Vita. Melania G. Mazzucco. Anagrama

(544 páginas. 23€. Año de edición: 2004)
Nueva York, 1903; a esta ciudad llegan doce mil extranjeros cada día, los italianos son detestados, y es donde recalan, desde el pequeño pueblo de Tufo de Minturno, Diamante y Vita, dos chiquillos. Entre hambre, vejaciones, prepotencias de la Mano Negra y de un padre posesivo, los dos chiquillos descubren juntos la muerte y el alfabeto, las tentaciones, el sexo, el amor, la traición y la fidelidad. En diez años, ambos desempeñarán los más diversos oficios, siempre convencidos de ir progresando hacia la felicidad... En 1944, el hijo americano de Vita está en Italia, combatiendo con el ejército de los Estados Unidos y buscando al hombre que tenía que haber sido su padre. Los dos protagonistas existieron realmente. Para escribir la historia su autora ha entretejido los hilos de las memorias familiares y de documentos y rastros hallados en los periódicos de la época, en correspondencias privadas o en los archivos de la policía de Brooklyn.
"Este lugar ya no es un lugar, este paisaje ya no es un paisaje"
Ya la primera frase delata la significativa presencia de un libro con la 'l' mayúscula de Literatura. Como ocurría con Un día perfecto, estamos delante de otra novela colosal. También ambientada en pasado como Ella, tan amada, en esta ocasión sin embargo el lector no siente que la biografía haya aplastado aspectos más literarios (como una cierta cohesión de la que adolecía el personaje principal de esa obra, en la que era como si la introspección en Annemarie -a la cual nombra en la página 60, al hablar del Bellevue Hospital en el paso de la autora por Nueva York-, hubiera cegado en cierta forma las posibilidades de la novela).

En Vita las más de 500 páginas apenas decaen y la exuberancia lingüística, formal y literaria es una constante avasalladora. Los personajes están vivos en todo momento,incluso los más secundarios, los lugares por donde pasan los podemos imaginar con suma facilidad, las tramas resultan cercanas y las páginas se devoran como si se trataran de pipas, a pesar de la exigencia del vocabulario (derrelicto, periclitada, sabolador, lancinante, volivo, túmida, exornar, estrupar, lanuginoso...) y de algunas estructuras sintácticas, sobre todo por el uso del guion, que altera o interrumpe de algún modo la fluidez de la frase, aunque es un recurso apelativo que hace que nos detengamos y nos fijemos en el elemento separado.

Tres son los planos principales de la novela: el principal es el de inicios de siglo XX en el que la pareja protagonista, Vita y Diamante, Diamante y Vita, llegan a Nueva York desde la paupérrima Italia (de la región de Minturno, el pueblo Tufo). Dos niños de 9 y 12 años que llegan de la mano y esa unión forjada en circunstancias tan duras da pie a una hermosísima historia de amor que contiene episodios entrañables y extremadamente emocionantes. 

El segundo plano, más tangencial, pero que actúa a modo de pieza central del rompecabezas, es el de Dy, un soldado norteamericano que encabeza la desocupación de los nazis en Italia, en la región que casi conoce de memoria gracias a los relatos de su madre, Vita. El inicio de la novela se abre, de hecho, con la llegada a Tufo, donde está todo devastado y nada queda de los limoneros y naranjos que recordaba Vita, ni de las personas que se quedaron en el pueblo. 

El tercero avanza más en el tiempo y se corresponde con el presente de la propia autora ("Todo esto sucedió mucho antes de que yo naciera", retoma en ese primer capítulo o prólogo con un hermoso título, Mis lugares desiertos), que entrelaza las diversas historias con una enorme delicadeza y la paciencia de una orfebre o una artesana de la palabra, que lo mismo nos habla del que podría haber sido su padre (ese militar norteamericano) como del antepasado más lejano, el zahorí Federico Mazzucco, como se encomienda la tarea de relatar a otros antepasados más cercanos e igualmente heroicos desde aquel viaje en el barco Republic, de la White Star Line, con "una niña de nueve años, con una abundante melena oscura y dos ojos profundos con oscuras ojeras debajo. Se llamaba Vita". Pocas veces el intento de desentrañar el pasado de un apellido ha dado resultados literarios tan importantes.

