Yo era una niña de siete años. César Aira. Interzona

(128 páginas. 11,50€. Año de edición: 2005)
Había escuchado que el argentino César Aira es uno de los escritores argentinos más importantes de la actualidad, pero mi contacto con su literatura me ha dejado perplejo por no decir que irritado. No conozco nada suyo y no sé si este librito extraño y alucinógeno es representantivo o no de su escritura, pero por si acaso habrá que prevenirse contra él.

El libro se trata de una especie de cuento tradicional trastocado. La narradora es una princesa de siete años que idolatra a su padre, el rey, que en realidad era un funcionario que vendió su alma a cambio de hacer realidad sus sueños (complacer en este caso a su siempre insatisfecha esposa).

La primera parte del libro todavía, al sorprender tanto, se salva, incluida la parte del secuestro de la niña, a la que recluyen en una sala de cine abandonada, casi a merced de un ejército de gallinas. Y es que la oposición se ha movilizado tras las imágenes del Rey cayendo por las escaleras, cuando llevaba los cuchillos de la corte con el objetivo de esconderlos. Al caer -debido a la mala calidad de la imagen del vídeo de la cámara de seguridad- se convierten en víboras.

Y ahí da comienzo la segunda parte del libro (capítulo XIII), insufrible, con la niña y el padre de viaje para recuperar el alma de ella, robada en ese secuestro. Van acompañados de Héctor, el poeta del reino, y Próspero, el catador real, que hacen de porteadores. ¿Alegoría, simbolismo, o simplemente un mal viaje por las drogas por parte del autor? Sea como sea, telita... Nada tiene sentido ni lógica y, para muestra, un botón: "El error de papá fue poner toda su energía y su inteligencia en la busca de la felicidad, y en hacer de ésta un objetivo excluyente" (debería hacerla suya un político del PP para explicar alguna nueva medida...).

Vale que hay un derroche de imaginación (por ejemplo, está ambientada en Vizcaya, ya que el papá de la niña funda la "monarquía turca de Vizcaya"), pero este derroche no tiene una finalidad, un sentido, un objetivo. E incluso las ocurrencias que en un principio hasta provocan sonrisas acaban yéndose de las manos y pierden gracia, como casi al final, en el descenso de la ladera donde el poeta y el catador pierden brazos y cabeza, respectivamente. Por lo que este librito de poco más de 100 páginas incluso se hace pesado.

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