Orange is the new black. Temporada 2

(Netflix. 13 episodios: 07/06/14)
Contiene spoilers

No sé si porque las expectativas eran muy altas o si porque no eres el mismo cuando pasa un año, pero lo cierto es que mi entusiasmo por la 2ª tanda de Orange se ha visto reducido, en parte por ese aburridísimo primer episodio centrado por completo en Piper, insoportable por sí misma como ya habíamos visto en los 13 episodios previos, imposible de digerir sin las historias de las demás reclusas a modo de contrapeso o distracción. Era como si no se hubieran dado cuenta de qué funcionaba y qué no y hubieran tirado por la carretera de en medio con excesiva prepotencia.


Entiendo que se me ha atravesado, pero se puede ver de dos formas: como que la serie tiene sus puntos fuertes y por tanto hay que incidir en ellos porque lo que funciona no hay que tocarlo (y más un producto como este tan dado a fomentar las filias por determinados personajes); o como que la originalidad se ha agotado y llega el turno a más de lo mismo, con lo que nada puede sorprenderte y sí llegar, si no a aburrirte, sí a agotarte. Por mucho giro efectista (que los hay), te encuentras con el mismo panorama.

Queda claro que hay que ver la serie alejado de esa tentación si no quieres que todo se venga abajo (sería como leer un libro sin darle opción a que te pueda trasladar al mundo de la ficción). Nada de lo que ocurre en Litchfield puede ocurrir, por más que Piper nos esté ofreciendo una especie de memorias (noveladas, se entiende, no creo que se pudiera añadir una cartela al final indicando aquello de "basado en hechos reales"). No porque las condiciones de la prisión sean deplorables a causa de lo que es uno de los temas más interesantes, la malversaciòn de fondos de Figueroa, sino porque todas las protas tienen una cara amable compensada con su lado oscuro de forma tan simétrica que produce rechazo o distanciamiento. Me aleja de la verosimilitud y le veo las costuras al guion: ¿que Red es una manipuladora? Pues nos esforzamos por potenciar su amabilidad para con su grupo; ¿que Niki es la reclusa más empática y vence las tentaciones de la heroína? Pues le potenciamos su voracidad sexual y le ponemos en la mano un alijo de droga mayor; ¿que la monja es una activista con sentimientos cristianos caridad cristianos? Le plantamos un ego y un afán de protagonismo para compensar; ¿que Taystee es una juerguista jovial? Contrarrestamos con un poco de felpudismo hacia Vee...

Incluso los personajes más negativos, los guardianes, funcionan igual: Healey, un patético perdedor que se ha comprado una esposa rusa, después de intentar que a Piper la brearan de lo lindo, se desvive para crear un grupo de ayuda y se intenta redimir tratando de que Crazy Eyes (de las pocas que se ha escapado de la manipulación guionística gracias a Vee) no sea inculpada;  Caputo es el mismo hombre que se masturba cuando las chicas salen de su despacho y que sólo mira por su ascenso en su segundo día al cargo, que el que toca en una banda y parece interesarse por las reclusas; Figueroa, una víbora que sólo quiere esquilmar fondos públicos para apoyar la carrera de su marido senador (qué obvio ha sido lo del ayudante), luego era como un cachorrito en busca de un poco de atención; Méndez será todo lo hijoputa que se quiera, pero en su punto de locura le ofrece un amor incondicional a Daya y carga con cualquier culpa, algo de lo que su enamorado, Bennett, no es capaz de hacer (mal pinta esta pareja, de lo más conseguido esta temporada, por cierto).

Todos y cada uno están regidos por esta ley de la compensación. Todos salvo la "mala Disney" de la película: la víbora de Vee, esa mujer sin corazón que gobierna el grupo de las negras al antojo de su taimada inteligencia. Es tan mala malísima que cualquier gesto amable por su parte es una trampa para picar con su veneno. Por tanto, se merece el final (disparatado, absurdo, facilón) que tiene. Por más que haya sido ella el principal motor para que haya funcionado la serie y le haya añadido la pimienta necesaria para que Litchfield no haya terminado siendo la casa de la pradera.

Podremos debatir si se ha profundizado en la psicología de los personajes, pero no en que esta serie está pensada por y para que cada espectador elija su favorita y la defienda a muerte: que si la simpática Taystee, que si la más noblota Poussey;  que si la gruñona de Gloria; que si la dulce y desquiciada Morello; que si la socarrona marimacho de Big Boo; que si las coquetas latinas; que si la parlanchina (y cansina) Soso (la otra novedad, qué mal encaje el suyo)... Lo cierto es que muchas mujeres han perdido protagonismo (Watson, Sophie, Pennsatucky...) y solo Rosa ha sido la más beneficiada.

Los flashbacks es otro de los elementos que han estado de más, casi como la relación que se ha ido estableciendo entre el crispante Larry y la estúpida Polly (son tal para cual), aunque eso marcará el sino de la tercera temporada en cuanto a que se podrán separar de la trama de Piper, inmersa en esa relación amor-odio con Alex (que corre el riesgo de saturar), una Piper que alguna vez saldrá de la cárcel y sin embargo no tiene por qué acabar la serie, cuyo potencial vista esta temporada es cuasi infinito.

Esta temporada se ha potenciado más el melodrama, casi el folletín, con tramas prediseñadas y definidas, las tijeras y la pluma de los guionistas se nota demasiado. O, cuanto menos, se ha potenciado que se acumulen historias por encima de la evolución de los personajes (que para mi gusto no ha existido salvo un par de excepciones): a X le pasará esto y a Y esto otro, independientemente de que la coherencia indique lo contrario. Una temporada bastante por debajo de la excepcional propuesta que representó la primera, aunque estaría rozando el siete, algo no desdeñable y de lo que, una vez pasada esa decepción de lo que podría haber dado de sí, habrá que quedarse.

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