Los siete años de abundancia. Etgar Keret. Siruela

(160 páginas. 15,95€. Año de edición: 2014)
Durante siete años Etgar Keret ha llevado registro de su vida personal, desde el nacimiento de su hijo hasta la muerte de su padre. El resultado son estas crónicas tragicómicas que van mucho más allá de la historia de su familia y de su carrera. Y es que con una hermana ultraortodoxa que tiene once hijos y ocho nietos, un hermano pacifista a favor de la legalización de la marihuana y unos padres supervivientes del Holocausto, su historia personal parece contener la historia de toda la sociedad israelí.
Me gustan las casualidades o las casualidades que se convierten en coincidencias porque me hace pensar en un orden oculto que no se puede descifrar pero que está ahí, agazapado, como una sombra en la oscuridad. Los siete años de abundancia relata vivencias, recuerdos o anécdotas de este escritor que se maneja con pasmosa facilidad en el relato corto y se inicia con el nacimiento de su hijo, Lev (De repente, lo mismo: su nacimiento coincide con un ataque terrorista). Y justo ahora nace Paula, mi primera sobrina. Por suerte, aquí no hay atentados como en Israel, pero todas las diferencias se deshacen porque los siete primeros años de Keret como padre me han acompañado en este tiempo de espera para conocer a Paulita: un libro, dos nacimientos, pues.

Estructurado en siete partes, cada una corresponde a cada uno de los años de Lev. El autor abre una ventana a su vida israelita, viajera y familiar, a sus pensamientos, preocupaciones y peripecias, pero en un híbrido vehicular a medio camino entre el diario personal y el relato corto (para no perder las costumbres).

Habrá quien lo considere exhibicionismo, pero yo hablaría de generosidad. La de quien comparte la existencia de su propio hijo; de su esposa, Shira, con quien hace un sándwich de pastrami estupendo cuando hay alerta por bombardeo (Pastrami); de su madre, superviviente al acoso nazi en Polonia en la II Guerra Mundial (conmovedor es La casa estrecha); de su padre, que rezuma optimismo incluso en el peor momento que se pueda imaginar en una existencia, cuando te comunican una enfermedad irreversible (en Hecho polvo es el padre quien consuela al hijo, quien más adelante se echará a llorar cuando Lev le pregunta quién le protegerá ahora que el abuelo se ha muerto) y que protagoniza una curiosa historia de amor (Amor al primer whisky); de su hermana ultraortodoxa, a quien su religión le impide barbaridades como no leer los relatos de su hermano o no permitírsele un abrazo (Mi llorada hermana); de su orgulloso hermano mayor (Mi primera historia: en esta historia él le da la clave de lo que es la escritura: "la historia que escribí no era el papel arrugado y untado de mierda que ahora descansa en el fondo del cubo de la basura de la calle. Esa página solo era un conducto por el que podía transmitir mis sentimientos de mi mente a la suya"), a quien él reverencia (Idolatría).

Con ese enfoque particular, ese peculiar sentido del humor y una lúcida mirada, la realidad se reinventa (como le dice su mujer, "Nuestra vida es una cosa, y tú siempre la reinventas para que sea otra cosa más interesante. Eso es lo que hacen los escritores, ¿no?"), y sin el menor sentimentalismo tipo La vida es bella (incluso en Tras los pasos de mi padre). 

Se pasa revista a asuntos de todo tipo: la situación de Israel (su militarización, los bombardeos en Tel Aviv), la existencia de lagartos gigantes (Extraña pareja) o el repelús del autor por el ejercicio físico (el texto quizá más divertido: Impostor); se relatan anécdotas graciosas o bochornosas, como la de la confusión en un restaurante alemán de jeden raus (coche en doble fila o algo así fuera) por juden raus (judíos fuera) en Defensor del pueblo.

Hay referencias a The Wire, encontramos interpretaciones del juego Angry birds (Vista de pájaro), también una comparación hilarante entre una respuesta ingeniosa de Lev y la corrupción política (Gatos gordos), por no hablar de la confusa realidad imperante (Un bigote para mi hijo: "el bigote en el reflejo parecía completamente irreal, exactamente como la historia que acababa de escuchar (...). Puede que después de todo me afeite este bigote. La realidad aquí ya es bastante confusa tal como es"). Por último, aunque no valga para la estadística y aunque no haya cogido muchos taxis, tampoco dejaría que un taxista meara en mi cuarto de baño (Justo y bueno)...

Yo de mayor quiero escribir como Etgar Keret (pero no llevar su dieta). Y bienvenida al mundo, Paula, ya ves que en él vas a encontrar cosas tan interesantes como las que escribe este escritor.

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