La buena reputación. Ignacio Martínez de Pisón. Seix Barral

(640 páginas. 21,90€. Año de edición: 2014)
Samuel y Mercedes contemplan con preocupación el futuro de sus dos hijas ante la inminente descolonización de Marruecos y el regreso de los españoles del Protectorado a la Península. Estamos en Melilla, son los años cincuenta y, en ese contexto de cambio e incertidumbre, el matrimonio decide viajar a Málaga para establecerse en una España que comienza a abrirse lentamente a la modernidad. De la mano de cinco miembros de una misma familia, esta saga recorre treinta años de nuestra historia y transita por ciudades como Melilla, Tetuán, Málaga, Zaragoza o Barcelona. Los deseos e ilusiones de Samuel y Mercedes, de sus hijas y de sus nietos se verán condicionados por secretos inconfesables en una vida que transcurre fugaz e inesperada.

Inexplicablemente, no encuentro por ninguna parte mi reseña de El día de mañana, el libro anterior de Martínez de Pisón, uno de los mejores narradores españoles que tenemos hoy en día. Me hubiera gustado leerla y repasarla porque me pareció una de sus mejores novelas, junto con El tiempo de las mujeres o Carreteras secundarias. En cambio, este último libro, a pesar de contener páginas estupendas y personajes como siempre redondos, me ha parecido en un escalón inferior.

Creo que la culpa la tiene el punto de vista narrativo elegido. No deja de parecerme un error haber estructurado -aparte del prólogo- la novela en distintas novelas: la novela de Samuel, la de Mercedes, la de Míriam, la de Elías y la de Daniel, cinco novelas pertenecientes a tres generaciones distintas. Se supone que tenemos cinco perspectivas diferentes, pero en realidad el narrador omnisciente pasa de un lado a otro sin atenerse a que sea de los personajes referidos en cada parte. Es decir, que en la de Mercedes volvemos a encontrar pensamientos de Samuel, o en la de Daniel irrumpe Esther, la hermana (ya octogenaria) de Samuel, por poner un par de ejemplos. Un procedimiento muy distinto y menos atractivo a las técnicas empleadas en novelas como Dientes de leche, cuya estructura aparentemente tradicional revelaba un manejo extraordinario de partir de una escena que era retomada en páginas posteriores para ser rebasada y así ofrecerte alguna inesperada sorpresa (algo similar al funcionamiento del prólogo, que sería algo así como un inicio in medias res dentro de la historia de esta familia). No, no hay novedades aquí en el apartado técnico.

Por otra parte, la amplia documentación exhibida no deja de ser una acumulación de datos sobre Melilla, sobre los ritos judíos en tiempos franquistas, sobre los treinta años transcurridos o sobre las ciudades transitadas (Melilla, Málaga y Zaragoza, principalmente). Puede ser sin más que soy bastante reticente a las historias cronológicamente extensas (aquí  partiendo desde los cincuenta) porque se desvirtúan los valores literarios de los personajes, que son el foco puntual de una parte del libro para acabar quedando relegados, pero he tenido la impresión de que por momentos el autor había puesto el piloto automático aprovechándose de sus indudables manejos narrativos. Estaba leyendo sobre esta familia judía, pero podía estar revisando cualquiera de los anteriores trabajos de Martínez de Pisón.

O quizás sea que algunos de los reclamos empleados ya estaban muy vistos o no han quedado del todo redondeados: por ejemplo Alegría, la amante que Samuel tenía en Tetuán, que desaparece casi sin dejar rastro hasta que Míriam se encuentra con una foto suya y reabre esas sospechas sobre uno de los mayores secretos de su padre; el naufragio del Pisces, que deja tocado al patriarca familiar; la estafa a Elías por parte de esa familia malagueña que había trabajado para ellos; o la depresión que sufre Daniel tras su accidente en moto... Sin duda, la novela de Daniel es la peor parte de esta novela, incluyendo ese remate que casi parecía  un calco al final de Lost, con lo que eso supone de cagada...

