Brida. Paulo Coelho. Planeta De Agostini

(247 páginas. Año de edición: 2001)
No guardaba buen recuerdo de Paulo Coelho. Leí de adolescente o postadolescente (o hace los suficientes años como para tener escasos recuerdos de cuándo leí a Coelho) El alquimista y me pareció la típica historia alegórica con moraleja de libro de autoayuda y no volví a leerle más, salvo en alguna lectura ocasional (casi siempre interrumpida, casi nunca acabada, qué pereza de hombre) de su columna en el XL Semanal. Con tal carga de prejuicios, está claro que el motivo extraliterario que me ha hecho olvidarme de ellos tenía que ser poderoso. Un motivo que siempre merece la pena, como la merecen las segundas oportunidades o leer antes de criticar.

¿Qué tenemos en Brida? Una aprendiz a bruja. Pero ojo, una brujería no en plan El valle de los lobos (lo cito por su cita a este libro), con acción y una visión fantástica más aproximada a la aventura que a la reflexión. Aquí la brujería está muy apegada a la religión y a la naturaleza. Y a la reencarnación. Todo muy esotérico y con una curiosa mezcla de paganismo y catolicismo. 

En Brida no tenemos una novela al uso. Es, de hecho, una antinovela. Vale que está enmarcada en una fecha más o menos actual (1983-1984) y dura desde el verano hasta la primavera (agosto-marzo, así está dividida la novela, en dos partes), vale que está ambientada en Dublín  y vale que aparte de la protagonista, Brida, tenemos al Maestro, a Wicca y a Lorens como personajes, aunque ya estos personajes son inmutables, incluyendo a la propia Brida pese a su proceso de exploración y aprendizaje. La acción, sin embargo, fluye como hacia dentro o por debajo y al lector le llega de una manera remota. La acción es casi un pretexto para transmitir ese proceso de aprendizaje del Don a través de la Tradición del Sol y de la Luna. Es más descriptiva que narrativa, hay más didactismo que argumento.

Construida a base de escenas o párrafos separados, apenas hay unidad o consistencia cronológica, por más que se siga un recorrido lineal. Vamos dando saltos de un momento a otro sin que los acontecimientos sean demasiado relevantes, salvo un par de experiencias telúricas, como cuando Brida viaja por medio de las cartas del tarot a una de sus vidas pasadas (la de Loni, que amó a Talbo hace varios siglos, la huella más cercana o más remota de su Otra Parte, esa mitad del alma escindida en dos que hay que buscar y encontrar en el Amor). Un ejemplo de que es una antinovela es la anécdota que le refiere la madre de Brida sobre un enamoramiento platónico con un viajero estando ella casada. Se rompe con el curso de la obra para insertar una digresión extemporánea de un personaje que no había contado para nada y esa casi es la clave de la obra, la de acumular material que aporte una ambientación mística.

El libro está demasiado masticado en ese sentido. Se trata de que el autor nos haga llegar su conocimiento sobre la brujería y sus ritos de iniciación, integrándola en un contexto moderno y lejos de la caza de brujas o de tramas más novelescas. Se trata de transmitir una experiencia o unos ritos, no de referirnos unos acontecimientos o una intriga. El hallazgo es la marca o el punto encima del hombro izquierdo de las personas. Ea es la señal para reconocer a esa parte de tu alma que estuvo unida a ti en la otra vida. Al final ese hecho, esa búsqueda del Amor, prima más que el crecimiento de Brida hasta la consecución de su Don. De hecho, parece como si el autor estuviera tan satisfecho por esta ocurrencia que no hubiera espacio para más en la novela.

La protagonista es el eje en casi todo el libro, aunque hacia el final el protagonismo cede en dirección al Maestro. Narrativamente, este personaje es el elemento más literario o novelesco, ya que  el misterio que él conoce (es la Otra Parte de Brida) lo comparte con el lector a través del narrador omnisciente. El lector sabe eso y sabe que el Maestro no puede revelarlo para no interferir en la muchacha, y más después de que él hubiera atentado contra las reglas de la magia una vez, al separar a un hombre de la mujer de la que estuvo enamorado (no queda del todo claro, pero parece Wicca, y de ahí la separación entre ambos maestros). Por eso el final del libro está centrado en una conversación entre él y Wicca, otro personaje plano construido y terminado desde su primera intervención, y no en Brida. Tampoco Lorens aporta mucho más allá que la perspectiva de alguien profano a la magia, más apegado a la ciencia, que a su vez es Otra Parte de Brida (porque puede existir más de una parte)

Quizá el problema principal es que Brida no está demasiado perdida en ningún momento de este extraño aprendizaje a dos bandas entre sus dos maestros y esa evolución es muy relativa. No se encuentra con problemas muy graves o no me llega mucho esa ansia por conocer y explorar, o esa frustración por no saber si va por la dirección apropiada. Y luego está ese prurito zen o esa tendencia a sermonear o pontificar sobre la felicidad o sobre los misterios de la vida por parte de Coelho que no soporto. 

Pero en fin, la novela es apropiada para ese lector que disfruta del tono fabular y de ese misticismo e incluso para lectores en las antípodas como yo, una vez superado el impacto de ese ritmo moroso y atemporal, cuando ves que la dinámica es como esa primera noche que supera la protagonista en medio de la noche asimilando la experiencia para incorporarla a su conocimiento y su aprendizaje, se pueden extraer aspectos interesantes, como conocer una corriente de creencias diferentes. Y se trata de compartir una lectura que es especial para alguien y es una forma de ponerte en contacto con ese alguien. Y tiene frases como estas:
A pesar de su juventud, ya conocía los daños que la soledad era capaz de causar en las personas (...). Había encontrado personas que habían perdido todo el brillo de vivir porque no conseguían ya luchar contra la soledad, y acabaron viciadas en ella. Eran, en su mayoría, personas que consideraban al mundo un lugar sin dignidad y sin gloria, que gastaban sus tardes y noches hablando sin parar de los errores que los otros habían cometido. Eran personas a quienes la soledad había convertido en jueces del mundo, cuyas sentencias se esparcían a los cuatro vientos, para quien las quisiere oír. 
Nadie puede poseer una salida de sol como aquella que vimos una tarde. Así como nadie puede poseer una tarde con la lluvia golpeando las ventanas, o la serenidad que un niño durmiendo derrama alrededor, o el momento mágico de las olas rompiendo en las rocas. Nadie puede poseer lo más bello que existe en la Tierra, pero podemos conocer y amar. No somos dueños del sol, ni de la tarde, ni de las olas, ni siquiera de la visión de Dios, porque no podemos poseernos a nosotros mismos.El bosque me enseñó esto: que tú nunca serás mía y por eso te tendré para siempre. Tú fuiste la esperanza de mis días de soledad, la angustia de mis momentos de duda, la certeza de mis instantes de fe. 
Sólo por tener la certeza de tu existencia, es por lo que continué existiendo.

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