Kick-Ass 2. Mark Millar y John Romita Jr. Panini Comics

(200 páginas. 19,95€. Año de edición: 2012)
Después de leer Kick-Ass, te puedes esperar casi cualquier cosa de su secuela. Lo que la primera parte contenía, casi se queda corto con su continuación, y eso que perdido el factor sorpresa (un chaval que se enfunda un traje y decide, cual Quijote de la Mancha, tratar de "desfacer entuertos" luchando contra el crimen) parecería lógico que se desinflara el globo. Pues no, esa mezcla entre idealismo y estupidez, entre heroísmo y locura, entre insensatez e insania se prolongan hasta límites insospechados. 

Las siete partes de este segundo volumen arrancan casi donde lo dejamos, en la "vida de mierda" de Dave Lizewski, que tras la presentación de la nueva vida (y al parecer normal) de Mindy (Hit Girl), auspiciada por Marcus Williams, un policía casado con su madre, y tras un breve avance de sucesos de los que parece arrepentirse, sigue saliendo por las noches con su identidad de Kick-Ass. El contraste entre su presencia en el metro como un ciudadano más y sus rondas nocturnas es acusado, como todo en este cómic. Y más cuando Dave encuentra seguidores o discípulos o émulos o como quiera decirse. La única pena es que Mindy está vigilada de cerca por Marcus, que le ha hecho prometer que trataría de seguir una vida normal para no disgustar a su madre.

Doctor Gravedad (licenciado en Filología) le lleva hasta otro grupo de "infrahéroes" o de pirados como ellos, Justicia Eterna, una liga de frikis conformada por gente como Coronel Estrellas, Zorra Nocturna o Battle-Guy, que resulta ser un amigo de Dave, Marty Eisenberg. El no va más de la diversión y de la adrenalina, incluso cuando empieza Red Mist a formar una banda de supervillanos por Twitter. Eso sí, hacia el final de la tercera parte, la diversión empieza a torcerse: su padre descubre su traje y el que fue Red Mist, ahora renacido y renombrado como el Hijoputa, ayudado por una bestia parda asesina y psicópata, Madre Rusia, encuentra la guarida de la Liga y la cabeza de la perra de Sal Bertolini, alias Coronel Estrella, sobre la suya.

Ahí empieza la espiral de locura y violencia que no cesa en el acribillamiento de niños en el barrio de Katie Deauxma, la amada de Dave (aunque sin éxito en el cómic) ni en la violación de esta. La policía no hace distiniciones entre villanos y héroes y se dedica a perseguir, rastreando IP's, a todo enajenado con máscara. Mientras, el padre de Dave se entrega a la policía haciéndose pasar por Kick-Ass y si esto fuera poco, en la cárcel las redes de la venganza del Hijoputa llegan a él. ¿Que no es suficiente? Pues en su funeral ponen una bomba. Ahí ya no aguanta más Hit-Girl y empieza a poner las cosas en su sitio, aunque el plan orquestado por esta panda de energúmenos liderada por un pijo forrado como el Hijoputa es atacar Times Square.

Suena a argumento delirante y sin embargo funciona bastante bien. El dibujo está muy conseguido y la historia tiene su verosimilitud. La violencia es excesiva, pero en el exceso llega el efecto que se propone, y que no es otro que criticar ese aburrimiento del que ni las nuevas tecnologías parecen conseguir librarse, aburrimiento que termina siendo canalizado de maneras excéntricas, muchas veces potenciadas por el tipo de sociedad que hemos construido, en el que a veces la descarga de adrenalina puede llegar por las vías más peregrinas. Todo lo que ocurre suena a algo que podría suceder, aunque no deja de resultar disparatado, eso sí.

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