Las voces del Pamano. Jaume Cabré. Booket

(688 páginas. 11,95€. Año de edición: 2012)
¿Hasta qué punto una opinión puede influenciar una lectura? Recuerdo (aunque vagamente, en realidad poco recuerdo de la novela) que Yo confieso, del mismo autor, me gustó bastante, de ahí la reseña generosa que escribí al respecto. Por eso, cuando mi Irene leyó el libro, y se espantó con el libro, y vapuleó el libro, y me argumentó punto por punto (muy vehemente) todo lo que no le había gustado, no sospechaba yo que su crítica iba a estar tan presente en mi lectura. Así que cuando me regaló este título, no he tenido más remedio que plegarme a su punto de vista por completo, y solo me queda la (pequeña) duda de si ahora Yo confieso pasaría la criba o quedaría relegado al estante de los libros detestados y aborrecidos.

Lo cierto es que me ha costado sudores acabarlo. De las casi 700 páginas me han sobrado como 400 (siendo generoso) y le he visto las costuras por todos lados. Un proyecto ambicioso llevado a cabo de una manera manierista para ocultar las inconsistencias argumentales y estilísticas. El autor tira por el tono ampuloso porque una redacción lineal y sobria depararía una ignominiosa verdad: que no se sostiene de la paja que hay. Queda fenomenal, eso sí, alabar esta obra que se entiende a duras penas por el temor de no parecer un intelectual que ha sido capaz de sobrevivir al Ulises de Joyce.

Mira que el tema resulta interesante, con los maquis de los Pirineos, la difícil posguerra (y más en zonas como en las de la obra), e incluso la doble cronología podría haber proporcionado más logros, pero no. El libro es tedioso, farragoso, redundante, no avanza, y no porque estemos ante una proeza a lo Proust o ante una precisión de cirujano a lo Vargas Llosa en Conversación en La Catedral o en La fiesta del Chivo. Ese querer demorarse y aquilatar la trama dosificándola exasperantemente hace que las últimas 200 páginas (siendo generoso) sean irrelevantes, puesto que lo principal ha sido ya referido y las "sorpresas" que se nos reserva son inútiles.

¿Cómo es posible que con el tocho que tenemos resulte que los personajes principales sean de un simplismo apoteósico? Es hasta difícil conseguir que con tantas páginas el autor haya sido incapaz de redondear alguna figura. Todos (y hablo de los principales, el resto son como una nota a pie de página) están reseñados con un trazo grueso, son una epecie de borrón grosero, incurren en un esquematismo casi maniqueo. No es que no sean redondos ni planos, es que estamos ante personajes-tipo prácticamente. Personaje que vemos al principio va a acabar siendo exactamente igual que después de soportar las tropecientas tediosas páginas.

Por no hablar de cómo no consigues trasladarte a la zona pirenaica en ningún momento. Se nos nombra el pueblecito de Torena (inventado), Sort, incluso Barcelona, pero en ningún momento podemos cerrar los ojos e imaginarnos que estamos allí. No, cerramos los ojos y estamos en calles indefinidas, pasamos por montes indefinidos, se nos nombran accidentes geográficos o fenómenos como las voces del Pamano, pero podríamos estar en cualquier otra indefinida parte. No hay rasgos distintivos que nos anclen a esos lugares o que nos hagan evocar unos paisajes que hubieran debido ser más vívidos.

Me quedan más críticas por repartir y cabreo por supurar. Por ejemplo, la arbitraria estructura. Estamos ante 71 capítulos y vale, hasta ahí vale, me parece perfecto que haya un recuento episódico tradicional. Pero ¿por qué divididos en 7 partes? ¿Cuál es el criterio para tal división? ¿Y por qué se llaman como se llaman?: El verderón en vuelo, Nombres por los suelos, Estrellas como pinchos, Nenia al verdugo, Kindertotenlieder, La memoria de las piedras, El canto de las lápidas. Casi siento vergüenza ajena de lo pedantes y vacuos que resultan todos ellos, además de nada significativos (claro que es difícil cuando el argumento no avanza, sino que está retenido, como un monovolumen atascado en hora punta).

