House of Cards. Temporada 3

(Netflix. Temporada 3. 13 episodios: 28/02/15)
Contiene spoilers

Cuando la temporada pasada Francis Underwood daba un puñetazo en la mesa del despacho oval, parecía imposible que House of Cards pudiera ir más allá. La ascensión implacable de este tiburón político había llegado a su cénit y, por tanto, ¿qué nos podrían ofrecer que igualara la concatenación de conspiraciones y ardides que le habían encumbrado, a él y a su no menos calculadora esposa, Claire Underwood, al punto más alto del escalafón de Washington y del mundo? 

Pues el caso es que los guionistas lo han conseguido y nos han vuelto a ofrecer una tanda de episodios de los buenos, y qué buenos.

Para mi modo de ver, quizá lo peor de esta serie es el modelo de retransmisión de Netflix, que te suelta todos los episodios de golpe y ale, gestiónatelos tú como puedas. La tentación es fulminártelos cuanto antes, por si los spoilers y porque pronto te enganchas a esas hipnóticas imágenes que destilan una producción hollywoodiense cien por cien (qué fotografía, y qué música: sigue emocionándome esa intro en la que se incorpora, ya cuando anochece en esas imágenes aceleradas, la guitarra eléctrica al paso de un tren) y a esas historias, tanto las principales como las secundarias, que te exigen una máxima concentración si no quieres perder comba en los tejemanejes por doquier que se suceden.

Pero bueno, más allá de esa autogestión tan complicada, y en la que hay que agradecer a Yomvi que haya sido tan diligente en tener disponibles los episodios subtitulados, lo importante es que estamos ante un producto extraordinario, y cuyo final aún no se vislumbra, y menos cuando asistimos a un importante giro de los acontecimientos. Pero vayamos poco a poco:

En el primer episodio, abrimos en un cementerio. ¿La lápida ante la que está Frank es la de Doug? Pronto salimos del error para darnos de bruces con nuestro cínico favorito, que se saca la chorra frente a la tumba de su padre y se alivia ahí mismo. ¿Es, o no es un inmejorable arranque? Por si fuera poco, eso no es lo mejor. Lo mejor es el punto de vista elegido para ponernos al día de los acontecimientos, al ceder el protagonismo a Doug Stamper, vía flashback, por el que vemos la penosa recuperación de este hombre y al mismo tiempo se nos cubre los seis meses de mandato del nuevo Presidente. 

Doug ha perdido su puesto y parece que su influencia y una de las tramas más importantes será cómo este servil y retorcido escudero recupera su posición, aliándose con su principal oponente, Heather Dumbar (poderosa Elizabeth Marvel), además de superar la recaída en el alcoholismo porque sus sentimientos hacia Rachel son muy problemáticos. Se alía con Gavin (muy bien Jimmi Simpson) para dar con ella, aunque habrá que esperar al último episodio para eso. La nota de contrapunto para este hombre está en relación con su hermano Gary, con quien se va a unir emocionalmente, aunque uno ya no sabe si es por aparentar o si esta gente es capaz de alternar sentimientos sinceros.

El caso es que, volviendo a los Underwood, tienen un plazo de dieciséis meses para que el Presidente recobre popularidad y pueda ser elegido. Para ello, se ha reunido de los que fueron sus principales adversarios, Remy Danton (como hombre de confianza, apoyado por Seth, del Gabinete de Prensa) y Donald Blythe (su vicepresidente, un hombre al que desprecia y que depara los mejores momentos en lo que a apartes se refiere). Claire, que tampoco descansa, le pide a Frank un puesto como embajadora de la ONU porque ella piensa en su futura carrera presidencial, y acabarán incurriendo en el nepotismo que al principio tratan de evitar.

