Transparent. Temporada 2

(Amazon. 30/11/2015 - 11/12/2015)

Contiene spoilers

Los Pfefferman atacan de nuevo. No se libra nadie. Cómo será, que Ali es (por momentos, hasta que se maquilla o se arregla para salir de fiesta) la más normal de todos. Puede que se lleve demasiado lejos la reflexión que Jill Solloway nos quiere hacer llegar por medio de las acusadas diferencias de los miembros de esta familia: la tristeza demoledora de Sarah, el ansia casi utópico de Josh de formar una familia, la constante búsqueda de Ali, la insatisfacción de Maura.

La segunda temporada de Transparent ha sido más irregular. O puede que lo que antes con la novedad y el impacto de la nueva identidad sexual de la protagonista nos pasaba más desapercibido ahora es imposible de ignorar. Y lo que no se puede ignorar es que esta familia tiene una doble cara: todo lo estupendos, originales y cariñosos que resultan cuando interaccionan entre sí (como en la escena de la piscina tomando té), tiene su contraprestación cuando se miran al exterior: o si no qué dirían Rachel, Tammy, Syd y Davina...

Encubierta bajo la duración formal de las comedias, ese humor casi siempre viene  con un revés amargo, cáustico, melancólico, áspero. La representación de lo que es esta serie viene en esta ocasión en forma del flashback distribuido de manera esporádica y casi tangencial a lo largo de la temporada sobre Berlín en 1933. Y digo esto porque ver a los antepasados Pfefferman antes de emigrar a Estados Unidos, sobre todo ver la manera en que nos ha llegado como espectadores, ha resultado ser la serie: discontinua, a veces maravilloso, muy poético y redondo, pero a ratos invisible (algún episodio carecía de flashback), fugaz o muy forzado.

De largo, el primero y el último episodio son los mejores y, entre medias, momentos deslumbrantes entre ratos de páramo, de contradicciones exasperantes. Pero incluso entre la aridez y la incomprensión ante determinados comportamientos infantiles o simplemente bochornosos, hay un factor diferencial por el que esta serie merece la pena: y no sólo es la visibilidad que ofrece al travestismo o a la transexualidad, sino a ese poso reflexivo que te deja la serie, cómo teniéndolo todo se puede estar tan vacío por dentro, por qué la felicidad parece un estado casi cercano al espejismo.

Que se lo digan a Sarah. Empezamos con su boda interruptus con Tammy, a quien hiere con ese desnortamiento tan acusado. No sabe lo que quiere o quiere lo que ha perdido, puesto que en ocasiones echa de menos a Len, su ex marido (no tanto a sus hijos), o intenta abrazarse a alguna religión. Por no hablar de ese componente sadomasoquista que tanto le atrae. Las fantasías sexuales, junto con las drogas o el alcohol, son sus únicas vías de escape.  Tiene momentos humillantes como cuando mancha la alfombra con el maquillaje caro de la nueva novia de Len, o en algunos comportamientos, pero me resulta la más humana de los tres. La escena en la que cena desnuda en su piso nuevo es una imagen certera de lo que siente esta mujer desolada en su madurez. Y es una pena que sólo veamos ráfagas de felicidad para este personaje.

Josh es casi más desastroso. La relación con Rachel es un catálogo de todo lo que no se debe hacer. Priorizar a Colton, su hijo recién descubierto, hasta que ve que no puede tensar más la cuerda y le deja ir; abortar de manera torpe la pedida de Rachel, relegar a la que incluso llega a ser su prometida y madre del hijo que al final no tendrán, o abandonarla por ir a una fiesta para promocionar a las chicas (cuya preciosa canción del primer episodio no se puede shazamear) en vez de hacerla compañía en el día más triste de su vida, son varios de los motivos por los que a la buena mujer no le queda más remedio que abandonarlo. Y eso que ya no era el mujeriego de antes, ni había sido infiel. Simplemente es que en la búsqueda de sí mismo, tratando de ser simpático y amable con quienes le rodean, no es completamente auténtico. Todo suena forzado en él. Puede que sea, como le dicen al final, que todo proviene de que no ha llorado la pérdida de su padre, pero este personaje es el que más nervioso me pone.

Aunque se lo disputa Ali cuando se pone en plan inaguantable o exhibe uno de esos looks hórridos con ojos pintados de manera estrambótica y peinados imposiblemente posmodernos. La actriz, eso sí, transmite de manera fabulosa esa sensación de incomodidad en tu propia piel. Ni siquiera la dulzura de Syd consigue estabilizarla, ni el hecho de haber descubierto su homosexualidad. Se nota que lo que siente por Leslie (gran presencia la de Cherry Jones, en un papel que no muchas actrices hubieran podido conseguir credibilidad por su edad), su profesora de máster (o similar), no va más allá de la curiosidad. Y sin embargo, luego es la más sensible para con Maura y para con esa abuela a la que hace tanto que no visitan (y que, como se ve en los flashbacks, tiene tanto en común con ella).

Si bien Sally (la madre) tiene un mayor desarrollo, su personaje es bastante más secundario. El intento de volver con su ex marido aunque sea en forma de mujer tampoco resulta. Ese pragmatismo suyo, mezclado con un punto incoherente, no hacen de ella un ejemplar muy estable, aunque encuentra en Buzz (Richard Masur, uno de los secundarios de The Good Wife) un punto de equilibrio insospechado cuando se conocen en la celebración judía, creo que el hanukkah. Es la responsable de haber mentido a Josh sobre Rita, pero sus remordimientos son cero patatero. En el fondo, va a su bola.   

Nos queda Maura, el eje de la familia. Otra que parece que no sabe lo que quiere, como se ve cuando le proponen el tratamiento para convertirse en mujer. Es muy sensible con lo que le dicen ("¿me ha llamado señor?", pregunta en la divertidísima escena de la foto del primer episodio), pero no tiene reparos en soltarle a su amiga Davina frases de lo menos empáticas y más egoístas. Después de intentar ligar infructuosamente con "Penny" (Desmond), se encuentra en la acampada lesbiana (muy buena la crítica hacia ese feminismo que solo considera mujer a la nacida de otra mujer) con Vicki (Anjelica Houston, cuya escena del desnudo con la vasectomía es de las más valientes que se han visto en televisión). El paso de los años y luchar por lo que una es o una quiere no es óbice para ser feliz, aunque la escena del final, que cierra ese recurso inconstante y salteado, a veces superpuesto, del flashback, da un enorme empaque al resultado final.

Si le sumamos una banda sonora más que interesante (y muy indie) y algunos recursos cinematográficos como el plano secuencia de la terraza para acabar el primer episodio o las escenas intercaladas de Berlín, sobre todo la del campamento de lesbianas sonando el Waiting de Alice Boman, aunque algunos comportamientos resulten forzados o exasperantes, en conjunto Transparent tiene mucho que ofrecer. 

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