La mujer loca. Juan José Millás. Booket

(240 páginas. 7,95€. Año de edición: 2015)
Es casi un lugar común decir que la faceta novelista de Millás no alcanza la brillantez de la periodística gracias a (o por culpa de) su (merecida) fama como articulista (y articuentista), desmereciendo en muchas ocasiones la apabullante originalidad de los planteamientos presentados en sus novelas. Y si bien La mujer loca no es el mejor ejemplo para rebatir este lugar común al ser un título imperfecto, hay suficientes elementos como para disfrutar de esta peculiar narrativa y, por supuesto, de esta novelita.

Se aprecian ciertos bandazos, como empezar con la trama enfocada en Julia, la loca del título, con ese "don" de resolver los problemas lingüísticos y psicológicos de las frases que se le aparecen (casi cualquiera de los párrafos alusivos a estos términos de filología sería estupendo para soltarlos en una clase de lengua cuando tienes la típica clase o el típico alumno al que no le entran las explicaciones académicas de rigor), para luego -es cierto que de forma paulatina al quedar introducido el personaje de Millás como entrevistador, primero de forma tangencial, como mero interlocutor que registra confidencias como un periodista, para luego ir tomando vuelo como personaje con protagonista- abandonarla y centrarse en Emérita.

Algo similar pasa con esa estructura episódica, puesto que después del capítulo 10 aparece intercalada una especie de sección paralela, "Del Diario de la vejez de Millás" (que volverá a insertarse tras el 12, 14, 16 y 18), sin terminar de ensamblarse de manera armónica con ese conjunto de 20 capítulos de los que consta el libro. Es como si a medio camino se hubiera encontrado con otra historia y, en vez de reestructurarla o rehacerla, hubiera preferido dejarlo tal cual para corroborar una de las ideas que Millás le refiere a su psicoanalista Micaela sobre que los personajes a veces cobran vida propia. 

Entresacar la trama de este libro no es tarea fácil. Al principio se nos presenta a la mujer loca que es Julia, una muchacha a la que se le aparecen frases (o carteros analfabetos, o chinos) y les ayuda con sus respectivas dudas; Julia trabaja como pescadera y siente una gran atracción por Roberto, su jefe, un filólogo exiliado de su campo, y por el que se inclina a los estudios gramaticales. En lo que parece un ejercicio un tanto de improvisación, al empezar de una manera muy diferente de la que luego el libro terminará, este Roberto,  casado y con hijos, después de acostarse con Julia, desaparecerá por completo, como si el autor hubiera decidido sobre la marcha que la historia no se centraba en estos personajes.

Julia vive alquilada en la casa de Serafín y Emérita. Este matrimonio, cuya hija vive en Australia sin hacerles apenas caso, acoge a la muchacha en parte porque les ayuda en sus penurias cotidianas, ya que Emérita sufre de una enfermedad degenerativa que la mantiene postrada prácticamente. Emérita es el motivo por el que da a parar con Julia, la cual enseguida le recuerda a María, una mujer loca (la segunda) que conoció de joven cuando vivía en el Barrio de la Concepción, justo el mismo piso de Emérita y Serafín. Y aunque al principio ignora o desdeña a la mujer postrada, más adelante captará la atención de ese Millás calculador que duda entre hacer una falsa novela (sobre Julia) o un reportaje verdadero (sobre Emérita).

A la mitad de la novela, pues, Julia, el eje central, pasa a un segundo plano. Se nos dice en el capítulo 10: "Por entonces, a Millás se le habían podrido dos novelas, una detrás de otra, apenas comenzadas". El juego entre realidad (¿será verdad esta sequía literaria, este componente hipocondriaco que se nos revela en el diario de la vejez?) y ficción (todo el tema del desdoblamiento del Millás de allá y de acá) se entremete en lo anterior y aunque se nos explica cómo dio a parar con Julia, los pasos se desvían y toman otro rumbo, en el que el propio Millás toma protagonismo.

De todas maneras, podemos perdonar esta rectificación sobre la marcha y otros "pecados" narrativos como el final discutible cuanto no anticlimático y carente de fuerza (como si el libro fuera una gaseosa desventada) porque más que lo que se nos cuenta, importa la manera de contarnos todo esto, ese humor hilarante y casi surrealista de la obra, las distorsionadas reflexiones de unos personajes muy originales, además de los delirantes diálogos acerca del lenguaje y del pensamiento. Y porque se trata de un libro entretenido, que es lo que cuenta.

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