Estreno: The Knick

(Cinemax. Estreno: 09/08/14)
Quién nos iba a decir que en agosto íbamos a encontrar una maravilla como esta. Por más que venía firmada por Soderbergh e incluía cara famosa, la de Clive Owen, no te terminas de esperar algo con tanta calidad. Calidad que se demuestra desde el segundo cero con ese plano de las botas (que tanto le han gustado al fetichista Asesino en serie) del protagonista, el doctor John W. Thackery, que sale de un burdel de Chinatown y se pincha en los dedos del pie cocaína para poder ir a trabajar al hospital Knick. Resulta que es un cirujano. Y que estamos en Nueva York. En 1900. Los carteles promocionales ahondan en ese sentido (aquí hay una recopilación de ellos), así como el lema: "La medicina moderna tuvo que empezar de alguna forma".

Asistimos a continuación a una operación oficiada por el doctor Jules M. Christenson (imponente Matt Frewer con esas barbas que se lava y esa calva y esa voz canónica) y auxiliada por Thackery frente a una bancada de doctores que observan y (es de suponer) aprenden. La estética del blanco fulgurante contrasta con la oscuridad de esos escaños. La estética, sí, resulta fundamental desde el principio, empezando por el inicial color rojo del prostíbulo que remite casi a una alucinación y acabando por el rojo de las salpicaduras de sangre que el escalpelo provoca en la mujer embarazada de ocho meses. No se ahorran ni una gota de truculencia y asistimos a las brutales intervenciones de unos cirujanos que aún están emparentados con los barberos más que con el prestigio de los doctores.

Entre el segundo cero y el disparo a quemarropa del doctor Jules, impotente por haber vuelto a fracasar (ni la madre ni el bebé sobreviven), tenemos la esencia de las pretensiones de The Knick, ayudados, sin duda, por esa música perturbadora y sugerente (leo en El antepenúltimo mohicano que de Cliff Martínez) que acompaña el camino en el coche tirado por caballos de Thackery. Y no, no significa esto que luego el capítulo decaiga. Simplemente nos han puesto en situación. Nos hacen ver que la factura es de alta calidad, con decorados y ambientaciones impresionantes, y luego nos abren el panorama para que veamos que no solo se trata de Clive Owen (a pesar de su discurso en la misa por Jules) y su problemático doctor Thackery. No. Tenemos muchos más frentes abiertos:

Por ejemplo, el tema del racismo. Si a nuestro putero y drogadicto protagonista le faltaba algo, es su nada disimulado racismo. Cuando, avalado por la filantrópica y adinerada familia Robertson, llega de Europa para ocupar el puesto de cirujano jefe adjunto (ahora que Thackery toma el lugar de su amigo Jules) el doctor Algernon Edwars (qué planta más estupenda la mostrada por André Holland, si tuviera poderes de brujo le adivinaría un futuro magnífico a este personaje, próximo a las nominaciones), cuya piel resulta que es de color negro, hace gala de él. Un hombre tan avanzado en la medicina y tan retrógrado en las ideas. Y lo peor es que le desprecia con tanta elegancia, que sólo podemos cagarnos en él mientras dura el desprecio. No por eso Algernon se queda. Su lucha por ser considerado uno más será uno de los puntos fuertes de la serie, como se puede ver en el segundo episodio, Mr. Paris shoes.

¿Qué más podemos encontrarnos en 1900 además de unas prácticas quirúrgicas retrógradas aunque en contante evolución y un problema de racismo exacerbado? ¿Corrupción, acaso? La tenemos en todas partes, aunque parece que será terreno propicio sobre todo para Herman Barrow (también estupendo Jeremy Bobb), el gerente del hospital, cuyos equilibrismos con las cuentas delimitan (si no traspasan) lo delictivo, como demostrará su propia muela arrancada de cuajo en el segundo episodio (si eres delicado y escrupuloso, desde luego que esta no es tu serie). O el inspector Jacob Speight (David Fierro parece sacado de El Padrino), que no duda en comerciar con los responsables del hospital en vez de velar por la higiene de la población neoyorquina. Por no hablar de las prácticas mafiosas de los conductores de ambulancia peleando por conseguir "clientes", a poder ser adinerados. Tom Cleary (la mole de Chris Sullivan) se lleva la palma en ese sentido, con otro personaje que puede dar mucho juego, y no sólo por las pullas que se entrecruza con la mordaz (y poco ortodoxa a tenor del aborto que lleva a cabo) hermana Harriet (Cara Seymour).

Llevo ya unos cuantos nombres y aún me falta por hablar de las intrigas del propio hospital. Tenemos al doctor Everett Gallinger (Eric Johnson), que no ha sido ascendido como Thackery había propuesto al aparecer Edwards; o el afable y enrollado residente Bertie Chickering Jr (Michael Angarano); de momento como mosquita muerta pero quién sabe si no una futura redentora para Thackery, tenemos a la enfermera Lucy Elkins (no le hace justicia el atuendo victoriano de la época a Eve Hewson), que tendrá que encontrarse con el doctor en una situación lamentable y a quien tendrá que buscarle una vena para inyectarle cocaína en..., en..., en serio, ¡ahí!, en ese sitio con venas donde parece inconcebible ser pinchado. O la adinerada y parece que bondadosa Cornelia Robertson (Juliet Rylance o cuántas horas pasará en la peluquería para que le hagan esos recogidos), cuyo padre delega en ella al considerarla preparada para dirigir el hospital.

Suficientes elementos como para ganarse el 8,7 de IMDb y como para figurar en las agendas de cualquier seriéfilo que se precie. Pocos tabúes, operaciones sanguinarias, un ritmo más que efectivo y por todo lo dicho anteriormente se merece esa nota y mucho más. Y además me libra de tener que recomendar The Leftovers como el estreno veraniego de 2014 que más merece la pena (que lo merece, pero anda que no se las trae).


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