American Crime. Temporada 1

(ABC. 11 episodios: 06/03/15 - 14/05/15)
Como me pasara con Breaking Bad, al oír que la temática de esta serie era durilla, unido con la saturación por la amplia oferta televisiva, hizo que fuera retrasando el visionado de esta serie. Visto el piloto, sin embargo, no me entró ningún tipo de pereza ponerme al día con ella: interpretaciones impecables, temática polémicamente actual y valiente (las discriminaciones raciales uno de los más destacados), una factura muy moderna, atractiva y distinta (me ha encantado el recurso de los diálogos en diferido) son algunos de los motivos para que American Crime haya sido uno de los mejores estrenos del año pasado.

Y es que en American Crime no se  cuenta tan sólo un crimen como casi siempre nos han relatado. El asesinato es el punto de partida, pero después se trata de ver las consecuencias en los varios personajes que están en relación con la víctima, Matt Skokie, un joven ex militar casado con su esposa Gwen, en coma al verse afectada por el mismo brutal ataque. Una serie convencional habría tratado de la investigación, del juicio a lo sumo; sin embargo, aquí se profundizan muchas más aristas y pronto se ve que la resolución de este crimen es lo de menos. Lo que importa es el desarrollo posterior en los principales afectados:

(Ha pasado casi un año, pero por si acaso, ojo que se cuelan spoilers)

Russ (estupendo en su contención y naturalidad Timothy Hutton) es el padre. El que recibe la llamada de la policía de Modesto (California) para que identifique el cuerpo de su hijo. Esas escenas en las que, aturdido aún, corrobora la identidad del cadáver, y luego en el cuarto de baño se derrumba, son un anticipo de lo que se nos viene encima. Poco a poco descubriremos que este hombre abandonó hace muchos años a su familia por su ludopatía. Con el personaje de Russ, de hecho, abordamos el tema de las segundas oportunidades: Russ necesita un trabajo para pagar a los abogados y para mantenerse en esa ciudad mientras dura todo el proceso, pero el haber estado en prisión se lo dificulta sobremanera, pese a que demuestra en sobradas ocasiones que ha aprovechado su segunda oportunidad para redimirse y mejorar como ser humano. Aunque para mi gusto es el personaje más íntegro, ético y coherente y opta por ser conciliador y respetuoso, el desmoronamiento a su alrededor termina por afectarle, anticipando un final de recorrido demoledor para él.

Su ex esposa, Barb (enorme Felicity Huffman), es el polo opuesto: al haber tenido que sacar adelante a dos hijos en las peores circunstancias, se cree con el derecho de cuestionar todo cuanto le contraría, de ahí su intolerancia, intransigencia y esa actitud que rememora a la de aquellos que van por la vida absolutamente convencidos de que no hay más verdad que la suya. Polemiza con la policía, no digiere que la investigación se centre en el tráfico de drogas en el que está implicado su hijo, y no tiene dudas de que el asesinato tiene tintes raciales: lo mató un negro casi por ser su hijo blanco. El progresivo distanciamiento hacia su hijo vivo, Mark, unido a los varapalos que el proceso judicial le va deparando, va cambiándola. La compra de un arma será el revulsivo de esta mujer con la que al principio  nos es imposible empatizar.

Tom (W. Earl Brown) y Eve (Penelope Ann Miller) Carlin, los padres de Gwen, son los otros afectados, y aunque viven una paralela experiencia a la de los Skokie, ellos se aferran a sus creencias religiosas: ella se centra con fe ciega en la recuperación de su hija y él indaga más en las respuestas acerca de las costumbres sexuales de su hija. Su egoísta postura ante Russ cuando este les pide ayuda o que tengan en cuenta que se puso de su parte en el traslado del cadáver de Matt, ejemplifica a la perfección esa tan frecuente caridad cristiana que no hace sino enmascarar su hipocresía.

El hermano de Matt, Mark (David Hoflin), también militar, aparentemente representa una postura más centrada, aunque de tanto repudiar a sus padres y renegar de su concepto de familia, acaba encerrándole en un egoísmo injustificable. Es, como le reprocha Richelle, su prometida, como si quisiera competir contra su hermano, ser mejor que él; por fortuna, Richelle media y hay que suponer que la última escena, la del aparcamiento, significa que ha recapacitado en su idea de dejar al margen su pasado.

