Penny Dreadful. Temporada 3

(Showtime. 9 episodios: 25/04/16 - 19/06/16)
27 episodios en total han bastado para que una serie con personalidad propia haya llegado a su fin. Es de alabar por una parte, viendo la manía de algunas series y algunas cadenas (especialmente Showtime) por estirar el chicle, aunque en este caso tengo la sensación de que podría haber dado un poco más de sí. Los nuevos personajes de esta temporada en líneas generales tenían fuerza y no hubiera sido demasiado difícil intercalar nuevas tramas y nuevos peligros literarios.

Un notable alto daría yo a Penny Dreadful, nota que no se diferencia mucho de la que le otorgan en IMDB (8,3) y Spoiler TV (7,5). Apenas ha concedido respiros innecesarios gracias al formato breve de su duración y hay una enorme uniformidad compositiva. Sería difícil destacar si la mejor temporada ha sido la primera, la segunda o la tercera, aunque esta ha ido perdiendo un poco de fuelle en los compases finales. 

¿Qué factores explican lo que para mí es un éxito y una recomendación segura para un espectador que quiera ver una nueva serie plagada de guiños literarios?: continuidad y desarrollos bastante coherentes en las respectivas evoluciones de los personajes, una puesta en escena buenísima, una poderosa factura estética, tanto de imagen como de banda sonora, unido al carisma de su pareja de protagonistas, Eva Green y Josh Harnett, además de una brillante pléyade de coprotagonistas: Timothy Dalton, Rory Kinnear, Billie Piper o Harry Treadaway.

Antes de seguir, por si acaso, voy dando la alerta roja: 

Spoilers a la vista

Desesperanzador era el panorama con el que se cerraba la segunda tanda de episodios. La oscuridad que reinaba los corazones de nuestros protagonistas había propiciado una diáspora y cada uno pululaba por un rincón del globo terráqueo con sus propios demonios. El acierto del arranque ha sido engancharnos desde el primer momento a la realidad de cada uno de ellos y darle un peso apropiado a sus problemas intrínsecos: Ethan Chandler prisionero del plasta de Bartholomew Rusk camino al farwest y seguido por la bruja Hécate; sir Malcom Murray ahogando sus solitarias penas por África hasta que aparece un misterioso nativo americano, Kaetenay; Vanessa Ives recluida en la mansión londinense como una leona deprimida hasta que la rescata el simpático y extravagante Ferdinand Lyle; John Clare rumbo al Ártico aislado de todo; Victor Frankenstein cada vez más atrapado en su drogadicción hasta que aparece un antiguo compañero de estudios, Henry Jekyll (Shazad Latif); y Dorian Gray y Lily a su puta bola en la mansión de los horrores voluptuosos.

Las dos tramas principales han sido poderosas, tanto la londinense con la peligrosa llegada de un antagonista con una relevancia extraordinaria, ni más ni menos que Drácula (muy acertada la adaptación de este personaje), como la del Oeste, que ha impactado por ser un contraste radical con esa ambientación opresiva y nebulosa de Londres, con tanto sol y tanta luz y tanto azul. Sin embargo, se han quedado un tanto más colgadas las otras dos, que en momentos han confluido: los doctores Frankenstein y Jekyll y los inmortales y castigadores Dorian y Lily.

Lo de estos últimos por momentos rozaba la ridiculez. Salvo el proceso de captación o reclutamiento de la joven prostituta Justine (Jessica Barden), con esa impactante (por lo visual) y bizarra escena del trío sangriento, el proyecto de formar una especie de ejército de castigadoras femeninas de Lily no daba para más que un par de grandilocuentes frases sobre la relevancia de la mujer y el creciente hastío de un Dorian cada vez más incómodo con la okupación de su coqueto salón. 

Ni siquiera han conseguido enderezar el rumbo de esta subtrama enlazándolo con lo que daba la impresión de ser mucho más relevante, la investigación de Frankenstein y Jekyll sobre las variaciones de conducta y la alternancia entre el bien y el mal de las personas. Jekyll se nos ha ido desinflando y lo que parecía uno de los personajes nuevos más interesantes, con visos a esa futurible aparición del Hyde, no ha pasado de la reivindicación de su abolengo y las quejas por el racismo sufrido (aunque me gustara la postrera explicación del lado Hyde) y quizá hubiera podido crecer en relevancia en una ya no posible cuarta temporada. El amor imposible de Victor apenas ha deparado un feliz y poco verosímil encuentro final con nuestros protagonistas, a punto de enfrentarse a Drácula.

