Wayward Pines. Temporada 1

(FOX. 10 capítulos: 14/05/15 - 22/07/15)
A priori, una de las apuestas más poderosas para el verano era Wayward Pines. Al margen de argumentos y tramas, una serie producida por Shyamalan (El sexto sentido) y protagonizada por Matt Dillon o Juliette Lewis entre otros tenía reclamo suficiente para atraer la atención. Por si fuera poco, la serie empieza muy bien, con unos tres primeros capítulos que, aunque siempre resuenan a algo ya visto (Lost, Twin Peaks, Shutter Island...), mantienen la intriga en todo momento:

¿Dónde coño ha ido a parar el agente secreto Ethan Burke (Matt Dillon: ¿su áspera voz compensa esa sobreactuación que a veces ralla con el pasotismo? ¿Y se ha quedado cojo el hombre? En todos los planos en los que anda parece siempre descompensado...)? ¿Lo que ocurre en esa especie de pueblo circular en el que todo el mundo es espiado y no se puede hablar del pasado está en la mente de Ethan? ¿El mundo exterior, en el que se han quedado su mujer, Theresa Burke (Shannyn Sossamon, uno de esos casos en los que el apellido marca la característica principal del personaje, porque es una sosa sin carisma), y su hijo, Ben (Charlie Tahan cumple la máxima del niño adolescente estrangulable por momentos), está desconectado por completo de Wayward Pines?

Preguntas y más preguntas que se acumulan, como si estuviéramos en un viaje en el tiempo lostiano, para parecernos todo cada vez más extraño e impostado, como si ese pueblo fuera de cartón piedra, un decorado (como el de la intro) en el que un sujeto está a modo de conejillo de indias. Ethan ha perdido sus credenciales y hay que creer que es agente secreto en busca de otros dos compañeros desaparecidos por Idaho porque hay que creerlo, pero nada queda muy claro, salvo que el sheriff del pueblo, el inefable Pope (con Terrence Howard, Empire, me pasa lo contrario que con Dillon, su voz me saca fuera de toda coherencia, o puede que sea que al aparecer comiendo o buscando helados te cuesta como media vida creerte que ese pelele de frases absurdas sea quien mantiene ese extraño orden), da más mal rollo que un pederasta suelto por la calle. Apenas rivaliza con él en ese sentido la enfermera Pam (de lo mejorcito Melissa Leo, Treme) y la profesora Megan Fisher (Hope Davis, The Newsroom)

Las respuestas, sin embargo, van llegando y de manera bastante rápida para lo que estamos acostumbrados. Con la ayuda de Beverly Brown (una Juliette Lewis a la que los años le sientan bien, aunque el suyo siempre ha sido un rostro un tanto ambiguo y su belleza muy subjetiva) vamos conociendo los entresijos de ese pueblo idílico en apariencia que esconde mucho miedo y una subordinación casi religiosa a las reglas (no hablar del pasado, coger el teléfono siempre que suene...), sobre todo porque casi siempre están siendo espiados por alguien.

Creo que va llegando la hora de avisar de que llegan spoilers, y en este caso es recomendable que si no habéis visto la serie no paséis de aquí.

Pronto vemos que no hay escapatoria posible porque un muro electrificado, aparte de las montañas blancas de paisaje de cuento, delimita el contacto con el exterior. Y pronto también nos quedamos (o eso parece, o eso te quieren hacer creer, te dices) sin Juliette, ajusticiada ('reckoning' es el término más verbalizado en la serie) por Pope con un tajo en la garganta. Pronto, asimismo, había cumplido su misión Ethan, pues había encontrado a los dos agentes desaparecidos: Evans muerto y Kate Hewson (Carla Gugino, ¡qué mujer más sexy!) integrada en esa sociedad de pega como vendedora de juguetes. Aunque para pronto, lo que se dice pronto, llega el giro bestia: ni más ni menos que en el capítulo 5, Ethan consigue salir de Wayward, al mismo tiempo que la inquietante y fanática Megan explica a Ben, su novieta Amy (Sarah Jeffery) y el resto de los niños (los cacareados como Primera Generación) lo que es realmente Wayward Pines.

Y no es ni más ni menos que el último reducto de la humanidad. Porque estamos ni más ni menos que en el año 4028 (toma ya) y todo está destruido. El ser humano ha involucionado a aberraciones (algo así como gollums hipervitaminados, con una tendencia feroz al canibalismo y con la dentadura muy afilada) y tan sólo sobrevive gracias al genio visionario del doctor Jenkins (o David Pincher, interpretado por Toby Jones), que construyó una especie de arca de Noé seleccionando a la gente de más valía, a quienes traía tras hacerles creer que habían sufrido un accidente de coche.

Lo que así dicho suena como coña cósmica (cuando Ethan, paladín de la verdad en frente de la teoría de la ocultación de Pincher, lo revela, todos creen que se le ha ido la olla), da pie a que se pueda introducir el tema del Gran Hermano, o de la sociedad perfecta, o la necesidad de que haya un arbitraje férreo, una dictadura o el gobierno de una mente privilegiada. Lo filosófico no deja de tener su protagonismo, aunque en realidad queda al servicio de la espectacularidad de una acción que no se detiene en ningún momento, con movimientos más o menos verosímiles como esa facción de personas que se rebelan ante esa casi deíctica supervisión.

Todo acontece demasiado rápido y queda la impresión de que esa precipitación desbarata la posibilidad de desarrollar mejor algunos personajes, como Pam o Kate, aparte de que otros quedan como casi meros espantapájaros (el alcalde Bred, Harold Balinger, marido de Kate). Podría haber quedado alguna puerta abierta a otras opciones, pero el último capítulo atropella cualquier otra posibilidad que no sea la que se muestra, e incluso así hay algún momento anticlimático (como el de Ethan en el ascensor) y una torpe manera de pasar al epílogo (que en sí a mí me parece un notable final, si no fuera porque la pérdida de conocimiento de Ben llega como de coña).

No veo fuelle para una segunda temporada y, en general, el producto está un poco acartonado, pero para estas fechas estivales es un entretenimiento más que pasable, sobre todo para comentar las jugadas a medida que van transcurriendo los episodios, para ver las teorías que se van suscitando (ah, qué nostalgia de Lost...). Lo dicho, no es ninguna maravilla, pero da bastante juego.

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