The young pope. Temporada 1

(HBO. 10 episodios: 21/10/16 - 18/11/16)
Ojo: contiene spoilers

Será que lo que haga o deje de hacer la Iglesia me la trae al pairo, será que no me ha terminado de enganchar la propuesta pseudo onírica, psicodélica, estrambótica, satírica, extremista, excesiva de Paolo Sorrentino. Las estupendas y elogiosas (y excesivas) referencias de la serie han venido acompañadas de cabeceos inmisericordes que acababan en profundos sueños. The young pope, un remedio inmejorable para el insomnio.

Puede ser que me sacara de todo punto ese episodio inicial que parece un sueño dentro de un sueño y que yo no terminara de despertar. Han nombrado a un nuevo Papa, un italoamericano llamado Lenny Belardo que adopta el conservador nombre de Pio XIII (conservador se ve que por aquello de los pío pío), pese a ser escandalosamente joven para los habituales gustos de la curia. Sus poco más de cuarenta años son una carta de presentación rutilante aunque no del todo explotada.

Y es que al nuevo Papa no le gusta dar la cara frente al público. Pese a que la suya es ni más ni menos la cara de Jude Law (al cual hay que reconocerle su trabajo, aunque a mí me haya aburrido o no me lo haya creído), y pese a saberse arrebatador y pleno de atractivo (lo dice en alguna ocasión, cuando le da a la serie por acercarse al humor, un humor incómodo, basado en situaciones extravagantes: "sí, lo sé", creo que le dice a la embajadora de no sé qué remoto lugar de Noruega o La Ponia o Groenlandia, "te estás preguntando por qué soy tan increíblemente atractivo"). Me gustaba más cuando se ponía en plan cabrón si no le tenían coca cola sabor cereza que cuando emite sus dudas con respecto a Dios (demasiado trillado el tema).

Problemas: en toda entrevista, en vez de hacer uso del botón del pánico para quitarse de encima visitas incómodas o pesadas (sobre todo porque la monja encargada de buscarle excusas era incompetente), le daba por cerrar los ojos y echar una cabezada (anticipando la mía, sin duda). Lejos de conocer las incertidumbres del nuevo y joven Papa, alrededor de él empiezan a otorgarle la aureola de santidad. Que si ha sido elegido por verdadera intercesión del espíritu santo, que si sanó a una mujer enferma de joven, que si ha conseguido que una mujer estéril casada con un hombre igualmente estéril haya dado a luz... No importa que imponga un papado retrógrado, inmisericorde y recalcitrante (que si fuera de la Iglesia a los homosexuales -para acabar así con la pederastia-, que si nada de publicidad, que si para entrar a cura hay que endurecer los requisitos...).

Como digo, premisas bastante interesantes en cuanto a su originalidad, aunque su ritmo lento y su exceso de superposición de imágenes inexplicables (que sí, imágenes muy poderosas como la del Papa rezando dentro de la piscina, imágenes muy desconcertantes como la especie de visión de la niña que va a ser beatificada, pero todo mero juego de artificio), ha lastrado en su desarrollo. Hay personajes como el de Esther (Ludivine Sagnier), la mujer estéril que se gana el favor del trato más íntimo del Papa (que llega a tocarle los pechos pero en la escena no se entiende como sexual) que no encajan en ninguna parte, y otros, como el Cardenal Spencer (James Cromwell), mentor de Lenny, que no terminan de explotarse bien.

Qué decir de la pertinaz obsesión de encontrar a sus padres hippies, que le abandonaron cuando niño a una institución que llevaba la hermana Mary (ni más ni menos que Diane Keaton, cuyo mayor éxito, sin embargo, es la interrumpida y muy mal explicada relación platónica con Voiello; me gusta incluso más Allison Case, cuando aparecen flashbacks con esta monja de joven que se suelta el pelo para jugar al baloncesto). Recuerda sobre todo a la Madre (inquietante Olivia Macklin), y ese trauma edipil explica en gran parte el carácter adusto y retraído de Lenny, que apenas confía en su compañero de orfanato Dussolier (una pena que Scott Sheperd sea despachado pronto con un asesinato por parte del narco del cártel guatemalteco por liarse con su esposa -y otro más, el pelirrojo se agencia también un latino para sus orgías). Aduce que no quiere volver a sufrir.

Entre lo mejor de la serie está el cardenal Voiello (Silvio Orlando deslumbra sobre todo en sus alocuciones en italiano, que da gusto oírlo), el Secretario Personal del Papa, y el que maneja los hilos en el Vaticano (otro de sus aciertos: el -imagino que en forma de decorado- deslumbrante escenario, con la capilla Sixtina como lugar fundamental) en teoría para elegir Papa, que al principio no se resigna a que sea Lenny el que ocupe este lugar. Cuando aparece con la equipación de su Nápoles (¿en la segunda temporada harán referencia a la traición del Pipita Higuaín?) te descacharras de la risa.

También el papel de Javier Cámara es muy destacado: su cardenal Gutiérrez es de las pocas figuras en quien puede confiarse el nuevo Papa, y ni siquiera sus problemas con el alcohol hacen mella en su confianza, de ahí que le encomiende la investigación en EEUU de un arzobispo implicado en escándalos con niños. A pesar de que conjuga aspectos bastante manidos, la contención de nuestro actor lo convierten en uno de los personajes más destacados, y de los pocos que realmente lo puedes asociar con un verdadero miembro de la Iglesia (el confesor que actúa de agente secreto para el Papa resulta más bien figura cómica que otra cosa). 

Hay alguna subtrama que resulta más interesante que otras, como la de la misionera en África que es poco menos que corrupta (pero esto he de reconocer que me llega de oídas, fue una de las partes truncadas por el sueño). Me gusta también Sofía (Cécile De France), que es como la enlace para aspectos de imagen o económicos del Vaticano, pero sin vinculación eclesiástica, pero me saca de quicio la poca hilazón argumental, que haya tanto que sobreentender (como las cartas de amor que supuestamente envía Pío Pío) y chorradas como las del canguro que adquieren para los jardines.

HBO hace un magnífico acercamiento a todo este mundo papal, supongo que en algunos sectores católicos no hará demasiada gracia por este marcado carácter irreverente, es encomiable que sea una producción con actores de muchas partes distintas, no solo norteamericanos, la música a ratos es agradable, y la intro comparte este rango un poco a medio camino de algo que no termina ser nada (un paseo de Jude Law y su blanco nuclear mientras la estrella de Oriente -se juega mucho con esta vinculación del Papa con Jesucristo- pasa de cuadro en cuadro, quemando partes de los tres últimos), característica de esta serie tan pretenciosamente simbólica. Como narcótico, eso sí, perfecta.

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