El libro está dividido en tres partes: la primera, La línea del fuego; la segunda, más breve y amarga a raíz del salto temporal, El camino de casa; y la tercera, El hilo del agua. La primera se corresponde con los años inmediatos a la llegada; en la segunda avanzamos varios años a través del hijo de Vita y de la visita de esta a Italia; y retomamos los años de Vita y Diamante tras su primera despedida. Cada parte está jalonada por varios episodios (con títulos) de extensión desigual, en los que la cronología, aunque casi siempre lineal, no es respetada del todo, al igual que ese narrador omnisciente en tercera persona que no es tal, porque a menudo aparece la primera persona que es la autora, que recuerda su presencia como recopiladora de datos, archivos e historias relatadas. No solo la empresa es casi inabarcable, sino que además está expresada con maestría (por ejemplo, sobre Nueva York: "La imagen de esa ciudad que surge del agua y apunta directamente al cielo").

Vita y Diamante van a parar al fétido piso de Prince Street, donde el padre de Vita, Agnello, regenta una pensión de mala muerte ayudado por una mujer circasiana que vivía en Líbano antes de amigrar a América, Lena (Gwascheliyne, cuya existencia es durísima, ya que su papel es más de criada que de otra cosa y encima se queda embarazada pese a su precaria salud), que en realidad no es su esposa, porque su verdadera mujer, Dionisia, no fue admitida en América por una enfermedad en los ojos. Quince personas viven ahí, entre ellos su primo Geremia, que toca el trombón; Nicola (Coca-Cola), hijo de Agnello; y Rocco, "grande como un árbol".

Nada más desembarcar, Vita se deshace de la cédula con la que su padre podría reconocerla (la hace desaparecer) y entre la fiebre y su capacidad fabulativa, que le impide aceptar como padre al hombre peor vestido de todos los que esperaban, finge no reconocerlo a pesar del dólar en la cinta del sombrero. Este movimiento libra a Diamante a integrar la partida para trabajar en los ferrocariles en Cleveland, Ohio, algo que enfurece a su tío, un hombre feroz y tacaño que regenta una tienda de frutas y verduras asediada por la banda criminal La Mano Negra, que le reclama un tributo. Vita, no obstante, "no quiere vivir donde él [Diamante] no esté". Y es que el muchachito de ojos azules lo es todo para ella, como se ve en su paseo por las calles desconocidas de Nueva York, hasta que dan a parar ante un organillero italiano que luego les roba lo poco que tienen.

Después de este capítulo inicial, vienen otros dos casi a modo de digresión: Una excursión a América, que retoma la perspectiva de la autora, para hablar de su viaje a Nueva York y de sus dificultardes para saber más del periplo de Diamante (estas digresiones marcan el tono reflexivo); y Welcome to América, una recopilación de artículos y cartas hablando de la inmigración en Estados Unidos (el esfuerzo ingente de material recopilado es ya de por sí abrumador). Retoma la narración de Vita y Diamante en Bad-boys, donde vemos la habilidad de Melania Mazzucco para describir ambientes y situaciones, aquilatándolas a cada momento.

Empieza a concretar lo que en el primer capítulo era vago, extraño, incomprensible, y vamos conociendo más al colérico y tirano Agnello, a Rocco (que está de huelga de su trabajo como excavador del metropolitano), a Lena (que es algo así como la concubina de Agnello, le cae mal a Vita salvo cuando cuenta historias circasianas como las aventuras de Lhepsch y la Mujer árbol: genial este detalle, ya que mucho más adelante se nos referirá con detalle este relato), a Coca-Cola (lleno de granos, con los dientes cariados, que duerme con Vita y le propone tocarle su pajarito y que le deje tocar el nido del pajarito), a Geremia (más serio y tímido, que trabaja con Rocco y sale escaldado en una manifestación), al propio Diamante (al que apodan Celestina y empieza a trabajar vendiendo periódicos), y a Vita (que oye a Caruso en un gramófono robado por Rocco y lo toma como padre, sustituyendo al príncipe Carafa, y que por vez primera con sus ojos dobla un cuchillo).