Los grandes momentos han venido de manos de este personaje, disfrazado en un aparentemente indefenso y despistado amante de la naturaleza, el doctor Alexander Sweet (muy convincente Christian Camargo, especializado últimamente en papeles con dos caras, como ya hiciera en Dexter), director del museo de los bichillos. Primero reclutando al famoso Renfield (estupendo Samuel Barnett como mosquita muerta que sucumbe a la fascinación del amo y que sigue siendo mosquita muerta como vampiro) y luego ya desarrollando abiertamente y sin ambages su verdadera naturaleza (muy acertado el juego de supuestas supersticiones asociadas a los vampiros).

En este sentido, resulta fundamental el cuarto episodio, A blade of grass, la joya no sólo de la temporada sino de la serie en sí, en lo que es un tour de force interpretativo entre Kinnear y Green, y que nos sirve para completar la imagen de Vanessa y para dejarnos atónitos con la sorpresa de que John Clare y ella se conocían antes de que muriera el primero (perdí mi apuesta no efectuada de que Vanessa se lo había cargado). Por medio de la hipnosis a la que le somete la doctora Seward (muy inteligente la decisión de recuperar a Patty Lupone tras la exhibición como la bruja Joan Clayton, antepasada de esta mujer más vinculada con la vertiente científica), Vanessa recuerda la visita que recibió de Lucifer y de Drácula, las dos caras del mal, una más espiritual, la otra más carnal, ambas deseosas de fusionarse con la madre de los horrores.

Y aunque no resulta demasiado forzada la reunión con los otros miembros del grupo, embarcados en un viaje por el desierto norteamericano, la resolución ha resultado ser decepcionante. Nos encaminábamos a un creciente influjo del mal sobre Ethan gracias a Hécate (actractivísima Sarah Greene), mientras que sir Malcom y Kaetenay (Wes Studi, el último mohicano, ha sido uno de los estupendos fichajes de la temporada), el padre apache de Chandler, amado y odiado casi a partes iguales, les seguía los talones, al igual que el plasta de Rusk.

El reencuentro entre Chandler con su padre en el rancho de los Talbot, pese al empaque de Jared Talbot (ni más ni menos que Brian Cox, Agamemnon en Troya), nos depara una sucesión de tiros y peleas un tanto desangeladas, hasta el disparo final de Malcom al piadoso padre de Chandler, que a su vez había disparado al marshall por mirarle mal. En el tiroteo muere Hécate (y el plasta de Rusk, ¡bravo!) y la conversión al mal queda suspensa, y más después de la visión del indio en la que Vanessa está en peligro. 

Así que vuelta a una Londres plagada de niebla, hedores, ratas y sapos y vampiros pululando como Pedro por su casa. Menos mal que Lyle se había despedido ya (dirección a Egipto). Porque el rumbo paralelo de John Clare y la resolución de su melodramático reencuentro con su mujer e hijo había acabado como sólo podía acabar para este doliente, atormentado y un poco gafe personaje. Era tanta su pena y su dolor que ni se había enterado de que Drácula y Vanessa habían consumado su unión, propagando el inicio de una nueva era.

Ideas muy buenas resueltas atropelladamente. La batalla final, salvo por la sorpresa del lado lobuno de Kaetenay, no depara momentos muy épicos, y la congregación de héroes luchando para recuperar a Vanessa y que prevalezca el bien podría haber sido más emocionante; y qué decir del mutis por el foro de Drácula cuando Chandler le pega el tiro a Vanessa (si te he visto no me acuerdo, que paga la cuenta el último). Nos escamotean la resolución contra el enemigo y es desmesurado el castigo al alma mater de Penny Dreadful.

Lo que viene después es la coda más larga y aburrida de un final de serie, con ese poema que no identifico que recita John Clare frente a la tumba de Ives mientras el resto de personajes vuelve a sus quehaceres post apocalípticos (quehaceres que poco nos importan si no está Vanessa, por otra parte). Un final coherente en lo que se refiere a ese contexto literario, pero totalmente anticlimático. Se desperdicia, además, otro personaje potente, como el de la intrépida Lara Croft del siglo XIX, Catriona Hartdeger (Perdita Weeks igual a emoticono de ojos en forma de corazones), que no extrañaría nada si protagonizara un spin off.

Sombras, pues, más que luces, en la resolución de la serie, pero aún así no desluce el conjunto, como pasa con Dexter o The Good Wife. Pese a un final poco potente, la calidad del conjunto es notable, y es bastante asequible para ver y tiene momentos estupendos. Y está Eva Green majestuosa, que con eso es suficiente (bueno, imagino que Josh Harnett para muchos/as es otro aliciente más).

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