Game of Thrones. S04E06. The Laws of God and Men

11/05/14
Contiene spoilers

La única pega que se le puede poner a este episodio es que nos encontramos ya con más de la mitad de la temporada finiquitada. El invierno vuelve a asomarse y el vacío es inmenso. Nunca antes el "winter is coming" ha sonado tan devastador. Sobre todo porque nos encontramos con un CAPITULAZO a todos los efectos, tanto visuales como narrativos. Como viene sucediendo en esta sólida y poderosa temporada, todos los momentos, todas las tramas y todos los actores tienen algo siempre que mostrar:

Empezamos por una de esas majestuosas puestas en escena que solo una serie como GoT te pueden presentar: pasamos del barco en el que Stannis y Davos navegan a un ascenso vertiginoso que nos permite ver la entrada a Braavos, presidida por una estatua gigantesca que te lleva a recordar una de las Siete Maravillas del Mundo. Corta hasta la respiración. Allí, en Braavos, vemos las entrañas del Banco de Hierro, esa institución que tiene en un puño ni más ni menos que a los Lannister. Stannis, con su habitual falta de mano izquierda, no conmueve a los banqueros (ese Mycroft Holmes como cara visible), pero Davos echa el resto y recuerda que dependen de un hombre de 67 años (Tywin) para dar la cara en Poniente, cuando la alternativa de Stannis es mucho más fiable para sus inversiones. Cuando volvemos a ver a Davos, en una simpática escena (con tetas, ya sería demasiado dos capítulos sin ración mamaria) y le entrega al pirata Salladhor oro para que se una a su flota, vemos que su discurso ha logrado su objetivo: Stannis vuelve a representar una amenaza para los Lannister.

Qué terrible el destino de el que una vez fue un orgulloso y pretencioso príncipe de las Islas de Hierro, Theon Greyjoy, ahora convertido en Hediondo, un guiñapo asustadizo y cobarde en manos de su retorcido y despreciable amo, Ramsey. El intento de rescatarle de su hermana Yara (tras un vibrante charla de motivación para los suyos)  fracasa porque el lavado de cerebro del que fue su hermano es total. El juego mental que mantiene Ramsey con él es terrorífico a la par de efectivo. Y parece que trama seguir manipulando al que es su esbirro fiel para hacerse con el castillo de los Greyjoy. Para ello tendrá que representar el papel de Theon.

Un capítulo en el que los dragones hacen acto de presencia no puede ser un capítulo cualquiera, de modo que la pasada rasante de uno de ellos para carbonizar un rebaño de cabras quita el hipo. Queremos uno para abrasar algún que otro Congreso de Diputados, y punto. Ni perro ni peces ni cerdos. Queremos un dragón. Vemos a Daenerys haciendo gala de su ristra de calificativos, casi tan larga como la lista de demandantes (212), algo que pone a prueba la paciencia de esta reina. Cuando llegue a Poniente va a querer abdicar y tener una vida más sencilla (algo me dice, por cierto, que en los libros su trayectoria, sabiamente dosificada en la serie, será un poco más farragosa)...

Las escenas del Consejo de Desembarco tampoco tienen desperdicio. Se pone precio (muy alto) a la cabeza de El Perro, algo que puede perjudicar a Arya. Se menciona el creciente peligro de la Targaryen y se pone en marcha un plan para eliminarla. Pero lo importante es lo que viene después: el juicio a Tyrion, al que vemos cuando Jaime, que le echa una mirada desesperanzada antes de entrar, le va a buscar ("no debemos decepcionar a Padre", le comenta sarcásticamente). 

El juicio se inicia, con un Tommen que deja paso a su Mano como ejemplo de que las charlas de su mentor sobre la sabiduría las tiene bien aprendidas. Oberyn (que mantiene una charla con Varys, siempre es divertido oírle hablar de sus pajaritos, sobre su lugar de origen) y Mace Tyrell le flanquean y llega el turno de los testigos, que van hundiendo las posibilidades de Tyrion a salvarse de la condena: Ser Meryn, el Gran Maestre Pycelle (que menciona que Joffrey murió por el veneno estrangulador, muy difícil de conseguir), Cersei (sí, su paso de este enano al que no se le ha perdonado su tamaño por Desembarco dejó un reguero de enemigos importante) y Varys testifican no muy favorablemente hasta que llega un receso.

Jaime lo ve tan negro que trata de hacerle entrar en razón a su padre. Y se encuentra con que todo estaba calculado por este taimado jugador en el juego de tronos para hacerle renunciar a la Guardia Dorada. A cambio de salvar a su hermano, Jaime está dispuesto a sacrificarse y dar descendientes a la dinastía Lannister. Tyrion recibirá la gracia de ser perdonado: se incorporararía al Muro vestido de negro como miembro de la Guardia de la Noche.

No encajaría mal, pensamos ingenuamente haciendo cábalas de su buen rollo con Jon Snow y lo valioso que podría resultar contra la amenaza de los Caminantes y los Salvajes. Pero se reanuda el juicio y la testigo que aparece (buen golpe de efecto) nos hace olvidar todo lo anterior y remata las esperanzas y la moral de Tyrion, que desobedece a su hermano cuando le dice que se abstenga de provocar al personal si quiere conservar su cuello (algo que no le inspira confianza a Tyrion, recordando que la misma promesa le fue hecha a Ned Stark): la puntilla la da ni más ni menos que una rencorosa Shae, que miente como una bellaca para incriminar al que fue su amante. Lo que hace el despecho. 

La actuación de Peter Dinklage se agiganta desmintiendo los centímetros de su estatura y escupe unas palabras que revelan todo su desprecio por los allí presentes, a quienes tilda de desagradecidos por olvidar su participación el la batalla de Blackwater y, finalmente, saca su último as de la manga: 
demanda un juicio por combate

¡Con un par! ¡Absolutamente genial! Go Tyrion! ¡Olé tus narices cortadas!

¿Será Jaime su adalid, o volverá a confiar en Bronn? ¿Y su oponente? ¿Será la Montaña? ¿Dejará Cersei que su odiado hermano pueda llegar a salirse con la suya? No vemos la hora de poder encontrar las respuestas...

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