Hombres sin mujeres. Haruki Murakami. Tusquets

(272 páginas. 19€, Año de edición: 2015)
¿Qué tenemos en esta novela? Siete relatos de muy distinto vuelo y poca relación entre sí salvo el desamor o el tema de los hombres abandonados por las mujeres. Lo unitario realmente es la peculiar mirada de Murakami, cargada de melancolía, un cierto "autismo sentimental", una cierta psicopatía de las emociones. O simplemente frialdad, distanciamiento. El sexo con este autor suele parecer una desviación.

Si bien leer a Murakami siempre es un placer y se le perdonan algunos comentarios misóginos u homófobos (vaya personaje debe de ser el buen hombre...), hay muchas diferencias entre unos relatos y otros. Sin llegar a encajar bien en la medida de la narrativa breve, unas veces parece que leemos apuntes o esbozos para alguna novela, y sólo en los tres últimos títulos encontramos una mayor relevancia. Y no lo digo sólo porque un relato deba incluir algo de sustancia, puesto que en muchas ocasiones algo aparentemente liviano o intrascendente es una máscara, sino porque ni siquiera hay historias que te dejan con ganas de más.

Empezamos por Drive my car: un actor de teatro de no demasiada fama, Kafuku, viudo, que recientemente ha sufrido un accidente con su Saab descapotable, contrata como chófer a Misaki Watari, una joven de 24 años que cambia las marchas a la perfección y desdice todos los prejuicios que el hombre tenía sobre la conducción de las mujeres. Él y la muchacha, de carácter adusto, encajan a la perfección. Se nos habla de los puntos muertos (tanto al volante como en la vida) y Kafuku le explica cómo trabó una especie de amistad con uno de los amantes que tuvo su mujer.

Yesterday me ha recordado en varios aspectos a Tokio Blues. La amistad entre los inadaptados Akiyoshi Kitaru y Tanimura, el narrador, aunque apenas data de unas semanas o meses, en los que coinciden trabajando en una cafetería mientras uno (Kitaru) trata de acceder -sin mucho ahínco- en la universidad (es un "ronin") y otro cursa estudios universitarios, da como fruto algún recuerdo que se relata. Esta amistad queda marcada por la ocurrencia de Kitaru de que Tanimura salga con su novia, Erika Kuritami, una chica guapísima con la que está desde pequeños, aunque nada convencido y menos ahora que no está a su altura. Hay una elipsis de 16 años con un nuevo reencuentro entre el narrador y la chica, en el que se repiten temas de conversación como el sueño recurrente de Erika de la luna de hielo. 

En un Órgano independiente, Tanimura, de nuevo como narrador, traba cierta amistad con el cirujano Tokai, un hombre envuelto en todo tipo de aventuras sexuales durante 30 años, hasta que se enamora hasta las trancas. Por medio de su secretario Goto conocemos los pormenores de los últimos días del doctor, que dejó de comer y su cuerpo se consumió por no comer tras el desengaño que le provocan las mentiras de esa mujer que le manipuló. María de Zayas contaba historias mucho más truculentas...

Llegamos al punto más bajo con Sherezade, para mí el relato más flojo. Una mujer, Harada, de 35 años, casada y con dos hijos, ayuda al narrador en 3ª persona con las tareas de la casa, y además practica sexo (de manera casi desapasionada) con él. En algunas de sus múltiples charlas, le cuenta que se colaba en casa del chico que le gustaba en el instituto y se ponía en plan fetichista, o que en otra vida era una lamprea (este relato lo coge Cortázar y arma una obra maestra).

Por suerte, se endereza el rumbo del libro con Kino, narrado en 3ª persona, quizá el relato más sugerente o interesante. Cuanto menos el más abierto a interpretaciones. Kino, de 39 años, en trámites de divorcio porque pilló a su mujer en la cama con otro, "hereda" un local de su tía. Es un bar muy tranquilo y con relativo éxito gracias a varios clientes regulares, como Kamita, a quien al principio cree de la yakuza, aunque pronto le da confianza leyendo tranquilamente mientras bebe su whisky rebajado con agua. Un sauce en la entrada, una gata gris y una clienta con quemaduras con la que se acuesta son otros aspectos de una historia que de pronto se torna (más) extraña: "Con la llegada del otoño, primero desapareció la gata y luego empezaron a aparecer las serpientes". El local se vacía y Kamita le dice que tiene que cerrar e irse antes de que descargue el próximo aguacero, desplazarse con frecuencia y enviar postales a su tía para que él sepa que todo va bien; cuando incumple ese requisito, llaman a la puerta de su hotel. "No apartes la vista, mírame de frente. Porque esta es la apariencia de tu corazón". 

Samsa enamorado plantea la historia de La metamorfosis a la inversa: "Cuando despertó, descubrió que se había metamorfoseado en Gregor Samsa". Este no entiende lo que le ha pasado. Además, no hay nadie en casa, pero el desayuno está preparado y vence su terrible hambre devorando lo que está en la mesa. Llega una joven jorobada, cerrajero, y Samsa siente una terrible erección. No entiende lo que pasa ni fuera, donde hay tanques por Praga, ni dentro de su casa, en la que no sabe por qué quieren arreglar sus padres la cerradura de su habitación destartalada, ni dentro de sí mismo, aunque quiere seguir sintiendo la misma calidez que cuando estaba la muchacha con él.

Y el último, que sigue la línea de sugerir y estar abierto a múltiples hipótesis, es Hombres sin mujeres: el narrador (1ª persona) recibe una llamada a la una de la madrugada: "Mi mujer se suicidó el miércoles de la semana pasada". Esa llamada le desasosiega porque hacía mucho que no tenía relación con ella, a la que llama M. Se le va un poco la olla al imaginar que la conoció en  clase a los 14 años (así debió de haber sido, dice, para elevar ese amor a la categoría de puro), enamorándose de ella cuando le dio la mitad de su goma de borrar, además de declararse la segunda persona más solitaria del mundo detrás de ese hombre, al que le cede los honores del puesto con magnanimidad. Es el relato con frases más literarias de todo el libro: "Un buen día, de repente, te conviertes en un hombre sin mujer". "Y en ocasiones perder a una mujer supone perderlas a todas". "La densa y oscura sombra de los marineros desparramaba las puntiagudas chinchetas de la metáfora" (se repite una obsesión con que si se la llevan los marineros, ¿metáfora de qué?).

En definitiva, un libro irregular, pero con tres maravillosos relatos finales, que te dejan con múltiples preguntas: ¿Quién es Kamita y por qué actúa como ángel de la guarda de Kino? ¿Qué está pasando en Praga, estamos ante la invasión nazi (ahí es que no recuerdo bien La metamorfosis)? ¿Por qué el marido de la chica con la que estuvo saliendo un par de años le llamó?

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