Así empieza lo malo. Javier Marías. Alfaguara

(528 páginas. 21,50€. Año de edición: 2014)

¿Qué se le puede pedir a un autor como Javier Marías, probablemente el mejor escritor -o al menos novelista- español de las últimas décadas, cuando ya ha escrito varias obras maestras como Todas las almas, Mañana en la batalla piensa en mí, Corazón tan blanco o Tu rostro mañana, obra cumbre de Marías, de la generación y de la época? A un autor que sin embargo confiesa en sus entrevistas que cada vez que empieza una nueva novela le asaltan las dudas y las inseguridades se le debería estar permitida cualquier licencia, hacer lo que le dé la gana, con la esperanza de que siga dándole la gana coger la pluma, o (y) su máquina de escribir, y darle a la cabeza para dar forma a una nueva obra. Así que si quiere repetir sus querencias estilísticas (las repeticiones constantes -'el encorvado oeste'-, las citas literales, los periodos oracionales marca de la casa), su tendencia discursiva (el principio sobre todo podría formar parte de sus columnas dominicales) y esos memorables inicios suyos, así como ese gusto por hilar una trama de fondo con elementos casi folletinescos aunque por momentos parezca olvidarse de ella, vía libre, por supuestísimo.

No tengo duda en preferir Así empieza lo malo respecto a Los enamoramientos, para mí un escalón por debajo de otras obras del autor (o simplemente la explicación de ese final suyo, por truculento y rebuscado, me frustró el libro). No suele fallar Marías cuando escoge para su título una cita de Shakespeare, y esta no iba a ser una excepción. Aparte de otro estupendo inicio, en el que pone casi todas las cartas boca arriba y te atrapa con una de esas frases de periodo extenso ("desde el momento en que está uno en el mundo empiezan a pasarle cosas, su débil rueda lo incorpora con escepticismo y tedio y lo arrastran desganadamente, pues es vieja y ha triturado muchas vidas sin prisa a la luz de su holgazana vigía, la luna fría que dormita y observa con sólo un párpado entreabierto, se conoce las historias, antes de que acontezcan"), el final es igual de redondo ("estamos pensando: 'No, nada de besos'. Nos miramos sin decirnos nada, y quién sabe si lo que estamos diciéndonos es algo en lo que estamos de acuerdo: 'Y no, nada de palabras'").

Aunque los capítulos (once) y secuencias (muchas más) son breves casi siempre, el tiempo narrativo es lento, fundamentalmente en ese inicio tan moroso, en el que la presentación de los personajes se toma su tiempo: el narrador, Juan Vere o Juan de Vere, en esa dicotomía imprecisa tan cervantina, se da a conocer, aclarando casi de inmediato que las figuras principales son Eduardo Muriel y Beatriz Noguera. Tenemos, pues, casi un narrador testigo que no tarda nada en pasarse a describir a Muriel (Marías es un maestro en este sentido), para quien trabaja como secretario o algo así cuando era joven, el cual le encarga el cometido de "vigilar" a un amigo suyo, el doctor Jorge Van Vechten, a raíz de unos comentarios escuchados sobre el comportamiento de este para con las mujeres en los lejanos tiempos de la posguerra (estamos en los 80). 57 páginas transcurren y sólo tenemos una descripción y un diálogo, además de los cimientos asentados de la obra. 

Después llega la otra vertiente, también vinculada con Muriel, esta en relación a su mujer, Beatriz Noguera, a quien maltrata de palabra. En el segundo capítulo, ocurre el núcleo duro en cuanto a acción, siempre tamizado por las impresiones y reflexiones que cualquier hecho suscita en el autor: Juan Vere espía una conversación nocturna entre los casados, que duermen en habitaciones distintas y les separa un acontecimiento del pasado que Muriel no puede perdonar. El erotismo está bastante presente a través del salto de cama de ella y de la admiración sexual que despierta en él, pese a que siempre se comporta como un espectador distante (algo que acrecentará cuando se ponga a seguirla en sus paseos madrileños, y que define el carácter de este narrador que registra todo cuanto ve, a menudo con una precisión casi matemática, una de las señas del narrador de Tu rostro mañana, y que me da que debe de ser propia del propio Marías). Llevamos 100 páginas y en puridad no ha sucedido nada.