Desde el enfoque de los implicados en el asesinato, destaca la pareja de yonquis, principales sospechosos directos. Carter Nix (qué descubrimiento el de Elvis Nolasco, fabuloso en todos sus registros) y Aubry Taylor (Caitlin Gerard, también destacada su interpretación): él, enamorado de Aubry, una vez que supera el mono en la cárcel, se mueve por el amor que siente hacia ella. Al obtener la condicional, emprende una delirante huida con ella que no les lleva a ninguna parte y que representa el rumbo de esta pareja autodestructiva. Dice deberle la vida, aunque aflora una falta de cariño enorme, que le demanda a su hermana, Aliyah (imperial Regina King, a la que tengo tan reciente en The Leftovers), la cual evoluciona por su parte de un casi fanatismo religioso en su conversión al islamismo y que le lleva a cambiarse incluso de nombre, a acercarse de una manera más personal a su hermano. 

El caso de Aubry es diferente: de clase social más acomodada, se ha llegado a prostituir por la droga, es manipuladora y mentirosa, aunque parece que con Carter es capaz de más nobles sentimientos. Su obsesión idealizante por este hombre le lleva a coleccionar recortes de revistas con fotos de parejas interraciales. La autodestructividad que demuestra es casi tan interesante como el juego de si miente o no cuando acusa a su hermano de ser el primero que inició los abusos sexuales con ella o su posterior declaración de culpa: ¿lo hace para salvar a su novio, o es cierto que fue ella la que mató a Matt e hirió de gravedad a Gwen? Su final es el que imaginaba su madre, Ruth Taylor (a la secundaria Jennifer Savidge no le hacen falta muchas escenas para destacar), cuyo punto de vista difiere al de su marido, que seguía aferrándose a la recuperación de su hija.

Hector Tonz (Richard Cabral, otra espectacular interpretación) es el que proporcionó el automóvil, la principal pista de la policía para resolver el asesinato. Vinculado con el cártel de la droga, poco a poco superamos esa visión del ser egoísta y amargado, capaz de cualquier mentira para librarse de la extradición que le espera en México, para ver a un hombre en busca de una nueva oportunidad (oportunidad que le niega su aspecto, en gran parte por ese exuberante tatuaje que le llega hasta el cuello) con su novia y su hija.

Por último, nos queda de la terna de protagonistas a Tony Gutierrez (Johny Ortiz), a su padre Alonzo (Benito Martinez, cuya cara me sonaba y veo ahora que por salir en House of Cards) y a su hermana Jenny (Gleendilys Inoa), una familia de hispanos implicados porque el  coche con el que Hector ayuda a Carter venía del garaje, sacado de allí por Tony sin conocimiento del padre. Alonzo es otro de los que más evolucionan a lo largo de los once capítulos: parte de una intransigencia que roza lo racista (arremete contra los ilegales) y que complica la vida de su hijo al permitir que la policía interrogue a su hijo sin presencia de un abogado, para acabar siendo más comprensivo con tal de acercarse a su hijo, que cambia (a peor, claro) en el correccional, aunque al final no se extienden mucho en ello, dejándolo un poco relegado (porque cada vez se estaba pringando más) en favor de su padre, cuya escena final con la hija, permitiéndole que se quede con su tío mientras que ellos dos se mudarán, es representativa de ese cambio.

Lili Taylor (Six Feet Under) como Nancy, una mujer que ha pasado por una situación parecida al perder a su hija en un asesinato, sería una de esas secundarias destacadas, el único apoyo para Barb en su cruzada en busca de culpables, alguien que habla mejor que nadie de la gran calidad de esta serie, de esta temporada sin concesiones que apenas deja respiro y que asfixia no sólo a los personajes, sino también a los espectadores, abrumados por aspectos no muchas veces vistos en televisión, como la poca eficiencia de la justicia (movida más por aspectos políticos o de mera imagen pública), de la cárcel (que en vez de redimir a los criminales les da alicientes para delinquir), el concepto familiar norteamericano, así como cuestionar esa paradisiaca visión de EEUU como tierra de oportunidades.

Uno de los mayores méritos de la serie es que no caben los trazos gruesos: la vida no es de color blanco o de  color negro, sino que está dominada por una inabarcable selección de grises. Qué más quisiéramos que las víctimas fueran modélicas para arremeter contra los implacables y maléficos asesinos, que resultan ser unos pobres hombres enfermos por su adicción a las drogas y a los que hasta entendemos en su búsqueda de un desinteresado afecto. Así que si buscas una serie amable o algún chiste para distender el ambiente, pasa de largo, porque aquí no encontrarás concesión alguna.

(La 2ª temporada, que acaba de arrancar, por cierto, pinta todavía mejor que la 1ª: hay que recordar que, tipo American Horror Story, cada tanda de capítulos se centra en historias diferentes, repitiendo algunos de los actores)

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