Sandman. El fin de los mundos (VIII). Neil Gaiman. ECC

(176 páginas. 17,95€. Año de edición: 2016)
Iba a cometer la herejía de incluir este octavo volumen como el más flojo de la serie. "Por fin uno de transición", pensé ilusamente cuando transitaba por la historia dentro de la historia de El leviatán de Hob. Había cometido el error de menospreciar las páginas leídas por culpa de las escasísimas apariciones del protagonista de la serie, Sueño. Y lo grandioso es que pese a la ausencia de su personaje principal, al final el conjunto alcanza una altura comparable a cualquier volumen. La grandeza de esta saga seguía intacta. Perdóname, Gaiman, porque he dudado.

No por algo la elogiosa introducción corre a cargo de ni más ni menos que Stephen King, que alaba la creatividad de Gaiman, y se refiere a las alusiones literarias que contiene este ejemplar. Muchas de ellas escapan a mi escaso bagaje cultural, pero la principal, la estructura de estos seis capítulos, no es ni más ni menos que Los cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer (sobre eso y más aspectos habla la reseña de Álvaro San Martín). Al contar con varios dibujantes, el tono de cada historia es muy dispar, y favorece el eclecticismo y la heterogeneidad del volumen. Vale que hay unas mejores que otras, pero ninguna te deja indiferente, en todas hay algo que las hace especiales.

Empezando por la creación de esa especie de posada ("casa pública") a la que van a parar Brant Tucker y Charlene Money, que viajan en coche y, mientras ella duerme, se ven sorprendidos por una tormenta de nieve en pleno mes de junio. Como si estuviera en una alucinación o soñando, acaban chocando contra un árbol. Un erizo (sí, un erizo que habla y dice cosas como "Eso rojo es sangre. Debería correr por dentro") le dice a Brant que siguiendo el camino hay una posada y ahí encontrará ayuda para Charlene, que ha perdido la conciencia. 

La ayuda le llega por parte de Quirón, un centauro, mientras que bebe lo que la jefa de la posada le ofrece, algo que le hace dormir. Al despertar, Charlene está curada y se ha incorporado a una de las muchas tertulias que se producen en la posada, cuyo único precio es ese: contar alguna historia mientras no amaine lo que llaman una "tormenta de realidad". De hecho, el señor Gaheris va a empezar la suya (aunque en realidad no es suya, sino que la escuchó contar), Una historia de dos ciudades (que da nombre a este número del ejemplar):

Robert, el protagonista de esta historia dibujada con un estilo muy peculiar, algo esquemático, con viñetas predominantemente chatas y alargadas y una estética como alucinada, es un hombre de mediana edad con un aburrido y rutinario trabajo administrativo, que en sus ratos libres explora las calles de la ciudad. En uno de esos paseos encuentra una calle de plata; ese día, sale tarde del trabajo y pierde su tren habitual; al subir al siguiente, se encuentra con Morfeo, un hombre pálido "vestido con un largo abrigo negro", que le miraba "con sus ojos oscuros como charcos de noche". Inicia un periplo angustioso, de pesadilla, en el que pese a la similitud en su vagar con su ciudad, no encuentra ninguna referencia real. Un anciano con el que se encuentra días, semanas o meses después, le revela que "si una ciudad tiene personalidad, quizá también tenga alma. Quizá sueñe". Y él se encuentra en uno de esos sueños. Hay que buscar una calle que conozca en la ciudad real para salir del sueño.

En el segundo número, después de que Brant alterne unas palabras en los aseos mientras orina con Klaproth, un cadavérico personaje que proviene de la necrópolis Litargirio (que tendrá su protagonismo posteriormente), le toca el turno a Cluracán (uno de esos secundarios que ha aparecido en otro número, puesto que es un hada, hermano de Nuala). El relato de Cluracán nos lleva, con unos dibujos un tanto desproporcionados y de colores pálidos, hasta la ciudad de Aurelia (con reminiscencias de Roma en una época más medieval), adonde tiene que ir como embajador de Mab, reina de las Hadas y esposa de Oberón, para evitar la alianza de los pueblos de las ciudades de las llanuras bajo el mando de  Inocencio XI, Psicopompo de la Iglesia Aureliana Universal, y también Carys XXXV, señor Carnifex de Aurelia. Al final el narrador advierte que hay algún elemento inventado, pero esta historia de capa y espada incluye el levantamiento de un muerto y la intercesión, a través de Nuala, de Morfeo

La tercera historia, ni más ni menos que emparentada con narraciones de aventuras en alta mar, es El leviatán de Hob, contada por quien dice llamarse Jim (que resulta ser Peggy, una chica disfrazada de chico para dedicarse a su pasión, viajar a bordo de veleros), que refuta a Brant cuando le dice que están en junio de 1993, puesto que para él es septiembre de 1914. Jim cuenta que se enroló en el Sea Witch, al que subió un inglés de barba llamado Sr. Gadling (el amigo inmortal de Morfeo reaparece de nuevo). En el barco encontrarán a un polizón, un hombre bajito de la India llamado Bhartari Raja (el nombre lo he leído en la Wikipedia, en las páginas no he encontrado más que lo llame despectivamente el capitán Burgrave Gunga Din), que les contará a su vez (qué genial esto de las muñecas rusas) la historia de un rey hindú a quien le ofrecieron una manzana que otorgaba la inmortalidad. Al encuentro entre estos dos seres sobrenaturales se une que dan con la serpiente marina (a doble página dibujada a lo Shenron de Bola de dragón).