Hay recursos estilísticos repetidos de manera cansina que no valen ni si estuvieran utilizados de manera irónica o humorística. Por ejemplo, esa puñetera manía de recitar la retahíla de apellidos de la protagonista ("de los Vilabrú de Torena y de los Ramis de Pilar Ramis de Tírvia, una puta y mejor me callo, por respeto al pobre Anselm") sólo puede indicar dos cosas: o que es una broma que al autor le hace gracia y la repite hasta la náusea, o que el hombre quería rellenar folios lo antes posible (por lo que también aparecen dibujadas varias lápidas, otro elemento redundante). Y qué decir del repetitivo y explotado uso de esa mezcla de líneas temporales en un mismo párrafo o en los diálogos. Hallazgo narrativo del siglo XXI, el no va más, oye.

No tenemos un inicio carismático y el recurso de empezar intempestivamente, por más que casi al final se vuelva a lo mismo casi repitiendo el pasaje palabra por palabra, lo único que hace es desorientar, como esa manía de mezclar conversaciones entre personajes de épocas distintas. Si se abusa de algo, malo. Y si encima no se consigue ningún efecto más que el de desconcertar, peor aún. Es como cuando te cuentan cosas así sin explicaciones y tienes que comerte 300 páginas para irte enterando de algo. Sí, es un recurso que se puede utilizar, pero si lo sabes hacer bien. Tener que volver a releer algo por la soberbia del autor, harta. Y más si retrocedes y no encuentras ninguna clave posterior que denote que hay detrás un plan bien elaborado, tipo George R.R. Martin y su pléyade de pequeñas pistas en Juego de Tronos.

Y qué decir del truño del final. Después del desmedido esfuerzo por no mandar el libro a una chimenea ardiendo, al menos imaginas un final decente, pero ni eso. Si no he entendido mal, porque a este adusto autor parece que le va aquello de ofuscar y enmarañar (para que no quede al descubierto, para enseñorearse, para encaramarse al altar de los grandes literatos), Tina Bros, la maestra que desde el presente quiere limpiar el nombre de Oriol Fontelles al descubrir sus cuadernos de anotaciones escondidos en un doble fondo o similar de la pizarra, se suicida, de modo que esta trama manida y requetesobada de un marido pérfido y monocorde en su cobardía y vileza e infiel (Jordi), un hijo que se mete a fraile (Arnau) siendo los padres ateos y hippies y un cáncer a la vuelta de la esquina doblega lo que podría haber sido un conato de rebeldía. 

El eje sobre el que se fundamenta la trama no se sostiene. Elisenda Vilabrú, que ha estado enamorada de Oriol Fontelles, se inventa (y se sabe casi desde el principio que se lo inventa) una beatificación para su amado, en una especie de homenaje o represalia para tratar de borrar el engaño y la humillación de no haberse enterado de que él estuvo ayudando al maquis. Todos los pasajes en los que sale la anciana Vilabrú en el Vaticano son un soberano coñazo, pero qué bien se regodea en todos esos términos recopilados en archivos y vomitados casi literalmente para volver a rellenar páginas. 

Realmente, la propia Elisenda no se sostiene. Una mujer muy hermosa que basa gran parte de su poder y su dominio en los demás en esa belleza. A su posición privilegiada, se le suma inteligencia y cálculo, y prospera en todos sus negocios (relacionados con la nieve y el esquí). Sobra por completo que necesite realizar favores sexuales para conseguir lo que se propone, es caer en el simplismo machista de que una mujer deba rebajarse a su físico para obtener contratos o licencias o lo que sea. Se nos deja para casi al final que en su vejez se va quedando ciega (¡oh, truenos, será posible!) y su muerte (¡oh, centellas, eso sí que no me lo esperaba!). En toda la novela no ha sido capaz de digerir el odio tras el asesinato de su padre y de su hermano, aunque se lleve por delante a su tío, el padre Anselm. El papelón de su chófer, Jacinto, es para comer aparte, si es que alguien se cree su abnegado enamoramiento, el cual es agradecido con un despido destemplado.

