Saber perder. David Trueba. Anagrama compactos

(528 páginas. 13,90€. Año de edición: 2012)
A veces dejarte llevar por prejuicios es la prevención más absurda que puedas establecer. La de tiempo que hace que me habían recomendado esta novela y yo que me negaba por el mero hecho de considerar a David Trueba un "invasor": ¿No eres un director de cine? Pues a tus zapatos. Tuve que reconciliarme con él por medio de su hermana, profesora de instituto, que propició un artículo suyo (muy recomendable su columna, debería tener más relevancia en el periódico) en defensa de los profesores. Ahí se inició el derrumbe de mis prejuicios y terminé por comprarme el libro. 

Y Saber perder no defrauda, al contrario. No solo porque lo que cuenta es cercano, cotidiano y próximo, sino porque el narrador omnisciente te lleva con delicada sencillez, sin efectismos ni trucos baratos (y sin el uso de diálogos de manera convencional, ya que están integrados en el discurso narrativo), por la historia de una familia cualquiera que vive en Madrid: las voces de Sylvia; de su padre, Lorenzo; y de su abuelo, Leandro, están tejidas de humanidad y son personajes literarios que trascienden el ámbito del papel para respirar a tu lado. A esas voces añadimos la de Ariel Burano, un futbolista argentino de 20 años que llega al equipo de Madrid (una curiosa mezcla entre Madrid y Atlético, aunque en realidad es la representación de cualquier club de fútbol) y que conecta muy pronto con la pequeña de la familia.

Hay que hablar, pues, de estos personajes para entender el alcance de la derrota casi diaria que supone la vida. Y es que la vida, en efecto, consiste en saber perder, y según cómo lo afrontes puedes lamentarte plañideramente o afrontar con entereza lo bueno que está también por aparecer.

La historia que más nervios me ha ocasionado es la de Leandro, de 73 años, pianista de escasos vuelos, jubilado de dar clases de su instrumento, casado con Aurora, algo más joven que él y que sufre un accidente y se rompe la cadera. Ella, que siempre ha sido el motor para afrontar el día a día y la brújula de Leandro, queda en fuera de juego. Los nervios o la impotencia que me provocaba este personaje no es debido a que se radiografía con precisión la vejez, ni porque Aurora esté un poco desvalida o se haya conformado con una vida pálida por su culpa, sino porque entra en una espiral viciosa y decadente acudiendo a un prostíbulo de lujo donde se engancha a Osembe, una nigeriana que pese a no darle concesiones en lo sentimental, atrapa a Leandro, que al parecer descubre sus pulsiones sexuales en el peor momento. Cada capítulo protagonizado por él es un constante sufrimiento para que ponga fin a esta cara relación.

Lorenzo, el hijo, es el más gris de los tres familiares y eso que arrastra tras de sí el hecho más novelesco e impactante de la novela. De mediana edad, calvo, con hemorroides, recientemente divorciado de Pilar (se ha enamorado de su jefe, Santiago, y se ha ido a vivir con él a Zaragoza), Lorenzo achaca sus males a su amigo Paco, un empresario vividor que se aprovecha de él y le esquilma (le ha robado su buena suerte, afirmará). Por eso toma la decisión que toma, aunque más adelante esa trama queda bastante relegada y aparece Daniela, una ecuatoriana que trabaja de niñera en el piso de arriba y que le lleva a reengancharse a lo sentimental. Ni Paco, ni Daniela, ni Wilson (conocido de Daniela junto con el que reemprende los negocios y que servirá al final como de especie de contrapunto) llegan a conformar lo más logrado de la novela, quedan un poco menos logrados.

Aparte de la trama centrada en Leandro, Sylvia es el eje, además de la luz de la novela. Esta chica de 16 años, acomplejada por su exceso de pecho, responsable, madura, reflexiva, inicia su participación en la obra figurándose cuál de sus compañeros será el primero con el que se acueste. Todo parece indicar que será Dani, algo mayor que ella y amigo de Mai (aparentemente más lanzada, aunque luego se echa novio -okupa- y se desvive por él y se desentiende de lo demás), hasta que un coche la atropella y le rompe una pierna. Será el inicio de su historia con Ariel. Sin duda, Sylvia es el personaje mimado por el autor, idealizado y modelo de conducta para un adolescente, ya que pese a sus problemas y preocupaciones le deja sitio a su familia (sobre todo a su abuela) y a encajar sus propios cambios.

Ariel sería un poco la nota discordante o la descompensación del libro por ser el elemento ajeno a las tres generaciones, y aunque su historia familiar (se habla sobre todo de su hermano Charlie, que pronto se regresa a la Argentina) y su trayectoria futbolística parece desdecir esa normalidad que preside la historia, al final no lo es tanto y es interesante observar el punto de vista de alguien cercano a un equipo de fútbol, con sus problemas e inquietudes, esbozando un acercamiento muy certero a ese mundo. De entre los compañeros y personajes que se entrecruzan con él, cabría destacar a Dragón, su entrenador de pequeñito, lleno de consejos y sabiduría balompédica; y a Ronco, periodista deportivo que se hace amigo suyo, otro de los personajes idealizados, pues el resto de la prensa especializada parece moverse al compás de los intereses de los clubes.

Las cuatro partes de la novela ("¿Es esto deseo?", "¿Es esto amor?", "¿Este soy yo?" y "¿Es esto el final?"), subdivididos a su vez en capítulos numéricos, puede que no consigan una redondez plena, pero el realismo y la humanidad que consiguen transmitir en todo momento hacen que sea una novela totalmente recomendable; es de estas novelas que te acompañan por su cercanía. Y además cuenta con algunas frases reseñables:
El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear (página 13)
No ha podido hablar en voz alta de lo que siente, de lo que piensa, quitarle valor. Como todo lo no expresado, crece, crece como una infección sin tratar (p.127)
Tendrá que evitar que Ariel se cuele por todas las rendijas de su fantasía, de su imaginación. Tendrá que vigilar que no asalte sus sueños, los ratos en que su pensamiento se evade. Que no se introduzca en sus lecturas, en la música que escucha. Que no alimente los ratos muertos con el anhelo de una llamada de él, de un contacto que no llega.
El deseo obliga a ver lo que el deseo dibuja (p.189)
Si pudiéramos exponer a la luz las miserias de las personas, los errores, las torpezas, los crímenes, nos encontraríamos con la penuria más absoluta, la verdadera indignidad (p.436-437)
Habíamos nacido el uno para no cruzarse jamás con el otro (460) .

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