El perfume. Patrick Süskind. Booket

(320 páginas. 7,95€. Año de edición: 2012)
La peculiar historia de Jean-Baptiste Grenouille, "uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombres abominables y geniales [siglo XVIII]", participa del gran acierto de dar al sentido del olfato una relevancia que en muy pocas ocasiones se ha visto en los libros, pero también peca de algunas limitaciones, las impuestas por ese narrador omnisciente que a menudo se desvía contando las peripecias de otros personajes tangenciales para la historia. Ese afán por contar hasta lo menos relevante le quita peso a una historia bastante original, pero yo creo que no explotada al máximo, también como consecuencia de una personalidad muy peculiar y algo anticlimática.

Si lees la sinopsis de la edición reseñada, por cierto, te puedes llevar a engaños. Vale que Grenouille es un ser grotesco y deforme, puede que también repulsivo, pero no "a los ojos de las mujeres". Y tampoco se explica su comportamiento "Como venganza a tanta ofensa sufrida a causa de su aspecto físico". Tenemos la historia de una obsesión, la obsesión por el olor, y nada más que eso. En realidad, estamos ante un personaje bastante plano y romo, incapaz de sentir nada más allá de lo que le ofrecen sus privilegiadas pituitarias. La nula ambición de Grenouille nos priva de lo que podría haber sido la conquista del mundo, pues consigue dar con un perfume (a base de los fluidos corporales de jóvenes vírgenes) que anula la voluntad de la gente (en lo que es una de las escenas más exageradas y extravagantes que se haya podido ver en mucho tiempo, esa bacanal desenfrenada cuando parece que van a ajusticiar a nuestro protagonista por sus asesinatos previos).

De todas maneras, a pesar de la endeblez de esta historia contada en cuatro partes (aunque la cuarta es casi un breve epílogo, no menos absurdo o desmesurado como la escena de la orgía a raíz de ese cautivador perfume) y 51 capítulos siguiendo la estructura clásica de una historia lineal que va desde el nacimiento del antihéroe a su muerte, y a pesar de la poca verosimilitud de este hombrecillo invisible por culpa de su propia falta de olor corporal, el libro merece la pena aunque solo sea por el esfuerzo del autor por otorgarle la mayor importancia al sentido del olfato, algo que en literatura es bastante costoso. Por ejemplo, hablando del perfume de Pélissier, el rival de Baldini, uno de los mentores de Grenouille:
"No tenía nada de vulgar, era absolutamente clásico, redondo y armonioso y, pese a ello, de una novedad fascinadora. Era fresco, pero no atrevido, floral, sin ser empalagoso. Tenía profundidad, una profundidad marrón oscura, magnífica, seductora, penetrante, cálida, y a pesar de ello no era excesivo ni denso" (y más: "tiene un carácter alegre, es amable, es como una melodía, hasta inspira un buen humor inmediato").
Creo que desde que Grenouille  abandona París la novela sufre un considerable bajón. Hay momentos bastantes tediosos, como la parte del retiro "espiritual" o el alejamiento cual ermitaño del protagonista en la cima del Plomb du Cantal, donde vive durante varios años, escondido y aislado en una cueva ante la creciente aversión que siente Jean-Baptiste por sus congéneres. Por otra parte, se nos transmite muy fríamente todo el componente psicópata del perfumista (que no en vano aporta el subtítulo al libro: "Historia de un asesino") y si encima cuando va detrás de la pelirroja hija del rico Richis, se nos aporta el punto de vista de este hombre (como antes ha hecho con otros personajes secundarios que no aportan más que una peculiar y tendenciosa visión de cada una de estas personas), en vez de conseguir una perspectiva más global se produce un distanciamiento de la historia que se nos está contando, la de este hombre genial al tener todos sus sentidos volcados en su nariz. 

Pero en general la novela cumple el cometido de todo bestseller, que es el de resultar entretenido, sin llegar a basar todo su peso en una serie de acciones que se vayan sucediendo, pues no en vano al final predomina la sensación de que todo es humo. O, mejor dicho, todo es un aroma que subyuga por momentos, pero que acaba desapareciendo sin más.

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