Barro de Medellín. Alfredo Gómez Cerdá. Edelvives

(152 páginas. 9€. Año de edición: 2008)
Salvando las distancias, este XIX Premio Ala Delta me ha vuelto a deparar la sensación de que los premios literarios son bastante aleatorios, como me ocurriera con Kafka y la muñeca viajera. Son indudables las virtudes de este sencillito libro de poco más de 150 páginas que parece más un esbozo que algo plenamente desarrollado, pero por más que el autor quiera transmitirnos más una idea que no necesite de alcanzar su desenlace, es difícil recibirlo sin la sensación de que falta algo. Por eso, y ante la enorme cantidad de libros que suelen presentarse a premios, es difícil imaginar que no haya habido algún otro más redondo que hubiera recibido la distinción de 2009.

Yendo al grano, Barro de Medellín tiene aspectos positivos como esa defensa a ultranza de la amistad que se tienen dos niños, Camilo y Andrés, ambos de una barriada complicada de Medellín, que han abandonado la escuela porque sus familias necesitan de ellos algo más que una educación. Incluso la pintura de la ciudad colombiana podría ser otro punto a favor, aunque a mí me dé por momentos la sensación de que en esos pasajes más líricos traten de volcar esa especie de reivindicación de los autores de literatura juvenil de que son algo más que escritores para niños. Es decir, a veces no engasta bien esa especie de "exabrupto" más serio o trascendente que el resto de las líneas.

Entre los frecuentes diálogos entablados por los dos niños, con los típicos y verosímiles "Eres bobo", "tú más", de pronto se cuela algún párrafo con más enjundia: "Aquel laberinto no sólo era su barrio, sino todo su mundo. Un mundo con límites precisos (...); por otro lado, las crestas de la montaña, que parecían dibujadas en el mismísimo cielo; y en los extremos, quebradas y barrancos que las avalanchas de agua obligaban a respetar".

Se trata de un libro perfecto para cursos altos de Primaria, como mucho para un 1º de la ESO con bajo nivel lector, sobre todo para lecturas en voz alta, gracias a su argumento sencillo y lineal, y sus bajas pretensiones. No resiste, claro está, un análisis más profundo, en el que unas cuantas palabras propias del habla de Colombia no tapan que apenas hay una trama propiamente dicha más allá de las aventurillas de los dos niños, que vagabundean por las calles de Medellín, las cuales adoran a pesar de que son complicadas.

Parece que va a pasar algo cuando el espacio de la Biblioteca se hace presente, con un personaje adulto como Mar, más comprensiva y cercana que el padre alcohólico de Camilo (esquemáticamente presentado como un vulgar borracho que sólo quiere que su hijo le  consiga una botella de aguardiente) o que su madre embarazada, que tiene que ocultarse el dinero que gana para que el marido no lo dilapide, pero de nuevo no pasa de otra mera pincelada.

Así que tenemos a Camilo, un niño que quiere ser ladrón, y a otro, Andrés, que se resiste a serlo como su abuelo y su padre, pero que no puede evitar ser un amigo de verdad y acompañarle en todo lo que haga falta. Está lo del barro para tapar los ladrillos robados, alguna reflexión como esa contradicción entre amar su ciudad y su barrio pero querer salir de allí, y luego lo del robo de los libros de la biblioteca para pagar el aguardiente. 

Y se termina el libro reforzando la idea de que esos dos chavales se tienen el uno al otro y poco más. Podemos pensar que cuando Camilo rehúsa vender el tercer libro (que Mar les había ayudado a sacar) ese destino fatal de delinquir puede alterarse, pero ahí se queda la cosa. Todo queda desdibujado, como las cuatro niñas con las que conversan Camilo y Andrés una tarde en la biblioteca.

Así que, para terminar, me queda la duda: ¿un libro infantil puede ser premio literario estando prácticamente inacabado e insulsamente desarrollado? ¿O es que los valores que el libro proclama está por encima de estas consideraciones que a lo mejor son propias de un lector de otro tipo? Ahí queda la cosa...

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