Cincuenta sombras de Grey. E. L. James. Grijalbo

(544 páginas. 17€. Año de edición: 2012)
Cuando la estudiante de Literatura Anastasia Steele recibe el encargo de entrevistar al exitoso y joven empresario Christian Grey, queda impresionada al encontrarse ante un hombre atractivo, seductor y también muy intimidante. La inexperta e inocente Ana intenta olvidarle, pero pronto comprende cuánto le desea. Cuando la pareja por fin inicia una apasionada relación, Ana se sorprende por las peculiares prácticas eróticas de Grey, al tiempo que descubre los límites de sus propios y más oscuros deseos.
Hay veces que me planteo una duda: ¿es mejor no leer absolutamente nada, o leer libros como este, cuyo valor reside en un 95% en la labor expansiva, rigurosa y machacona de la publicidad (o marketing)? ¿Qué te puede aportar un título que solo explica su interés en el gusto teledirigido por la moda? Es lo que ha pasado con libros como El código Da Vinci, la trilogía Millenium o más recientemente con la saga de Crepúsculo (esta más dirigida al sector juvenil). Pasa el boom y nadie (en su sano juicio) perdería un segundo de su tiempo en releer una sola frase de estos libros que se leen con casi la misma facilidad con que se olvidan.

Eso sí, luego te enteras de que habrá película y entonces sí que me decido por la opción de que es preferible leer libros como Cincuenta sombras de Grey a no leer nada, porque los que escojan esa opción irán a ver la película sin pasar por el trance de la lectura, que al menos te habrá aportado un cierto componente imaginativo, un cierto esfuerzo intelectual de leer más de dos líneas seguidas. Leer nunca hace daño, aunque los que ni se molestan en leer la crónica del As, la receta de cocina de la abuela o el pie de página de la foto trucada con las infantitas opinen lo contrario. Pienso en que los espectadores que en masa vayan a los cines alertados o espoleados por el humo del éxito serán los telespectadores de Mariló Montero por las mañanas, Jorge Javier Vázquez (¿dije antes que leer nunca hace daño?) a mediodía, Gandía Shore por las tardes o cualquier reality show por las noches y me desanima pensar que ese sector de población debe de ser el 60 o 70%. No hay salvación posible para la inteligencia. Es preferible, pues, que el amplio porcentaje de espectadores que vayan a ver la película, incitados también por el reclamo del sexo, haya leído antes la trilogía entera, incluso La vida iba en serio. A lo mejor de ahí dan el salto a otras lecturas, por más que sea novela histórica, novela rosa o novela naif. A lo mejor leer para ellos también se convierte en el necesario refugio que necesitamos para escapar de la realidad.

Centrándome en la novela, intentar explicarse el éxito de un libro mediocre solo puede realizarse a partir de un cúmulo de casualidades, como que el sexo (sado) que aparece ha caído en gracia, puesto que por lo visto los tiempos pacatos donde ver una teta o un culo y llamar al 091 han pasado. Quizás sea lo más positivo de este título, que ha reimpulsado la novela erótica. Las más de 500 páginas se podrían resumir en dos párrafos de la 497: 
"¿Qué sabe Christian del amor? Parece que no recibió el amor incondicional al que tenía derecho durante su infancia (...) Es muy sencillo: yo quiero su amor. Necesito que Christian Grey me quiera (...) Y, debido a sus cincuenta sombras, me contengo. El sado es una distracción del verdadero problema. El sexo es alucinante, y él es rico, y guapo, pero todo eso no vale nada sin su amor, y lo más desesperante es que no sé si es capaz de amar. Ni siquiera se quiere a sí mismo".
Y es que los dos protagonistas son como pegotes de tópicos insertados de mala manera, algo así como una versión actualizada de la pareja de Pretty Woman, pero con sado y sin prostituta (y sin tanto encanto): Anastasia Steele es la jovencita ingenua que aún no ha sido maleada por el entorno, pero añade unas dosis de torpeza insoportables, así como una inseguridad que te destroza varios diálogos. Aparte es la narradora, una narradora que exaspera con la repetición inaguantable de "la diosa que llevo dentro" (más frase "ingeniosa"). Abusa de la frasecita como lo haría una quinceañera que cree haber dado con un hallazgo literario). 

Claro que al lado del "misterioso" (ha pasado una infancia traumática, no se deja tocar el pecho que tiene cicatrices y entró en el mundo de los Amos y Sumisos de la mano de una amiga de su madrastra) y multimillonario Christian Grey, Anastasia (¿puede haber nombre más ridículo?) es maravillosa. Y es que el famoso Grey de las famosas sombras es un adonis (cansa lo mucho que se repite lo "terriblemente guapo" que es) controlador, maniático, obsesivo y traumatizado. Lo mismo le compra un coche a Ana, que un mac, que una blackberry, que le da una vuelta en helicóptero, que le toca una traviata con el piano a las 5 de la mañana o que le azota el culete porque le va el sadomaso. Y ya cuando añade el "nena" que tiemble la tierra. Y qué decir de cuando le da por decir a la niña que coma.

Pues bien, no es creíble la relación entre la joven estudiante y el empresario de éxito porque no está bien explicado a no ser que sigamos creyendo en los flechazos de cuentos de hadas. El inicio abrupto, ya con Ana de camino a la entrevista que su amiga Katherine Kavanagh (lo de los secundarios es para hacérselo mirar, no hay ni uno con esa chispa para ser autosuficientes: qué decir del amigo fotógrafo y pelmazo José, el militar-marine-criado Taylor, el padrastro Ray, la madre alocada, los padres adoptivos de Grey, la hermanastra Mia reflejo de la vampiresa hermana de Cullen, el hermanastro Elliot...) se ha puesto enferma, es inentendible y más cuando otras tonterías son desmenuzadas hasta el aburrimiento. 

Llegando al punto clave de la obra, el sexo, he de decir que tampoco pasará a la historia como una historia excitante. Podemos hablar de que es una "novela vainilla", haciendo uso del otro ingenioso calificativo para el sexo convencional que suelta Grey. No provoca ni el más mínimo rubor la reiterativa sucesión de polvos que echan los dos gloriosos protagonistas. Tiene algo que ver la rigidez de las descripciones alusivas al tema. Claro que cómo te va a calentar algo cuando te meten delante un absurdo contrato en el que se tienen que proporcionar placer y han de cuidar las horas de sueño, la comida o el ejercicio. Le aconsejaría a la autora que leyese cualquier escena subida de tono de las novelas de Almudena Grandes, que le da cien mil millones de vueltas en cuanto a erotismo.

Para acabar con algún aspecto positivo, son salvables los correos, que al menos tienen un punto gracioso (aunque abusa de ellos) y está claro que a su favor tiene lo fácilmente digerible que resulta la lectura, que no te impide leer 500 páginas en pocas horas porque no exige ninguna concentración especial ni supone ninguna dificultad salvo aguantar una historia donde los dos protagonistas podrían estrellarse en el vuelo sin motor en Georgia y habría dos estúpidos menos y menos tiempo perdido.

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