A los problemas internos con el Congreso, con el que se enfrenta para sacar su ley "America Works" (que se resume en que a cambio de debilitar los Servicios Sociales, potenciará la política de contrataciones para erradicar el paro), hay que sumarle la disputa que se mantiene con el presidente ruso, Viktor Petrov (de lo mejorcito Lars Mikkelsen, estupendo papel este alter ego chulesco y prepotente de Putin), para resolver el conflicto internacional del Valle del Jordán. Hasta hay una estelar aparición de las Pussy Riot en el capítulo 3 para afianzar los lazos entre la realidad y la ficción.

La irreverencia de Francis vuelve a aparecer al final del episodio 4, con el escupitajo que le lanza a la figura de Cristo en la iglesia. El único dios para él es su inteligencia y su capacidad de manejar las situaciones, a menudo aparentemente imposibles de resolver, puesto que por momentos parece acorralado ("La imaginación también es un acto de valor", dirá en el episodio 8). Pero si algo tiene este hombre son ases en la manga o recursos, por más que sean ilegítimos. Por ejemplo, para sacar adelante su AmWorks, asalta la "caja de ahorro" destinada a los desastres naturales. La interpretación de Kevin Spacey es inmejorable (con frases como "No writer worth his salt can resist a good story, just as politician can't resist making promises he can't keep"), aunque Robin J. Wright no le anda a la zaga, y si no que se lo pregunten al embajador ruso, que asiste atónito a una actuación calculadamente manipuladora en los baños.

El capítulo 6 marca un punto de inflexión en lo tocante a Claire. La entrevista que mantiene en la cárcel rusa con el disidente americano Corrigan, encarcelado por manifestarse a favor de los derechos homosexuales, le deja muy tocada y evita el acuerdo al que habían llegado los dos mandatarios, además de que rompe la sociedad Underwood. Las puyas que se lanzan en el avión llegan a un punto máximo (Claire le espeta por ejemplo un "Somos unos asesinos"). Por más que parece que esa fisura se resuelve al renovar los votos matrimoniales en el siguiente episodio, marcado por una estructura temporal que va avanzando y retrocediendo por espacio de un mes (el tono oscuro del pelo de Claire es el anclaje para no perderse) y por la elaboración de una mandala budista que dará lugar a una de las metáforas más potentes y hermosas que se recuerden en televisión -"Nada es eterno salvo nosotros". Eso sí, en el capítulo 11, otra vez en el Air Force One, Claire le dirá que llevan demasiado tiempo mintiéndose ellos mismos.

Otro de los puntos fuertes de la temporada tiene que ver con el escritor  Thomas Yates (convincente y a más Paul Sparks), que será otro punto de fricción entre los Underwood, primero porque Claire recela del grado de cercanía y confianza que va adquiriendo con él, y luego porque el primer capítulo de su libro le resulta muy revelador. Además, la escena de  la donación de sangre será casi definitiva para entender el final. 

Frank supera hasta la inminente llegada de un huracán y se postula como candidato tras su inicial requiebro lanzando un caballo de Troya en forma de Jackie Sharp (que le saldrá rana, entre otras razones por su despotismo para con sus subordinados, a quienes maltrata a menudo infravalorándoles y humillándoles). Así, tras el magnífico debate a tres bandas entre Dumbar-Jackie-Frank, hay un giro imprevisto para nuestro protagonista-antagonista. Qué fantástica es esta serie que consigue que a pesar de que Francis y Claire sean lo peor de lo peor, al mismo tiempo que entiendes y aplaudes a quienes se rebelan con dignidad contra ellos, quieres que haya más sangre.

Eso sí, el capítulo final estará centrado en esa fisura que no habrá de cerrarse entre los Underwood. La ambición de Claire no tiene límites y se da cuenta de que está subordinada a su marido, en vez de permanecer en el mismo nivel. Acabamos la temporada con un órdago a la grande y la sensación de que queda mucho por contar todavía. De momento, lo que está claro es que la tercera temporada cuanto menos está al  nivel de las dos primeras, y eso que lo difícil no es llegar, sino mantenerse... 

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