De repente llaman a la puerta. Etgar Keret. Siruela

(208 páginas. 18 €. Año de edición: 2013)
Más allá de etiquetar a este original relatista israelita como un Woody Allen o un Kafka o similar, y al igual que pasaba con el libro anterior, Un hombre sin cabeza (2011), lo fundamental es la poderosa originalidad que desprenden casi todas las páginas del volumen. Estamos ante una voz propia capaz de entretener y al mismo tiempo de inducir temas universales, pese a que a menudo encuadra sus relatos en sus propias coordenadas, con múltiples referencias -muy irónicas y humorísticas a veces- a los problemas de su país, por ejemplo en el primer título, que da nombre al libro, De repente llaman a la puerta, en el que la violencia es la carta de presentación de hasta tres personas que le exigen un cuento al autor ("Los palestinos pidieron con muy buenos modales un estado. ¿Se lo dieron? ¡Y una mierda! Mientras que cuando pasaron a hacerse saltar por los aires en autobuses cargados de niños, empezaron a escucharlos"), en Huevo sorpresa, donde hay un atentado suicida en el que perece una mujer que de todas maneras tenía varios tumores terminales, o en Joseph, en el que vuelve a aparecer otro atentado. 

En cualquier conversación con amigos, no es difícil encontrar que puedes referir el argumento de alguno de sus relatos por lo mucho que te ha sorprendido, como si sale a relucir el tema de las mentiras, tras lo cual es inevitable sacar a colación Mentiralandia, donde se entrecruzan tres planos diferentes: el real, el del sueño donde se le aparece la madre del protagonista, y el de Mentiralandia, que está debajo de una piedra y donde habitan todos los personajes referidos en las mentiras proferidas.

Etgar Keret a menudo resulta irreverente si tiene que serlo y para él no existen los tabúes: si tiene que escribir que se está follando a un caballo en un mundo paralelo (Mundos paralelos: "Hay mundos paralelos en los que ahora estoy teniendo relaciones sexuales con un caballo"), lo escribe; o si tiene que escribir para retratar a un personaje ofuscado o atrapado en sus propias contradicciones que un perro le lame la erección (Pues últimamente sí se me levanta), lo escribe. No ponerse límites es uno de sus aciertos, sin llegar a resultar excesivo como Bukowski.

¿Qué ingredientes o requisitos podrían configurar la voz de Keret? Más allá de temas cotidianos como las relaciones padre-hijo en matrimonios con divorcio de por medio (Equipo, Un autobús grande y azul) o de las relaciones en general (Upgrade, Fiesta sorpresa, uno de los más extensos, con final abierto y varios personajes con sus miserias), podríamos hablar del sentido del humor ("si aquel loco de la hamburguesería no hubiera apuñalado a Jeremy Kleinman, el estado de Jeremy sería el de un vivo, que es, como bien sabemos todos, muchísimo mejor que el estado de un muerto": Quesu-Cristo; en Ilan, la novia del narrador, que grita su nombre cuando se corre, resulta que solo ha estado con tíos que se llamen Ilan), de la mezcla de realidad y ficción (los ya referidos Mentiralandia o De repente llaman a la puerta, Escoge color, en el que aparece un Dios bastante limitado después de unos insultos hirientes proclamados contra Él, Pudin, Pinchazo, Pez dorado, Tras el final o Guayaba, de los que voy a hablar a continuación) y, unido con este tema, ese surrealismo o ese acceso al universo del absurdo.

Aunque muchos de los 38 relatos no parten de ese absurdo, como Mystic; Moratón; Mañana saludable, genial retrato de la soledad de un tipo que finge ser otras personas en una cafetería cuando ve que quien entra está buscando a alguien; Más vida, en el que dos gemelos se casan con dos gemelas y las desavenencias entre ellos deviene en tragedia; o ¿Qué animal eres?), para mi gusto la "marca de la casa" de Keret está en esa extrañeza que consigue alterando el orden habitual de la realidad: 

En Pudin, a Avishai le secuestran para volver a casa de los padres; en Pinchazo, Eli nota un fuerte pinchazo en la lengua cuando está besándose con Tsiki, y descubre luego que es por la cremallera que tiene en la boca, la cual, al abrirla, le depara que dentro de Tsiki estaba Jurgen; en Pez dorado, alterna el punto de vista de Jonatan, un chico que quiere hacer un documental preguntando a la gente qué tres deseos le pedirían a un pez dorado mágico, y el de Sergei, un ruso hijo de sionista, que acaba matando a Jonatan y luego habla con su pez dorado dudando si gastar su tercer deseo en devolverle a la vida o no; en Tras el final, un asesino a sueldo implacable encuentra el horror en el infierno que le han deparado tras su ejecución; en Guayaba, un hombre pide un deseo antes de que su avión se estrelle a un ángel y pide la paz mundial, aunque cuando pasa a otra vida en forma de guayaba, lo único que le preocupará es no caerse. 

La brevedad y la sencillez son otros elementos característicos de Keret. Además, son muchas las frases o las reflexiones que te dejan, como la de Más vida:
De alguna manera (...), cuando tienes una hermana gemela, te sientes como más presente. Como si fueras más ser humano, porque aparte de tu propia vida tienes otra vida para vivir. (...) y esa es una sensación muy rara, porque es como si vivieras más y pudieras hacer en esa vida ampliada que tienes todo tipo de cosas misteriosas de las que nunca vas a saber nada. 

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