Cuatro amigos. David Trueba. Anagrama

(264 páginas. 9,90€. Año de edición: 2015)
La que es segunda novela de David Trueba, tras Abierto toda la noche, confirma que, más allá de los tópicos o de la influencia cinematográfica (en ocasiones el libro parece un guión), se encuentra un escritor que quiere contar una historia. Puede que roce en muchas ocasiones lo ya contado, puede que los personajes no alcancen un status más allá de prototipos, pero lo que no falla es en que se deja leer estupendamente. Sin más pretensiones que la de entretener, cumple su cometido, con creces.

Cuatro son los protagonistas de esta especie de road movie gamberra, en la que Raúl, Blas, Claudio y Solo, que además es el narrador, piensan desbarrar durante la segunda quincena de agosto, a bordo de una furgoneta con olor a queso. Cercanos a los 30, todos ellos están más cerca de la adolescencia que de afrontar la madurez de frente. No quieren oír hablar de compromisos, ninguno tiene un trabajo que les satisfaga y, salvo Raúl, que se arrepiente y envidia a sus tres amigos, están lejos de comprometerse en ninguna relación.

Dividida en tres partes ("Veinte mil leguas de viaje subnormal", "Solo en ninguna parte" y "Es tan duro vivir sin ti o milonga triste", a su vez subdividida en 11 desiguales capítulos, lo mismo que estas tres partes), el relato de Solo nos lleva desde Madrid hasta Valencia, para luego pasar por lugares de Zaragoza, Logroño y acabar en un pueblo de Galicia. El plan es no tener plan salvo pasárselo bien y follar (o tratar de) mucho. Un plan destinado al fracaso, entre otras razones porque los amigos son bastante dispares:

Claudio es el guapo y ligón del grupo, el que tiene más confianza en sí mismo, aunque su trabajo de repartidor de bebidas desmiente un tanto esta proyección que tiene de triunfador; su relación más duradera y estable es para con su perro Sánchez, que acabará en manos del padre militar y facha de Blas, con quien no durará ni un solo día. Pura fachada que a duras penas deja que rasquen más a fondo. Podría parecer el que tiene menos escrúpulos, pero es bastante fiel a sus amigos. Se le atisba un futuro apegado a alguna de esas mujeres que de momento aborrece, sacando a pasear a su próximo perrito.

Raúl, ya casado con Elena y con gemelos de siete meses, gafotas y desabrido, es el más necesitado de sexo. Aficionado al sado, se siente arrinconado y casi pasa más tiempo pegado al teléfono móvil (estamos en la época en la que algunas personas aún se jactaban de dominarse a la "moda" de estar controlados por estos toscos artilugios) que otra cosa, aunque cuando puede, trata de metérsela a alguna. La primera, Anabel, una amiga de Blas, con la que no tiene ningún miramiento en el camping. Es el personaje peor caracterizado, en tanto que es el menos simpático, puntilloso y amargado. De hecho, se vuelve a Zaragoza por su parte sin despedirse más que de Solo.

Blas es el gordito simpático, "el mejor amigo de las niñas". Sus proyectos de polvos giran en torno a ser paciente y comprensivo, aunque casi nunca funcionan. Siempre positivo y casi siempre bienintencionado, trata de sacar lo bueno a todo, aunque progresivamente se va deprimiendo con su incipiente calvicie y su gordura, que trata de sofocar a base de sudar con un plumas puesto encima. Después del fracaso que supone la llegada de la ajada pero atractiva Anabel, su siguiente molino de viento es Sonja, una prostituta checa muy flexible a la que ayuda a escaparse de un burdel de mala muerte, aunque ese amorío también esté abocado al fracaso.

Y luego está Solo, que será el eje del último tercio de la novela, más centrado en el desamor, puesto que los cuatro amigos acuden a la boda de Bárbara, la ex de Solo de la que sigue enamorado. Acaba de abandonar el periódico en el que trabajaba, más por la influencia de sus padres (críticos ambos, aunque para crítico, lo que piensa Solo de su padre, a quien guarda un irremediable rencor) que por sus propios méritos. Un tipo romántico (cuando está pensando en Bárbara, a quien idealiza), desencantado, egoísta, con más defectos que virtudes, que se asquea de sí mismo y que no cumple casi ninguno de los axiomas con los que afronta la vida, como su rechazo al compromiso o alguna perogrullada en forma de frase bien escrita pero hueca como él mismo ("felicidad quería decir imbecilidad (...) La felicidad era un lugar hacia el que era imprescindible viajar, pero nada aconsejable llegar"). Cada capítulo acaba con alguna anotación en servilletas, lo que sería el esbozo de esta novela.

Hay momentos divertidos, pero también momentos que pretenden serlo y resultan exagerados o excesivos. Casi ningún secundario termina de quedar redondeado, salvo quizás Estrella, la mujer ya talludita que vive en un hotel perdido en Logroño a la que le salva su afición por vivir. El libro queda abierto y casi parece la extensión de esas mismas anotaciones. Como se nos indica en la solapa, su humor le debe mucho a Jardiel Poncela y a Rafael Azcona, aunque a veces le pierde lo escatológico o se pierde en la búsqueda del chiste (como cuando recopila Solo sus hitos en forma de entrevistas a personajes famosos). Casi  pensada más para ser filmada, los varios defectos que tiene se compensan con ese ameno rato que te depara su lectura.

Me quedo con algunos fragmentos, como esta especie de definición de "intrapersonas", a lo Unamuno:
"Mientras subía los escalones de terraza pensé en la vida oculta de tantas personas, los seres que no trascienden, esa especie de topos que sobreviven sin necesidad del resto del mundo (...). Gente que se niega a pertenecer, eso que tanto obsesiona a otros. Quizá todos unidos formaran un país subterráneo, inexistente, pero no muerto".
O la frase con la que termina la novela: "comprendí, en  cierta medida, lo que significaba la amistad. Era una presencia que no evitaba que te sintieras solo, pero hacía el viaje más llevadero", que compensa en cierto modo la frase de apertura: "Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas".

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