Oriol Fontelles es el maestro, que hace dos o tres meses ha llegado a Torena con su embarazada mujer, Rosa, quien, tras el asesinato del niño Ventureta a manos del falangista Valentí Targa y la parálisis de su marido, le dictamina como un cobarde fascista y lo abandona sin muchas explicaciones. Oriol podría pasar por un personaje decente si no fuera que su rasgo distintivo, el miedo, está desde el principio, y su aventura como doble agente resulte inverosímil. "Ahora que mi mujer me ha dejado tirado porque se piensa que soy un cobarde, voy a demostrarle que aunque lo soy, no soy un fascista", viene a ser su línea de actuación. Y mientras, tiene una aventura con la Vilabrú, la del penetrante olor a nardos. Toda la inteligencia que demuestra en distintos momentos para salvar el cuello se desmorona, por cierto, cuando Targa le pone una burda trampa para atraerle en la iglesia, donde le asesinará. Aunque para escenita de redoble de tambores, la de cuando intenta disparar a Targa por la espalda y milagrosamente no lo consigue, para pasmo y terror de la amante de Valentí, la tan ingeniosamente apodada como Ramo de flores.

Targa, el alcalde falangista puesto a dedo por Elisenda para ir eliminando a los asesinos de sus familiares, es el no va más del esquematismo. Malo, malo, malo, y bruto, y estúpido, y malo. Cómo no va a serlo un falangista que solo busca desposeer a los republicanos, comunistas y anarquistas para enriquecerse él. Ni una sola arista encontramos en él, mérito que apenas puede compartir con Jordi, el "ponedor de cuernos" (con la secretaria Joana, si es que a alguien le interesaba conocer su identidad más que a la propia Tina) que antes preconizaba una moral justa y democrática.

Si estos son los personajes principales, en qué quedarán los restantes... El teniente Marcó, padre de Ventureta, cuyas convicciones políticas le llevan a una vida ermitaña y errante, los fieles sirvientes de Elisenda, la criada Bibiana y el abogado Gasull, el marmolista Pere Serrallac (no distingo al padre del hijo, y con eso lo digo todo), Quique Esteve, el guapo amigo de Marcel y amante de Elisenda... 

Me dejo para el final a Marcel Vilabrú, el no va más del despropósito narrativo. Hijo de Oriol y Rosa (que muere tísica y una monjita le entrega al hijo al primero que se interesa por él), es adoptado por Elisenda para criarlo a su imagen y semejanza, y lo sería si ese carácter mujeriego no deparara escándalos, como conseguía hacer su madre adoptiva. Este "truco" de revelarnos su identidad (Oriol se piensa que ha tenido una hija) podría haber dado como fruto algún tipo de consideración para con su verdadero padre, pero está tan podrido por su madre que ni eso. No hay redención posible.

En fin, se ve que no he entendido el libro una puta mierda, o no se explican si no (bueno, sí se explican, lo he hecho antes) reseñas tan elogiosas como la de El Cultural. Es lo bueno de la literatura, que para gustos, colores...

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Querido Juliiii, "amén" a todo lo que has dicho, a pesar de que muchos no entenderán eso de "para gustos los colores" y te van a dar pal pelo!!! Hay mucho intransigente petulante. Gran gusto el de "tu Irene" y gracias por estas opiniones y sobretodo por hacerlo tan bonito y tan bien escrito.
Juliiiii ha dicho que…
Querida "anónimo".

¿Quién me va a dar pal pelo si me leen cuatro gatos?, jajajaja. Gracias por leerme y por tu comentario. Y para gusto, el haberme desahogado a gusto :p

¡Besos, besos y más besos!
Vitoria Pardo ha dicho que…
Al Jaume Cabré ese le tengo una tirria desde que leí Yo confieso... Menudo truño mal escrito. Menudo final de mierda en el que me cagué en todos sus muertos despues de semejante esfuerzo... En fin yo no me expreso tan educadamente como tú, pero leyendo tu opinión me sentí como apoyada, que yo no sé qué coño le pasa a la gente que alaban a este hombre como si fuese Cervantes! Saludos!
Juliiiii ha dicho que…
Hola, Victoria. Muchas gracias por el comentario y por la reafirmación, jajaja. ¡Un saludo!

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