Un pez gordo (Big Fish). Daniel Wallace. Círculo de lectores


(188 páginas. Año de edición: 1988)
No sé dónde he leído que este libro es perfecto para el periodo vacacional, y no puedo estar más de acuerdo. Lejos me queda la película homónima de Tim Burton, de modo que las comparaciones que pueda establecer son poco exactas, aunque creo recordar que hay bastante más fantasía en la peli que en este librito de poco más de 100 páginas que nos cuenta la entrañable historia, en líneas generales, de la relación entre un padre y un hijo. Leído (¡por fin!) de una sentada (o varias, pero, vaya, en un solo día), es el libro perfecto para reconciliarte con la literatura, con el placer de leer por leer.

Si nos desprendemos de todo el componente mágico o maravilloso que suscita el propio padre, Edward Bloom, tenemos en realidad una manera de afrontar la muerte de un personaje egoísta que se justifica constantemente por medio de una imaginación desbocada. Poniéndonos en la tesitura de que todo lo relatado fuera verdad, ese pez gordo que siempre aspiró a ser se contrapone casi por completo con otras aspiraciones más terrenales como ser buen esposo o buen padre. Vale que mi lectura está teñida de oscuro por uno de los capítulos finales ("En el que compra un pueblo entero, y aún más", de los más extensos), uno que te abre los ojos y te demuestra cómo opera ese mecanismo de lo real maravilloso en este hombre, pero me cuesta empatizar con este personaje tendente a la hipérbole.

En cambio, para mí el gran personaje es el hijoWilliam Bloom. Su mérito es doble: por una parte, escribir las aventuras de ese gran personaje que es su padre a modo de homenaje respetando por completo el tono y la forma con los que lo hubiera hecho él;  y, por otra y más meritoria, saber afrontar su pérdida al tiempo que aprender a quererle tal cual es, no como le hubiera gustado que fuera (menos mítico, pero más familiar). 

Las escenas en presente, jalonadas en varias tomas (cuatro) durante las tres partes del libro, mientras su padre languidece y afronta sus últimos momentos, no dejan de mostrar a un hombre en busca de descubrir quién es realmente el otro que está a punto de desaparecer, su padre, ese personaje casi siempre ausente, incluso estando con él. Y se desespera porque se da de bruces con una coraza en forma de anécdotas divertidas, de chistes recurrentes, de fintas y regateos: "Vamos a charlar, sólo un ratito, ¿de acuerdo? De hombre a hombre, de padre a hijo. Basta de cuentos", le llega a decir, sin éxito. Y es que 
"Bajo una fachada aparece otra, y otra más, y debajo de la última está ese lugar oscuro y doloroso, su vida, algo que ninguno de los dos comprendemos".
Es casi imposible entablar una relación profunda con él, conocer sus motivaciones, qué esperaba de la vida, qué piensa de la muerte... Pero en un momento (muy bonito, por otra parte, cuando ha visto cómo le agota a su padre reflexionar de manera sesuda y seria), en el penúltimo capítulo, él recuerda el chiste del traje nuevo, en el que un hombre canijo y pobre se compra un traje precioso, pero que no es de su talla; ese chiste es la metáfora que sí que encaja con la personalidad de su padre. De modo que cuando este le inquiere sobre algo que haya aprendido de él, le contesta de la única manera acertada con respecto a Edward Bloom: "Había una vez un hombre. Un hombre pobre que necesitaba un traje nuevo".

Por eso el capítulo final es "Un pez gordo". Por eso el final del libro y de la historia de su padre es esa maravillosa transformación en pez, nadando por un río cristalino. Atrás queda su historia, cronológicamente contada desde "el día en que nació". Todo con un toque a lo García Márquez, lleno de momentos asombrosos, mágicos, como ha sido contado siempre y como su hijo ha recogido para así convertir a su padre en mito: que si habla con los animales, que si amansa a un gigante, que si le salva la vida a una sirena, que si se marcha de Ashland y todas las aventuras que le suceden.

