La nieta del señor Linh. Philippe Claudel. Salamandra

(128 páginas. 6€. Año de edición: 2014)

Una fría mañana de noviembre, tras un penoso viaje en barco, el señor Linh desembarca en un país que podría ser Francia, donde no conoce a nadie y cuya lengua ignora. El señor Linh huye de una guerra que le ha robado todo menos a su nieta, un bebé llamado Sang Diu. Instalado en un piso de acogida, el señor Linh sólo se preocupa por ella, su única razón de existir hasta que conoce al señor Bark, un hombre robusto y afable. Un afecto espontáneo surge entre estos dos solitarios que, capaces de comprenderse en silencio, se encuentran regularmente en un banco del parque. 


Lo maravilloso de la literatura está reunido en estas 128 páginas. ¿Qué más se le puede pedir a un libro aparte de contarte una bonita historia con un lenguaje hermoso, además de plantearte consideraciones como las que surgen a través de los dos protagonistas -seres vivos con sangre de tinta- de la obra?

Rozando el estilo austero que en algunos autores deriva en un minimalismo vergonzante (me viene a la mente Seda) y un tono condescendiente de los libros de autoayuda o pseudo de autoayuda, Claudel por fortuna no termina de cruzar esa línea que te arroja frases como estas:
Es como una caída que durara un segundo o bien una vida entera. 
el tono del señor Bark trasluce tristeza, una profunda melancolía, una especie de herida que la voz subraya 
El sol muerde el cielo con su luminosidad 
¿Qué es la vida sino un collar de heridas que cada hombre se cuelga del cuello?
Los personajes son unos puntales para que esta lectura resulte tan placentera. Sobre todo porque a través de ellos transmiten temas muy interesantes. Por ejemplo, te pones en la piel del señor Bark y esa soledad suya tras la muerte de su esposa le lleva a aferrarse a la bonita amistad que surge con alguien con quien no se puede comunicar y que queda materializada en la ilusión que le hace cuando recibe el paquete de tabaco mentolado por parte de su amigo. El recurso del sueño compartido por ambos me parece un acierto. Si un libro no puede sugerir que existen conexiones por encima de las limitaciones racionales, sobre todo si se justifican con verosimilitud, estaríamos atentando contra las posibilidades de la lectura. 

Entrar a valorar al señor Linh es aún más fácil: el afán de supervivencia está por encima de toda consideración. El instinto puede actuar como un resorte para el que cualquier medio es posible. El final puede resultar polémico y no voy a mencionar nada al respecto salvo que requiere de una segunda lectura (política de no spoilers incluso en los libros), pero la opción es válida literariamente, qué duda cabe, y no se trata de un simple giro narrativo efectista. Estamos hablando de un anciano que ha perdido a su familia, a su país, todos sus referentes. Sang Diu, la preciosa y callada bebé, su nieta, es el eje sobre el que vertebra su nueva existencia. Sin ella -o sin una idea, sin un propósito- no hay nada, no es nadie.

Muy distinta a las otras dos novelas de Claudel (Almas grises y El informe de Brodeck), estas más oscuras (o grises), el estilo es el hilo común, pero en esta ocasión hay un cierto canto a la esperanza a través de la amistad de Bark y Linh ("Gracias al señor Bark, el nuevo país tiene un rostro, una forma de andar, un peso, un cansancio y una sonrisa, y también un olor, el de ahumo de los cigarrillos. Sin saberlo, el hombre gordo le ha dado todo eso"). Una novela totalmente recomendable.

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