Pasan los años y las dificultades, la penosa vida de emigrantes que no tienen casi nada. Por ejemplo, la vida de Lena es tortuosa (página 148) y mueve a compasión. Rocco encuentra trabajo en una funeraria y Diamante entra también tras pasar la prueba del cementerio. A Vita la llevan a la escuela (Saint Patrick School) gracias a la insistencia deuna trabajadora de una sociedad de orfanatos. Ahí llega unos momentos más bonitos de la novela. Diamante le pide que le enseñe palabras en americano y Vita quiere a cambio un beso por cada palabra:
Job, train, bed, fire, water, earth, hearth, hurt, hope. Un beso en el pelo, uno en la mejilla, otro en la nariz, en las manos, en el hueco de un codo, en el cuello, en los párpados, en las cejas. Luego, la piel le ardía como una quemadura (...). Los besos de Vita eran acerbos como los limones silvestres. Y, como ellos, aplacaban la sed.
La felicidad dura poco para ellos: Cichitto (un niño pequeño de 6 años enfermizo y escurridizo) traiciona a Vita y Agnello descubre que su hija se besa con alguien en la azotea y la impide volver al colegio y la castiga brutalmente (es un ser primitivo con el pensamiento egoísta de que su hija le cuide cuando sea mayor). Para ver otro momento luminoso en la relación entre Vita y Diamà tenemos que esperar a la página 243, en Coney Island, antes de que Diamante deje Nueva York porque ha traicionado a los suyos al no silbar para que matasen a un hombre. Concursan en un maratón de baile con el número nueve y van llamando otros números mientras ellos siguien y siguen hasta que ganan: "éste te lo regalo, y luego lo besó en la boca, dejándolo sin aliento". El capítulo cierra la primera parte, que marca la separación de ambos con la promesa de reencontrarse.

En la segunda parte, volvemos al capitán Dy, hijo de Vita, un brillante ingeniero que se alista en el ejército y que prefiere ir a Italia a conocer al que para él es un héroe, Diamante. Es como la explicación al prólogo inicial, cómo Dy acabó entrando en Tufo tras quebrar la Línea Gustav dispuesta por los alemanes. Llega luego el  capítulo El hijo de la mujer árbol, que puede valer tanto para Dy como para Diamante. A continuación, Dy va hasta Roma, ya que en Tufo le indican que allí está Diamante y su esposa, Emma, aunque luego descubrió que había muerto en 1936 o 1937. No reconoce al ujier de la Caja Nacional de Infortunios porque Diamante no revela que él es el héroe que estaba buscando, el que podría haber sido su hijo. En el siguiente capítulo, la autora nos habla de cómo se encontró con la existencia de Diamante Mazzucco (Dy) y la relación epistolar que mantuvo con Roberto, su padre.

Al reencontramos con Diamante muchos años después vemos que su evolución ha sido decepcionante, puesto que está integrado en una clase social baja y su existencia es miserable y conformista, todo lo contrario que Vita, que ha sabido prosperar en América gracias a una filosofía más lógica, basada en el día a día, en buscar la felicidad a cada momento, no como Diamante, que cifra sus expectativas en un futuro que nunca acaba siendo como él había imaginado. En Chica italiana desaparecida se produce el reencuentro muchos años después de los protagonistas y las diferencias entre los dos se reflejan en las expectativas que ambos tienen. Suele pasar en la narrativa de Melania Mazzucco que los personajes femeninos son tratados con un mayor mimo que los masculinos (Emma en Un día normal trasuda sensibilidad, qué decir de la heroína Annemarie). El final de esta 2ª parte podría haber sido el colofón, pero queda esa otra parte que narra las vicisitudes de Vita y Diamante durante ese periodo que media entre el encuentro en Coney Island y la definitiva separación.

Waterboy se titula el capítulo que inicia esta última parte: ser porteador del agua para los trabajadores de las vías del ferrocarril en Ohio es el oficio de Diamante desde 1906. Las condiciones son miserables y la explotación una constante (en The track gang, por ejemplo, vemos cómo las indemnizaciones son un elemento más de la injusta situación de los obreros). Si aguanta todo tipo de abusos es porque alberga la idea de reencontrarse con su amada Vita, a la que quiere procurar una vida mejor. Por eso se separó de ella. No duda, a pesar de que no le llegan cartas y pasan años y los golpes a sus esperanzas y solo le queda el recuerdo de la cadenita que Vita le regaló.

