Game of Thrones. S03E04. And now his watch is ended

21/04/13
Contiene spoilers

Si obviáramos la última -emocionante, intensa, brillante, apoteósica- escena, ya estaríamos hablando del mejor capítulo de la temporada. Los movimientos empiezan a cobrar sentido y no hay apenas respiro. Poniente se prepara para una guerra que empalidecerá la de Blackwater, tiempo al tiempo. Pero antes de eso, las piezas de este rocambolesco y desmesurado ajedrez tienen que ser situadas. Salvo Aguasdulces y Jon, en este capítulo todas las tramas han sido tratadas, lo cual habla de la gran habilidad del director de la cuarta entrega.

Ahora resulta, por ejemplo, que la que parecía ser una pieza caída en desgracia resulta apetitosa y se la rifan: hablamos de Samsa Stark (que le sacaría una cabeza incluso al Perro, menudo estirón también el suyo, no sé qué le han dado a los actores Stark...), codiciada por Meñique, defendida -interesadamente, claro- por Varys (se le echaba de menos) y, por añadidura, por los Tyrell. Tras la charla de Lady Olenne con la Araña (genial la escena, geniales los dos personajes), Margaery -después de otra gran escena, y en este capítulo van..., brillantes los decorados que representan la sala donde se casará Joffrey, en la que se ve cómo el pequeño monstruo con corona está entregadito a su nueva sesposa, para disgusto de su regente madre- le ofrece a la ingenua y confiada (pese a todo) Samsa su amistad y el matrimonio con Loras. El objetivo no es otro sino conseguir la llave que podría abrir el Norte.

En Desembarco hemos asistido a otro magnífico diálogo con Twinn, uno de los grandes nombres de la serie porque no es casual que sus escenas y sus parlamentos (con Arya, con Tyrion) sean siempre destacables. En esta ocasión, el turno a la réplica es con Cersei, que afirma ser la más aventajada de sus tres hijos, la única capaz de mantener el legado de los Lannister. De nuevo, la taimada Cersei no calibra bien sus palabras e intenciones, pues no parece muy inteligente reclamar nada a efectos sucesorios a un hombre que no piensa más que en el presente (por cierto, siempre le vemos escribiendo cartas y lacrando sobres, es de imaginar que veremos los efectos de estas en apariencia nimias acciones en breve). Twinn le contesta algo ya dicho por Tyrion: que su problema es que se cree más lista de lo que es. ¿La prueba? Que no sea capaz de manipular a su hijo como la recién llegada Margaery. Eso sí, no parece que represente un problema para Twinn.

Varys asoma su picadura. Al ver los movimientos de su rival Meñique (uno de los hombres más peligrosos de Poniente, según él, y con razón), alerta a Lady Olenne. Antes, conversa con Tyrion en la 2ª escena fuerte del capítulo, tras ver la manita del pobre Jaime colgando de su cuello. Vuelve a hablar del episodio que marcó su vida (su cruel castración a manos de un hechicero) y después de verlo obrar algo con una especie de caja, como si fuera un carpintero, vemos que la contestación a Tyrion sobre cómo contestar al intento de asesinato de Cersei es evidente: la venganza no corre prisa y se puede llevar a cabo más tarde que pronto, si no se tienen escrúpulos (algo de lo que parece dudar). El aterrorizado hechicero dentro de la caja es la mejor prueba.

Habíamos abierto, como hemos dicho, con la mano colgando del cuello de Jaime, que esboza un conato de reacción con la espada en su mano izquierda, pero cae en una honda depresión (algo lógico después de caer en el lodo y beber orines de caballo). Al ver el trato que sufre por parte del desgraciado de Locke, te preguntas por qué en esta serie hay tantos candidatos a un satisfactorio empalamiento por el culo. Locke ahora sería mi favorito para tal castigo. Por suerte está Brienne, que le agradece la defensa que le costó tan cara, animándole a obtener su venganza y quitándole la idea de dejarse morir.

La Hermandad sin Estandarte llega a su guarida en la caverna, donde vemos aparecer a Beric Dondarrion, al que han semiocultado tras barbas y vendajes (en la 1ª temporada, con el encargo de Ned de administrar justicia a la Montaña, el actor era otro) y le han dotado de gran fuerza moral. Parece atisbarse una sociedad que predica con la justicia, que pretende ser más igualitaria. Para ello, al Perro le espera un juicio por combate contra el mismo Beric por sus asesinatos cometidos. El Perro, eso sí, defiende que no es un asesino y rechaza haber sido el autor de las muertes de los niños Targaryen. Pero Arya le acusa de haber matado a su amigo el hijo del carnicero. Me gustaría que algo pasara para que no tengan que llegar a quedar uno de los dos y que el Perro engrosase las filas de esta Hermandad.

Seguimos sin saber quiénes son los captores de Theon. Ahora resulta que su salvador no era tal y todo era una retorcida estrategia para socavar la moral del pobre Theon (digo pobre porque se arrepiente de haber elegido a su padre en vez de a Robb). No se entiende muy bien que incluso hayan muerto algunos de sus captores para acabar en el mismo sitio del que partieron, pero ya se irá viendo quién es el bastardo (por su origen, creo que dicho por el mismo personaje, pero puedo haberlo leído en alguna parte) que va a quebrar al infeliz Greyjoy.

Y dejamos para el final las dos tramas más relevantes: más allá del Muro, casi se puede dar por finiquitada a la Guardia de la Noche con el motín de dos cuervos, el que odia a Sam a muerte y otro que había aparecido en el primer capítulo de esta tanda, después de una valiente acusación de este último ante la bravata de Craster. No nos da ninguna pena cuando le ensartan con un cuchillo, aunque sí el final del pobre Lord Comandante, cuya vigilancia ha concluido (de ahí el título del capítulo). A pesar de su cobardía últimamente, no se merecía eso. Sam Tarley, por una vez y sin que sirva de precedente, reacciona rápido y busca a Gilly para huir con su niño. Ese motín parece allanar el terreno a la horda de Mance Ryder, ya que poca oposición se encontrará en el muro.

Y llegamos al mometo más apoteósico, ornado con una épica, emocionante y regia banda sonora con coros que nos ponen los pelos de punta y nos anuncian una reina en ciernes. La Khaleesi ha culminado su proceso de maduración y ni rastro queda de esa muchacha tímida supeditada a su prepotente y estúpido hermano. Puede valerse por sí misma y lo sabe, su confianza es el mejor homenaje a los Targaryen, a esos Targaryen legendarios que fueron capaces de unificar los Siete Reinos. Si alguien puede hacerlo, desde luego, es Daenerys de la Tormenta, que le dio el dragón encadenado al indeseable calvo a cambio del látigo para gobernar su ejército.

Se dirigió a él en su idioma valyrio (se veía venir que se estaba enterando de todos los insultos que le estaba dedicando), ordenó a su nuevo ejército que aniquilase a todo soldado o todo amo o todo látigo, pero a ningún niño, gritó a Dracarys para que carbonizase al iluso que podría tener a un dragón como esclavo y arrasó la ciudad de Astapor. La única lástima es que se cortan muy pronto las imágenes del levantamiento, aunque a cambio obtenemos esa escena mítica con la preciosa Danaerys, vestida de azul, a lomos de su corcel blanco, arengando a los suyos, dándoles la libertad y ofreciéndoles la posibilidad de marcharse si no quieren seguirla. La respuesta de los Inmaculados, golpeando con las lanzas en el suelo, provoca un temblor de tierras, de pantallas de televisor y de piel del espectador. ¡Larga vida a la Khaleesi!

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