Mad Men (temporada 6)

(AMC: 13 capítulos. 08/04/13 - 24/06/13)
Contiene spoilers

Entramos en la recta final de una de las series más importantes del panorama televisivo. A falta de una temporada, muy mal han de cerrarla los guionistas para que no entre en ese olimpo elegido para las más grandes. Don Draper por sí solo lo merece. La disección de la psicología de este personaje torturado, contradictorio, alcohólico, mujeriego, machista, seductor y carismático así lo constata. Odiar a Don Draper es como odiarte a ti mismo, a esas partes de tu personalidad o de tu comportamiento que casi tienen vida propia y que te alejan de la versión que te gustaría ser.

Se puede decir que Don ha evolucionado más bien poco desde el inicio de la serie. Si acaso ha escalado en el proceso autodestructor, constatado en ese magnífico último episodio, "In care of": alcoholizado hasta el punto de perder los papeles y acabar en prisión, con Megan al borde del divorcio y al perder el puesto de trabajo tras haberse sincerado por fin: Dick Whitman aparece en el momento más inoportuno, después de los salteados flashbacks que hemos ido viendo a cuentagotas, con un adolescente Don viviendo en un burdel sin acceso al verdadero amor, observando el mercadeo de la vida en sus más degradantes cotas. Eso sí, cuando más bajo cae Don, un rayo de esperanza se infiltra, al intentar abrir una puerta de confianza a sus hijos. Sobre todo a Sally (genial Kiernan Shipka, siempre al borde de la indefensión, de la rebeldía, de la inocencia y de la madurez), la mayor, la que se había distanciado parecía que irremisiblemente de su padre al verle en su faceta de infiel y traicionera, y que en un capítulo anterior se había cuestionado lo poco que sabía de su propio padre. Al enseñarles este dónde se crió, quién sabe si hay esperanza para Don.

Claro que parece que en el universo Mad Men no hay muchos que puedan salvarse. Pete Cambell, por ejemplo, ha ido parejo al proceso autodestrutivo de Don, pero amplificado en el sentido de que no cuenta con el apoyo de sus hijos, ni de Trudy, ni de ningún compañero de trabajo (por no hablar de que cae mal por ese gesto agrio y mezquino suyo). La soledad es uno de los temas fundamentales de esta serie y la de Peter está forjada a base de prepotencia, orgullo, cobardías e inseguridades. El punto culminante a su degradación llega cuando le comunican la desaparición (y probablemente muerte) de su madre, a manos del gigoló homosexual Manolo, un dolor de cabeza constante propiciado por el enemigo número uno de Peter, Bob Benson, uno de los recién llegados que más juego (e interpretaciones) ha ocasionado.

Otra de las caras nuevas que ha aparecido de manera regular es Ted Caugh, nuevo socio de la agencia (en el capítulo 6, casi en el ecuador de la temporada, se le daba un hilo conductor al centrarse en los avatares de esta repentina y afortunada unión de agencias, entre la del ya mencionado Ted, para quien trabaja Peggy Olsen, a quien le ha durado poco la independencia, y la de Don). El quiero y no puedo que mantiene con Peggy es estupendo, así como el pulso respecto hacia Don, a quien admira y teme a partes casi iguales. Parecía un personaje algo alejado de ese pesimismo crepuscular del resto de socios de la agencia, pero en el fondo está abocado al mismo fatalismo que los demás.

Peggy Olsen, el reverso femenino de Don, la única capaz de plantearle situaciones casi de igual a igual y sin la herramienta del sexo de por medio, que acaba sentada en el sitio de su mentor, también ha dejado por el camino las vías a su realización personal más allá del plano profesional: ha mentido, ha manipulado, ha sufrido, ha sido altiva y condescendiente, ha aprendido demasiado bien de Don. Encima el amor por su jefe, cuando parecía más cerca después de un tira y afloja constante, lo ha perdido parece que definitivamente. Por desgracia, Joan Harris no ha salido tanto, y es de suponer que los guionistas se guardan la carga final para la última temporada. La explosiva pelirroja apenas ha tenido protagonismo más allá de un intento de imponer una autoridad alejada de su episodio poco ético para conseguir a Jaguar la temporada pasada.

Roger Sterling, otro personaje genial, sigue escudándose en el cinismo para encubrir su fracaso como padre, como creativo y como amante. Imaginamos que al haberle dado Joan la oportunidad de conocer a su hijo, podrá tener una segunda oportunidad. Otro personaje marginado, sobre todo con la relevancia que obtuvo en la anterior temporada, es Megan. Ha logrado la categoría de mujer florero relevando a Betty (cuyo reencuentro sexual con Don en el campamento de su hijo era un hito esperado por todos) a velocidad de vértigo y ni las vacaciones a Hawai con las que se abre la tanda de 13 episodios ni ningún intento por su parte ha fructificado.

El caso es que el ritmo de la serie sigue su habitual cauce algo elíptico y sinuoso, con ese aura gris (pese a que por momentos se ve menos el tabaco que antes) que envuelve a todos los personajes, que no escapan ni en sus puntuales visitas a California (memorable el colocón de Don, que acaba casi ahogado en una piscina) o a Detroit (cómo se la juega el taimado de Bob Benson a Pete Campbell) ni, por supuesto, en sus vidas privadas, un amasijo de despropósitos y desastres.

Para más sobre esta temporada, son excelentes los análisis del Cadillac negro y de Quinta temporada. Y el de Soy leyenda.

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