Olor a rosas invisibles. Laura Restrepo. Lumen

(80 páginas. Descatalogado. Año de edición: 2005)
"Los años le habían pasado como el rayo de luz por el cristal: la habían dejado intacta".
"le dio a la mujer un abrazo de obispo, que más que acercamiento y encuentro fue constatación de la enorme distancia que lo separaba de ella"
"la recuerdo a ella (...), quien durante una semana logró escabullirse de las tripas golosas de ese pasado que con sus ácidos gástricos nos va digiriendo y convirtiendo en sombras"
Novelita más que breve brevísima, sencilla, evocadora y amable en la que un narrador testigo, amigo de Luis C. Campos C. (Luicé Campocé le llaman), de quien en buena parte depende porque la vida no le ha sonreído tanto, nos cuenta el episodio sentimental de una semana en Miami con la chilena Eloísa, a la que conoció hace 40 años en un viaje por Egipto y vivió un idilio amoroso durante cuatro meses en Roma a costa de sus adinerados padres, hasta que el noviazgo se vio interrumpido por la aparició de la madre de ella.

40 años después retoman la relación más allá de las felicitaciones formales e impersonales tras la muerte del marido de Eloísa (la novelita, de hecho, empieza así, con Luicé en su despacho llamándola por teléfono). Y aunque no prosperan los planes iniciales de quedar, Eloísa propone (o impone más bien) una cita en Miami en quince días. Solita, su mujer, ni se enterará de la aventura de este hombre entrado en la vejez, de este último soplo de primavera en el punto de entrada al invierno.

Sencilla, sin pretensiones, precisa en el retrato de esta pareja otoñal, quizá le debemos agradecer a la autora el acierto de no desarrollar esta historia ni añadir reflexiones extemporáneas sobre la fugacidad de la vida o comentarios sobre esos cuernos nunca cuestionados por su amigo pese a la valía de la propia Solita. Ni tampoco entrando en detalles de esa semana en Miami, dejándonos con el buen sabor de boca que deja en nuestro melancólico pero nunca triste narrador. 

Lo mejor es el falso reencuentro en el aeropuerto, cuando Eloísa aparece como si los años no hubieran pasado por ella (1ª cita), hasta que resulta que no es Eloísa, sino Alejandra, su hija (a la que querrá emparejar con su hijo), porque a su madre le ha surgido un contratiempo (un tinte rojo espantoso). El otro gran acierto es ese narrador testigo que evoca (porque nada sabe de primera mano) y anhela ese amor de su amigo (como también anhela los tiempos pasados en los que se reunían los cinco amigos en el Café Automático).

Lo más extraño, quizá, es habituarse al magro grosor del volumen, a su excesivo interlineado de al menos dos puntos, a las ilustraciones y sus reversos en blanco. Una extraña edición la de Lumen, aunque posiblemente se deba a que el manuscrito fuera de 20, 30 páginas, una novela demasiado breve para los cánones habituales, pero que al menos tiene frases bonitas, se lee en un periquete y deja un buen sabor de boca.

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