Sense 8. Primera temporada

(Netflix. 12 episodios: 05/06/2015)
Netflix está de dulce. Si hace nada reseñaba la estupenda Daredevil, ahora toca Sense8. Aviso a navegantes: o te gusta la ciencia-ficción, o esta no es tu serie. Pero si te gusta, le damos la vuelta por completo a la tortilla. Una tortilla, diantre, no tan fácil de elaborar, puesto que tenemos protagonismo colectivo y una trama bastante compleja por delante: ¿de qué va esta serie? Se trata de lo siguiente:
"Un grupo de personas de diferentes partes del mundo descubren que tienen una conexión mental; entonces deberán encontrar una manera de sobrevivir perseguidos por aquellos que ven el suceso como una amenaza para el orden mundial".
Si ya la definición es complicada, desarrollarla, sobre todo al inicio, sin volver loco al espectador ni dar muchas pistas, se antoja aún más difícil. Desde casi el principio, el aspecto visual es lo más destacado. Varias ciudades (Nairobi, Seúl, Chicago, Berlín, Bombay, Londres, San Francisco, Ciudad de México, que vemos casi como un recorrido turístico en la intro cuya música progresiva va a más), personajes misteriosos como Angelique (Daryl Hannah) y Jonas Maliki (Naveen Andrews, ¡Sayid de Lost!) abriendo la historia de una manera críptica y espectacular (un suicidio para proteger o para iniciar un grupo de "senses" en una especie de iglesia abandonada), y pronto esa conexión especial entre personajes de todo tipo, así como algunos flashbacks sin desarrollar por completo, hablan de ello.

El planteamiento, aunque apasionante, se muestra un poco confuso y se rozan los estereotipos con varios personajes. Tantos frentes abiertos debilitan un poco la identidad de algunos de ellos y se roza el trazo grueso (la transexual ansiosa de reivindicarse en el Orgullo gay, el macho latino que encubre a un homosexual que no puede salir del armario para no hundir su carrera actoral, el africano que con poco es feliz, la muchacha joven atrapada en un matrimonio de compromiso y las tradiciones indias, el policía solitario y torturado, una hija multimillonaria sin atención por parte de su padre, el muchacho de calle hecho a sí mismo inmerso en un robo imposible, una dj de éxito desconectada de la realidad), pero por suerte ese trazo va ganando en matices a medida que transcurren los episodios. 

El mayor mérito, de hecho, de esta primera temporada reside en cómo vamos conociendo y cómo van enriqueciéndose estos personajes por encima de la circunstancia de su interconexión mental y sentimental, si bien no quita que las escenas en las que se intercambian papeles son espectaculares y el principal aliciente. El reto era que todos ellos, con ese sentimiento de unidad tan acusado, caigan bien al espectador, y, para mi gusto, el reto está superado.

A lo mejor se me cuela algún spoiler, así que por si acaso, aviso...

El protagonismo, aunque equilibrado, termina por decantarse por dos personajes: Will Gorski (Brian J. Smith cumple de sobra), el policía todoterreno de Chicago, y Riley (Tuppence Middleton, el gran descubrimiento con esa sonrisa luminosa, ¿la próxima Lena Headey?), la islandesa que huye a Londres para escapar de ese halo de fatalidad que la rodea y que no descubriremos del todo hasta el último episodio. La conexión entre ambos se hace, si cabe, todavía más intensa y la tarea de protegerse entre sí supera cualquier obstáculo a priori insuperable. Juntos son muy bonitos, la verdad, entre el sentido de la responsabilidad de él y el de la sensibilidad de ella.

A Will le añadimos su compañero policía Diego y su padre, pero ambos quedan un poco desdibujados (el primero desaparece a dos capítulos del final, y mucho antes se olvida esa trama del choque entre policías y banda marginal; con el segundo nos quedamos con la escena de los fuegos artificiales del 4 de julio en la que afirma sentirse orgulloso de su hijo). De Riley destacamos a su amoroso padre (que la recibe en Islandia con un ukelele y que le dedica su talento con el piano) y con el traficante Nyx, que parecía que iba a ser más interesante y se quedó en poco más que nada.

