Casa de verano con piscina. Herman Koch. Salamandra (letras de bolsillo)

(352 páginas. 9€. Año de edición: 2013)
Próspero médico de cabecera en Ámsterdam, Marc Schlosser ejerce su profesión con cierta dosis de cinismo. Cuando uno de sus pacientes, el famoso actor Ralph Meier, lo invita a pasar unos días de verano junto a su familia, Marc acepta pese a las reticencias de Caroline, su esposa, que detesta la arrogante vulgaridad de Ralph y su actitud de seductor irresistible. Así, los Schlosser y los Meier, con sus respectivos hijos adolescentes, compartirán con un maduro director de Hollywood y su novia, cuarenta años más joven, una casa con piscina a pocos kilómetros de una playa mediterránea. Los días transcurren con apacible monotonía hasta que una noche se produce un grave incidente que interrumpirá las vacaciones y cambiará para siempre la relación entre las dos familias.
Ojo: mis opiniones contienen spoilers
 
Tengo sentimientos encontrados con la novela: descartando por completo el adjetivo "original" (el recurso del inicio "in medias res" para abocarnos al recuerdo y que este inicio a la mitad que llega hasta el capítulo 6 suponga que haya que recolocar las piezas que en un principio habías supuesto no es algo que se diga nuevo; y un narrador en primera persona sui géneris tampoco va a descubrir nuevos caminos literarios), sí que puedo emplear otros términos como fácil de leer, entretenida o polémica. 

También añadiría otro: tramposa, más que por que parezca que va a contar una historia (por ejemplo, la de una negligencia médica primero o un adulterio después), por algunas frases a modo de reclamo en algunos capítulos ("A veces repasas tu vida para ver en qué punto habría podido tomar otro derrotero", capítulo 11; "Más adelante me pregunté muchas veces si las cosas habrían sido de otro modo si la chica letona se hubiese mantenido en pie", capítulo 29; o ""¿Dónde está Julia?" Cuando rebobino mi vida, suele empezar con estas palabras", capítulo 31), o por episodios nunca del todo resueltos (como cuando Marc y Judith se besan por primera vez y se interrumpen porque alguien está detrás de la puerta -parece que Julia-, o como cuando echan de la carretera al director del camping ecológico y más adelante se sugieren que se ha debido de suicidar, por no hablar de la huida final a Estados Unidos sin que el Tribunal Disciplinario haya resuelto nada).

Supongo que lo mejor es la voz narrativa, ese Marc Schlosser, médico de cabecera con su propio y particular sistema de creencias y valores, influenciados por su profesor Aaron Herzl, algo así como una voz en off que suele orientar o marcar una especie de modelo a seguir para Marc. Más allá de ese cinismo, del machismo que desprende o de su escasa empatía hacia sus congéneres (y aquí incluiría a su propia mujer, Caroline, el personaje más vacío o más plano de todos, posiblemente), más allá de esas afirmaciones polémicas y de esa manera de pensar tan autosuficiente, veo en él un componente contradictorio de tanto peso que me parece el mayor mérito de Koch. 

Me explico: Marc se cree mucho mejor de lo que es y se otorga una importancia mucho mayor que la que ostenta realmente. Trata de encubrir sus bajos vuelos profesionales con unas aseveraciones que distan demasiado con lo que afirma (en un momento, de hecho, parece que es un Sherlock Holmes de la medicina y en general cuando trata de descubrir lo que le ha pasado a Julia, para acabar no resolviendo nada de nada). Desprecia, por ejemplo, a los artistas porque los considera vanidosos o alejados de la realidad, pero él enseguida se abstrae cuando está con sus veinte minutos de rigor atendiéndoles, no porque se preocupe por sus pacientes como ellos podrían pensar, sino porque en un solo minuto ya ha detectado lo que pasa y los diecinueve restantes está en su mundo. 

Le pasa como con las mujeres: con una sola mirada ya sabe cuando la mujer en cuestión (en este caso, Judith) se va a entregar a él, a pesar de afirmar que no es ningún George Clooney. Este misógino no declarado recibe una irónica lección: piensa que lleva las riendas de sus hijas adolescentes, Julia (13 años) y Lisa (11), cuando la realidad es que Julia le da mil vueltas y con el truco de la amnesia le pone en su sitio, y más cuando al final sus hijas están prácticamente como modelos en una sesión de fotos de facebook auspiciada por Stanley Forbes, el director de cine alojado también en la casa con piscina y que está con Emmanuelle, una jovencita de no más de diecinueve años. De lo que afirma, pues, a lo que luego demuestra, media un abismo y es lo más interesante. Digamos que se trata del truco final al aparecer en un plano inferior a Julia. Julia es la gran triunfadora, y por lo que ha contado durante toda la novela, su padre no se ha dado cuenta, o no se quiere enterar.

Por otra parte, me parece interesante que un médico sienta repulsión por el género humano, y más cuando por su labor se ve obligado a lidiar con pústulas, quejas, depresiones, neurosis y cuerpos desagradablemente desnudos, pero eso no deja de ser anecdótico y conforma el retrato de Marc, cuyas descripciones médicas a veces se antojan farragosas. El rollo del ojo, por cierto, es un detalle molesto que podría haberse ahorrado el autor, y no lo digo por su operación para deshacerse del pus pinchándose el párpado. No entiendo ese innecesario foco extra de tensión.

Más allá de Marc Schlosser, vale, se tratan temas bastante espinosos como la pederastia, pero luego no se va más allá que considerar despreciables a esos tipos, encarnados sobre todo en la figura de Ralph Meier, el famoso actor (que representa a Augusto en lo que vendría a ser Roma, puesto que se menciona que pertenece a HBO, cadena de Los Soprano y Bajo escucha, que sospechaba que era The Wire y en efecto lo es), a quien Marc condena de manera inmisericorde por su potencial peligro por más que no vaya a dar ningún paso en ese sentido.

Otro tema interesante es ético y va entrelazado con el social y de ahí el retrato de la burguesía: ¿hasta dónde estarías dispuesto a llegar por un hijo? Marc no se pone límites, pero lo más peligroso es que no muestra ningún sentimiento de culpa, como no lo muestra traicionando a Caroline o jugando con Judith. Es un tipo calculador y mezquino más que un ser amoral, un perdedor que se cree justo lo contrario, aunque al final parece que recula un poco y que se hace a un lado para que Julia dirija los futuros movimientos. 

En definitiva, me parece una buena novela para leer en la tumbona de la piscina de tu casa de verano, pero no mucho más allá, aunque tiene elementos que dan mucho juego a la interpretación y al debate.

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