Alternamos con Vita. En el capítulo siguiente, El derecho a la felicidad, sabemos que Vita ha estado encerrada en un internado, una especie de reformatorio, durante tres años. Cuando sale, se reencuentra con Rocco, que ha prosperado: se ha casado con la hija de Bongiorno. Se ven en el Hotel Ansonia, donde Vita trabaja en la cocina y Rocco (o Merluzzo o Amleto Attonito) acude a verla, ya que el amor que siente por Diamante le atrae irresistiblemente ("Se había enamorado del amor que Vita irradiaba por otro"). Acaban teniendo relaciones en el salón de los velatorios de la funeraria. No existe culpa en ella, y poco a poco va admitiendo sus sentimientos por Rocco, al tiempo que se resigna a que Diamante no volverá ("Amar y no ser amado es tiempo perdido"). 

La relación no acaba bien y es el desencadenante de la mayor decepción de Diamante, que llega a Nueva York nueve meses después de su fuga del campamento de la Northern Pacific Railway Company, tras haber caminado durante dos mil millas. Se encuentra con el cartel puesto por Agnello, "Chica italiana desaparecida" (otro título de capítulo geminado), y se entera de su relación con Rocco, por lo que vende la cadena y se va a Denver, donde su amigo Moe Rosen le recibe, aunque este pronto se muda a Colorado y Diamà se queda solo. Ahí enferma de la nefritis y un joven actor inglés en una compañía miserable que hacía de payaso se hace cargo de los gastos del hospital: Charles Chaplin. Al salir, derrotado, se inscribe en el ejército italiano (otro capítulo con título precioso: Te escribo desde un lugar en el que nunca has estado, el inicio del poema que conserva en el bolsillo, página 486). Antes de partir a Italia, se produce el reencuentro con Vita, en otro pasaje emocionantísimo (página 507). Se ha completado el círculo que Melania Mazzucco había iniciado, y para ello, en el último capítulo, a modo de epílogo (Salvamento), se vuelve al bote del Republic donde Diamante y Vita se refugiaron tras la tercera campanada. Cuando llega el punto final, sientes una pena solo comparable a una despedida. No te habría importado acompañarles durante 500 páginas más, aunque nos queda el regusto de una historia imprescindible y algunas frases para el recuerdo:
"Las cosas parecen que vayan a durar para siempre, y en  cambio el tiempo las disgrega poco a poco, hasta que si uno mira atrás, se da cuenta de que del pasado ya no queda nada".
"la verdad no se encuentra en ningún sitio, sino en tu mismo movimiento: las cosas no son buenas ni malas, son lo que son, lo que acaece".
"y si no conseguí matarme fue porque ya estaba muerto (...). He sido asesinado por la miseria, por la mediocridad, por la prepotencia, por la tiranía de la necesidad y del deseo"
"Quien ha nacido favorecido por la fortuna, provisto de una nariz de proporciones modestas, de una dentadura completa, de una tez saludable, nunca conocerá los espasmos, los calambres, los atroces nudos en las tripas causados por la mirada de los demás".
"Su enfermedad es haber soñado con otra vida, y haber sido traicionado por esa vida. Haberla perdido, y haber perdido incluso su sueño. No conseguir recordar".
"¿Pasaba por Nueva York por casualidad, tropecé con tu recuerdo?"
"Hope, dice de repente Vita, estrechándole la mano, y Diamante se apoya en la roca que sobresale del terreno, con las piernas vacilándole. Porque es incorrecto, muy incorrecto, volver a empezar allí donde fueran interrumpidos por la obtusa vulgaridad del mundo. Pero cuando ella repite hope, se inclina automáticamente hacia delante y le besa los párpados. Light, y Diamante le besa la frente -friend, el pelo; river, el lunar en la mejilla derecha; railroads..."
"Vivir donde no podemos ser heridos, corroídos o apresados por el dolor y por el desencanto, no es vida".

"tener fe en algo, o en alguien, no significa querer tocar su herida, sino querer sanarla"


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