También muy imbricada con la trama de los senses se encuentra Nomi Marks (la voz de Jamie Clayton sería uno de sus puntos fuertes, es muy sugerente y acorde con la transexualidad que representa), aunque todo lo referente al encierro para tratarle el tumor que le quieren extirpar sea muy exagerado. Su novia, Amanita (pese al peinado rastafari, muy guapa Freema Agyeman), es el referente en el que se apoya. Hay que entrar en el juego de que sea una hacker consumada, puesto que es su habilidad, pero funciona.

No le hacen falta tantas apariciones a Sun Bak (Doona Bae) para destacar. Claro que su talento es el más visual y espectacular: tras la fragilidad de su constitución se esconce una consumada luchadora de kickboxing underground. Siempre que se necesite dar una paliza a alguien, llama a Sun. Además, su sacrificio para salvar las irregularidades de su hermano y de su padre, por quienes va a la cárcel, así como su defensa allí dentro por las más débiles, consiguen que sea una de nuestras favoritas. Y más cuando se le escapan esos hilos de lágrimas silenciosas si algo le toca el corazón.

Aunque para espectacularidad, la escena del  bazuca de Wolfgang (el atractivo Max Riemelt, cuya cara me sonaba de algo, y era de la peli La ola). La respuesta al tiroteo a su amigo Félix no puede ser más contundente, si bien de nuevo hay que meterse en el juego hiperbólico de los Wachowskis, para aceptar el ataque frontal a su primo y luego a su tío. Además es protagonista de la otra gran historia de amor entre los senses, la suya con Kala (Tina Desai). Esta joven hindú, científica y creyente del dios elefante, aporta notas de humor con los cruces iniciales con Wolfgang (sobre todo cuando este se le aparece el pelota picada), que va a complicar aún más el matrimonio un tanto obligado con Rajan (que por otra parte, por suerte, no cumple el tópico de pretendiente presuntuoso y altivo).

Capheus (Aml Ameen) es otro de los que se verán implicados en varios choques violentos en los que, sin la ayuda de los otros senses, no habría sobrevivido. Apodado Van Damme por su amor a este actor y con una furgoneta-caravana-autobús con ese nombre, superará todos los obstáculos que sean necesarios por ayudar a su madre, enferma de SIDA. Incluso aliarse con el mafioso Kabaka. Aunque su principal arma es esa sonrisa contagiosa que gana al resto de compañeros telepáticos.

Y falta por aportar la nota patria: Miguel Ángel Silvestre como Lito, un actor mexicano de telenovela de enorme éxito en su país que esconde su relación con el simpático y divertido Hernando (Alfonso Herrera). Dicha relación dará un vuelco con la aparición de la indómita y alocada Daniela (Eréndira Ibarra), cuyo novio Joaquín aporta las dosis más bizarras (junto con alguna de las escenas sexuales, sobre todo la de la orgía) de la serie. Casi siempre, las intervenciones de este arco narrativo iban en la línea de descargar la gravedad de las otras historias, pero la química entre este trío, así como el carisma de Silvestre, juegan a su favor.

No estamos, en definitiva, ante una temporada redonda ni mucho menos, pese a que nos encontramos con muchos diálogos conseguidos y creíbles. Cabos sueltos, aspectos sin perfilar y un tono excesivamente grandilocuente o doctoral a la hora de tratar temas como la identidad sexual hablan de ello, pero sí que estamos ante una sólida apertura para Sense8, ahora que hemos conocido (que no entendido del todo) este vínculo entre ellos, amenazado por el sibilino doctor Whispers (qué ojos de malo maloso los de Terrence Mannn). El potencial que queda, gracias sobre todo al estímulo visual que supone ese intercambio de papeles entre los senses, es demasiado poderoso como para dejarlo sin desarrollar o definir en una segunda temporada que esperemos llegue a no mucho tardar.

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