De los personajes me quedo con el de Mercedes. Pocas veces el protagonismo recae no ya sobre un antihéroe, sino sobre una "antiantagonista", la típica bruja que disfruta haciendo cabronadas como otra señora mayor podría disfrutar de hacer ganchillo. Se trata de un personaje cicatero, manipulador y ruin que suele rondar a casi todas las familias. No tipo político de los que tanto abundan en las páginas de actualidad, en plan ladrón de las arcas públicas, sino más mundano y mezquino, como esa típica suegra que disfruta controlando a su hijo y manteniendo a raya a su nuera. Es como si le hubieran puesto voz a Esperanza Aguirre, salvando las distancias. Mercedes aleja a su esposo del judaísmo en primer lugar, y luego martiriza a sus hijas Sara y Míriam para que cumplan su voluntad. Vale que tiene momentos de humanidad, pero son varios los episodios que revelan su egoísmo y su mentalidad calculadora (como con la perrita Fosca o con los últimos instantes de Samuel, por no hablar de cómo despacha a Felisa, la criada de toda la vida), que remata en su testamento, la última pirueta de esta mujer que actúa como nexo común de las cinco partes.

También Míriam me ha parecido muy loable y destacada. La típica hija obediente y responsable, sin un ápice de talento musical, sufrida hermana de Sara, de carácter más indómito (y por tanto, sobre quien se tiene más paciencia y a quien se le permite más, tipo parábola del hijo pródigo); Míriam se casa con Ramiro, un hombre mediocre que acaba fracasando, y ni siquiera consigue redimirse a través de sus dos hijos. Apenas tiene una bocanada de libertad pensando en el coronel Solana y, sobre todo, cuando inicia una aventura con un militar que tampoco se librará de mostrarse cobarde en el incendio del Hotel Corona de Aragón. Llama a su depresión el Monstruo y en conjunto tenemos a un personaje solitario, deprimido y palpitante, alejado de heroísmos, apegado a esa vida real que va erosionando poco a poco y que te hace replantearte tu existencia en términos de derrota continua.

Los nietos, Elías y Daniel, se me han quedado tan lejanos como Marta, una de los tres hijos del matrimonio entre Felipe y Sara, a pesar de que no haya obtenido atención dentro del foco narrativo. Nada que ver con los tres personajes anteriores, o al menos me han parecido más artificiales y menos conseguidas sus biografías. El pequeño, que arrastra una pequeña cojera y que pasó por una etapa de fervor religioso, no termina de quedar del todo retratado en su vertiente teatral y su estancia en Málaga parece un apósito; y el mayor tampoco pasa de ser un cabeza hueca al que su Dios creador le confiere una experiencia traumática un tanto inverosímil (sobre todo cuando al final vuelve a ver al hombre al que atropelló con la moto). El regreso a Melilla en los ochenta queda reducido al episodio de los cuatro goles del Buitre en Querétaro y poco más.

Con todo, lo más extraño es el tratamiento recibido hacia Sara. Podría ser que sobre ella iba a girar uno de los misterios de la obra, ese lapso de tiempo que estuvo desaparecida y alejada de las garras de Mercedes al fugarse con su novio peluquero Aarón, pero cuando se descubre la verdad vuelve a pasarse de puntillas sobre ella. Es el robo de estas más de 600 páginas y no deja de ser un personaje marginal que podría haber dado mucho más juego.

Pegas subjetivas, sin embargo, que no quitan para que este novelón cumpla con el cometido de mantenerte fijado a la lectura, una lectura sin complicaciones y con un notable cúmulo de acciones interesantes que te incitan a proseguir y devorar más y más páginas. Como siempre, leer a Martínez de Pisón es un placer, aunque como lector suyo crea que no ha dado lo mejor de sí en esta obra.

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