Les Revenants. Temporada 2

(Canal +. 8 episodios: 28/09/2015 - 19/10/2015)
No sé si ha influido que he visto la serie en una calidad inferior a la aconsejable (por aquello de no tener que esperar a los subtítulos y de que no es muy accesible, incluso teniendo Canal +/Movistar+, y sus múltiples y fatídicos paquetes de canales, porque no es lo mismo el canal Series que el Series Xtra...) y no en versión original, sino en un espantoso doblaje que te rompía por completo en esos diálogos asépticos y plagados de silencios, en los que la entonación original suple esa ausencia de cadencia dialogal.

Tampoco sé si la falta de un "previously", tras casi dos años de espera entre la primera temporada y esta segunda (aunque en la ficción sólo han sucedido seis meses) ha influido, y ya ni recordaba alguna trama, o dónde se había quedado la cosa. Los nombres me sonaban a chino (o a francés, sin subtitular) y no entendía bien sus derivas. Ese estatismo fatal, ese amago de ponernos en acción para acabar en el mismo punto, me ha resultado casi insufrible.

Sólo sé que no me ha gustado ese conjunto de ocho capítulos nuevos.

Algunos personajes pierden comba con respecto a la 1ª tanda: es el caso de Simon y Adèle, por ejemplo, a los que salva la pequeña Chloe (estupenda Brune Martin). Y eso que con el asunto del bebé deberían haber sido uno de los puntos fuertes. Sin embargo, no se sabe si Simon está confabulado con la preciosa y misteriosa Lucy (Ana Girardot), si viene o se va, si pinta copas o pinta monas. Y Adèle está insufrible, y queda la duda de si ella misma está muerta en algún momento (al menos en el último episodio, con esa pseudo boda en las cuevas estas extrañas en las que un desfigurado termina de guiar a la mamá que de pronto se olvida de sus dos querubines).

Lena tampoco termina de encajarme, cuando antes había sido uno de los personajes más destacados, la díscola y rebelde que no sabe cómo encajar que su hermana gemela Camille ha regresado. Es otra que vaga sin ningún sentido razonable, como su padre, Jerôme, hasta prácticamente el penúltimo episodio (ritmo equiparable al conjunto de la temporada). Tampoco queda demasiado claro el papel de la hiperprotectora madre, Claire, más allá de estar asustada y discutir con la adolescente hija. Y no importa demasiado si los Otros la pegaron o se infringe daños ella misma. Como tampoco el romance con Virgil (Ernst Umhauer).

Qué decir de uno de los puntos fuertes, todo lo referente al psicópata Serge, protegido por su hermano Toni. Ni siquiera la aparición del misterioso y violento padre, Milan, que aparentemente es peor que el hijo violador, les termina de ubicar. Su situación geográfica, al margen de todos los principales focos de acción (que son tres: la Mano de Dios, donde los acólitos del revenido Pierre se protegen de los visitantes; le Domain, la urbanización en la que los muertos disfrutan del retiro al que se largaron tras ese final un tanto plof a modo de no muy efectivo cliffhanger; o la base militar de esos militares que parecen estar en todas partes para no resultar efectivos de ninguna de las maneras), les deja en fuera de juego.

Todo es raro, todo es acumular preguntas o giros que en teoría son incompatibles con lo que luego van a contar. Por ejemplo, los policías asesinados. Trampas sin más, como algunas de las visiones de Víctor (qué suerte han tenido que Swann Nambotin no haya crecido, en plan Walt, o si no habría sido difícil de explicar que un muerto crece...), el protagonista indudable. El que hace tolerable a la gris y abúlica Julie, que tiene que ver cómo el niño encuentra a su madre y a su hermano, aunque luego se descubre que no es su verdadera madre, así como el padre adoptivo. Tampoco le salva la enfermera con la que acaba, si es que no es un sueño invocado por el niño para hacer más soportable la existencia de ambos. 

Se nos aparece algún personaje nuevo, tipo Berg, un tipo relacionado con la construcción de la presa, que no ha recuperado su nivel habitual, pero que después de estar un tiempo con los militares, pierde interés en la construcción y se dedica a perseguir la verdad de los muertos, con el fin de encontrar a su padre, Etienne, el hombre de la sonrisa seráfica, pese a ser el que construyó la presa que tantos muertos provocó. O tipo Ophelie, otra niña que murió en el autobús como Camille, cuya acción más destacada tras tanto lloriquear porque quiere encontrar a sus padres, es comerse las vísceras de su madre muerta, en lo que es la escena más incomprensible de todas.

No me quejo del ritmo lento de la producción, algo que ya era seña de identidad en la 1ª temporada, pero está ausente por completo la intriga, el suspense del primer tramo de los primeros episodios. Vamos a tirar por un estilo francés, muy suyo, muy peculiar, cortante, lejos de los parámetros acostumbrados en producciones norteamericanas. Si no tienes una vena espiritual o mística o básicamente rarita, es difícil no caer dormido en algún capítulo. Y cuando hemos dejado transcurrir nada más ni nada menos que seis episodios en los que nada ocurre, empezamos a ver que se pretende llegar a alguna parte, como un traslado de esos muertos que están en peligro (¿de qué?). 

A mí me ha dado la impresión en todo momento que no han sabido desarrollar un planteamiento muy prometedor. Pese a los dos años para edificar una segunda temporada, han ido aplazando decisiones y respuestas para dejarlo todo en esa estética melancólica, gris, brumosa, en la que se intenta llegar a algo parecido al misterio pero no cuela porque vemos protagonistas vivos y muertos y no hay tanta diferencia entre ellos. Pero bueno, supongo que habrá muchos que alaben el poético y abierto final, que da pie incluso a una tercera temporada. Total, la deriva es tan extensa, que cualquier cosa es posible...

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