapar de aquella lunática.

En fin, esa tensión irá creciendo hasta hacerse insostenible. Solo estos dos personajes constituyen el entramado de la novela, que tiene en sus abundantes y ágiles diálogos uno de sus puntos más fuertes. El factor sorpresa no es excesivo y la previsibilidad, en cambio, es otra nota acentuada, pero es conveniente dejarse llevar y quedarse con ese costumbrismo excéntrico que constituirá la señora Grose.

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