La cuarta historia, El chico de oro, relatada a Brant por un chino (que dice ser un buscador, un seguidor -al final sabremos de quién- en esos territorios paralelos, de los que dice haber muchos), quizás es la más fascinante, pues no es sino la de Prez Rickard, el prototipo de norteamericano perfecto, rubio, guapo, lleno de ideales y convicciones, que a los 20 años logra su objetivo vital: convertirse en el presidente de los Estados Unidos de América. Prez previamente ha sido tentado por el Jefe Smiley (dibujado con una cara redonda y una enorme sonrisa, aunque con la habilidad suficiente como para que resulte un personaje perturbador, y es que se maneja en este relato como una especie de Diablo que busca tentar a nuestro ángel perfecto) y ha sido visitado (¿en sueños?) por Richard Nixon. En su primer mandato ya consigue más que ningún dirigente previo (paz en Oriente Medio, bajar el precio de la gasolina, reducir el déficit federal y la audiencia nacional, frenar la carrera armamentística...), y en el segundo reduce la contaminación y declara "que la educación era la prioridad principal del país", pero asesinan a Kathy, su novia, y se va alejando del mundanal ruido hasta desaparecer y morir (aunque no se sabe cómo o de qué). Entonces es cuando aparece nuestro personaje favorito, Muerte (que pese a la brillantez del dibujo de estas páginas, no consiguen sacarle tan favorecida como debería), que intercederá ante Sueño  (tampoco su mejor representación) para librarle de Smiley, alegando ser el "Príncipe de las Historias", por lo que Prez está bajo su jurisdicción, y decide concederle su deseo de buscar más Américas para arreglarlas.

La quinta se llama Mortajas y está contada por Petrefax, uno de los discípulos del Maestro Klaproth, que nos cuenta los usos y costumbres de la necrópolis, aunque él "fantaseaba con otros lugares, otra gente, otros mundos". Su maestro le encomienda un informe sobre un entierro aéreo y allí además le serán referidas otras historias, como la del  abuelo de Mig, el ladrón de cadáveres Billy Scout que terminó siendo el verdugo de su pueblo o la de Scroyle, otro discípulo de Hermas, que habló con otro de los Eternos, Destrucción, que le habló de otra necrópolis anterior, una que olvidó el respeto hacia los muertos porque los corazones de sus habitantes se encallecieron. Y la del propio Hermas, que hace referencia a su maestra, Veltis, en relación con la sala de las catacumbas y su mano atrofiada.

Y llegamos a la sexta y última, la que da nombre al ejemplar, El fin de los mundos, que sirve de conclusión y por la que sabemos que en realidad todo nos es contado por Brant, cual borracho acodado en un bar, refiriéndole sus ebrias penurias y alucinaciones a la camarera. Y es que la tormenta terminó y tras ella todos volvieron a su realidad, salvo Petrefax, que se marcha con Quirón, y salvo Charlene, que, tras un alegato a favor de la mujer y lamentando que no tenga historia (como antes Petrefax), decide quedarse en la taberna. Allí la jefa les dice el porqué de la tormenta de realidad: "es cuando sucede alto tan importante que... lo desestabilizar todo". Y es cuando por las ventanas se observa un cambio en el cielo. Bajo las estrellas y la luna creciente en lo que son las viñetas más espectaculares quizá de toda la serie, a doble página, aparece recorriéndolo Destino, encabezando una procesión en la que un hombre (¿Lucien?) enarbola una bandera y después varios hombres portan un ataúd, tras el que siguen otros personajes ya vistos en los volúmenes anteriores, como Nuala, el Campo del violín, el cuervo MatthewOdín, Mervyn, ¿CorintoLucifer?, Desesperación y, finalmente, destrozadas, Delirio y Muerte, con quienes la luna se tiñe de sangre. Muerte le mira a Brent y se enamora (como el resto de lectores) de ella.

Es decir, que lo que ya eran historias estupendas y que podían dar entidad y fuste a este octavo ejemplar, al final quería contar algo más grande e importante y que no puede ser sino la muerte de uno de los Eternos.  Yo apostaría por el propio Sueño porque son muchos los sirvientes suyos que acompañan el cortejo fúnebre, aunque también podría ser Destrucción, que en el número anterior había referido sus miedos existenciales. Por lo visto es algo que se resuelve en los dos últimos números...

Comentarios