Da lo mismo. Es cómo presenta las situaciones, los personajes (también los secundarios: la funcionaria Celia, el admirador Roy, el actor Herbert Lom, el amigo de Juan, el doctor José Manuel Vidal Secanell, la empresaria Cecilia Alemany...), las reflexiones, los meandros por los que se distrae y nos distrae, uno de los principales en forma del Profesor Rico, que vuelve a tener su dosis de protagonismo como secundario, aunque más bien parece un homenaje o una socarronería del autor, en connivencia con el propio Rico (cuánto daría por una conversación entre ambos a raíz de estos "cameos" literarios). No importa que sea en la página 131 cuando se nos ofrezcan datos relevantes como los tres hijos del matrimonio protagonista (Susana, la mayor, de 15 años, la más destacada, aunque sólo sea para apuntalar esa vertiente un tanto cíclica o circular al repetir querencias de la madre; Alicia, de 12; y Tomás, de 8; aparte de un niño perdido años atrás, aspecto revelado en la página 324).

Otro punto fuerte es cuando presenta alguna escena. Por ejemplo, la que se deriva de la "persecución" a Beatriz Noguera, hasta llegar a una especie de santuario llamado Nuestra Señora de Darmstadt, en la calle Serrano, donde subido a un árbol contempla un lance sexual entre Beatriz y Van Vechten; o la de la bañera en el hotel Wellington; o la escena del encuentro entre el narrador y Beatriz que se inicia en la cocina, de noche.

Y mientras tanto, se superponen leves variaciones de lo que ya nos es conocido, aunque en algún momento se nos recuerda que el narrador nos está acercando un pasado ya acontecido, un pasado del que a la altura de la página 260 aún nos faltan muchas piezas. Este párrafo es muy revelador, ya que hace partícipe al lector en la ficción que está leyendo:
pertenezco a los que guardan algún secreto que jamás podrán contar a quien vive y aún menos a quien ya murió. (...) En verdad no es grave, no lo fue, creo que a nadie perjudiqué. Pero es mejor que por si acaso lo siga callando, por nuestro bien, por el mío, quizá el de mis hijas y sobre todo el de mi mujer. Y cuando aquí lo diga (pero aquí no es la realidad), tendréis todos que guardármelo y callar también, no podréis ir por ahí revelándolo desde el oriente al encorvado oeste (...) Ni una palabra de ello mencionaréis, por favor, si otros os pidieran escuchar mi historia.
Quizá el punto más débil llega cuando Juan de Vere obtiene información en conversaciones con Muriel. No sé si porque los diálogos resultan demasiado solemnes, o porque parecen lastrados por las puntualizaciones del puntilloso narrador. Se contrarresta, en todo caso, con secuencias como con la que arranca el capítulo VIII (páginas 341-343, prodigiosa y poética reflexión sobre la perduración de las personas y la vigencia de las historias que se cuentan). O con memorables frases o párrafos:
Qué me importan a mí los otros. Prefiero la palidez de este muerto andante al color del mundo entero. Prefiero demorarme y morir en su palidez que vivir a la luz de todos los vivos (158). 
A la vida de las personas siempre llegamos tarde (208) 
En realidad todo lo que se cuenta, todo aquello a lo que no se asiste, es sólo rumor, por mucho que venga envuelto en juramentos de decir la verdad. Y no podemos pasarnos la vida prestándole atención, todavía menos obrando de acuerdo con su vaivén. Cuando uno renuncia a eso, cuando uno renuncia a saber lo que no se puede saber, quizá entonces, parafraseando a Shakespeare, quizá entonces empieza lo malo, pero a cambio lo peor queda atrás (324).
El caso es que pese al escaso avance de la acción, el autor hace confluir los datos que aún no se conocen (a veces un poco cogidos de los pelos, como los que aporta el amigo de Juan, el doctor Vidal),  para dar paso a la conclusión del relato, en la que ya no hay respiro (siempre desde ese peculiar tiempo narrativo que impone Marías, algo más acelerado en el último cuarto del libro). Ya en el capítulo XI llega el resumen de lo sucedido después, y ese epílogo que cierra de forma estupenda esta historia que nos hace llegar Juan de Vere.

En fin, Javier Marías en estado puro, para lo bueno (que debería ser así para casi todo el mundo) y para lo malo (para quien no le trague). Y que siga ofreciéndonos muchos títulos más.   

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