Ya fuera de Ashland, en lo que serían sus años iniciáticos correspondientes a la primera parte, toca el turno a los prodigios que vinieron después para darle el renombre que siempre había buscado: muestra tenacidad al mejorar en trabajos como limpiar jaulas de animales, inteligencia para devolverle el ojo de cristal a una mujer, velocidad en las carreras... Y llega Sandra Kay Templeton, "su primer gran amor". La que será su mujer y la madre  de William es una mujer guapísima, pero poco más se nos contará de ella, salvo que permanece siempre del lado de su hijo.

Es el personaje más relegado del relato. Ni siquiera cuando la conquistó aparece desarrollado. Tuvo que pelearse con su prometido, Don Price (el perdedor del relato), para conseguirla (dejándole que ella eligiera, por su puesto) y luego estará con él, sin más, pero sin retenerlo, claro. Es la historia menos grandilocuente o fantástica de todas. Luego irá prosperando, superando pruebas, se salvará en la guerra gracias a la sirena (estaba destinado en un navío). Y nacerá él, en un parto en el que su padre estuvo más pendiente del partido de fútbol por radio.

Se toma muy en serio la tarea de ser padre, aunque sin dejar de lado su trabajo, al cual estaba dedicado entre semana. Quiere transmitirle sus virtudes (perseverancia, ambición, personalidad, optimismo, fortaleza, inteligencia, imaginación), quiere que todo lo conseguido por él sea suyo. Incluso le salva la vida un par de veces, aparte de darle "el mayor de sus poderes": hacerle reír. 

El episodio "en el que mi padre tiene un sueño" es también revelador del "prodigio" de la historia contada. Sólo en el sueño de Edward todas las personas a quienes ayudó de alguna manera se agolpan delante de su casa, para despedirse y agradecerle por última vez. Al mismo tiempo, le sirve a William para entender a su padre y calibrar su relato. Un anciano en ese sueño le da la respuesta y consigue que todo tenga sentido:
"Todos tenemos algo que contar, igual que tú. Historias sobre cómo nos tocó el corazón, nos ayudó, nos proporcionó trabajo, nos prestó dinero, nos vendió al por mayor. Montones de historias, grandes y pequeñas. Todas cuentan. A lo largo de una vida, todo cuenta. Por eso estamos aquí, William. Somos parte de él, de su ser, tal como él es parte de nosotros".
Y si William ha entendido eso, nosotros, los lectores, tenemos que perdonar a Edward en la tercera parte, cuando compra el pueblo de Specter y se enamora de Jenny Hill, una chica de 20 años (su segundo gran amor, de ahí la tristeza de su padre cuando regresaba a casa con ellos). Es lo menos que podemos hacer después de haber leído este vibrante relato, un precioso regalo que le hace un hijo a su padre ya desaparecido. 
"-Quería ser un gran hombre-susurra.
-¿En serio? -pregunto, como si para mí fuera una sorpresa.
-En serio -ratifica. Las palabras le salen despacio, débiles, pero vigorosas y seguras en ideas y sentimientos-. ¿Te lo puedes creer? Pensaba que era mi destino. Un pez gordo en un gran estanque… eso es lo que quería ser. Lo que siempre quise desde el primer día".
Lástima que sea tan difícil de conseguir un ejemplar, porque podría ser una excelente lectura para 4º de la ESO, con su debida guía de lectura para hacer pensar a los alumnos sobre la relación padre e hijo y cómo el componente imaginativo está tan bien imbricado aquí. ¿Estará disponible en ebook?

Comentarios

Luis J. del Castillo ha dicho que…
Tiene una pinta excelente, además de ser una lectura ligera en cuanto al volumen de páginas. Hace unos meses reseñé la adaptación de Burton y creo que este le dio ciertos toques personales que discrepan de algunas cosas que aquí has resumido, aunque en la base se mantiene en ambas versiones la relación padre-hijo (aunque apenas se habla de la infancia de William). No recordaba que estuviera basado en un libro. Me lo apunto para un futuro.

Como comentas, tiene buena pinta para los alumnos, atractivo, con temática que da para comentar en clase y breve.

¡Gracias por compartir!
Juliiiii ha dicho que…
Antes que nada, muchas gracias por tu comentario. La lectura es muy recomendable y asequible, aunque o se consigue por ebook, o me parece que no está fácil de conseguir.

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