Hablar solos. Andrés Neuman. Alfaguara

(192 páginas. 18€. Año de edición: 2012)
«Tuve que hacerlo así. Tenía que fabricarte ese recuerdo»
 
Un viaje. Dos triángulos. Tres voces. Una vuelta de tuerca matriarcal a la road movie: padre e hijo salen a la carretera juntos, por primera y quizás última vez; mientras la madre toma la palabra y emprende por sí misma una segunda exploración, incluso más arriesgada. 

Triste, muy triste, y dura, muy dura. Angustiosa por momentos. Con decir que la novela está contada por tres voces, la de Lito, Mario y Elena, Lito el niño de 10 años, Mario y Elena sus padres; Mario, enfermo terminal que se lleva al niño con Pedro, el camión del tío para las entregas, como despedida, para pasar los últimos ratos de su vida más o menos sana. Mientras, Elena se queda en casa, sobrellevando la pérdida como puede, echándose de amante a Ezequiel Escalante, el doctor de Mario, que resulta un hombre comprensivo y a la vez brutal, ya que solo a través del dolor (del sadomasoquismo) se olvida de la condición de la enfermedad de su amado marido.

Lo más notorio (aparte de que esquiva el melodramatismo o la sensiblería fácil) es que las tres voces son distintas: la del niño, inocente, infantil, abstraída, ajeno al deterioro de su padre (justifica la tos por la alergia o por la gripe), se queda en ese viaje, no llega más allá, como ocurre con las otras dos (sobre todo la de Elena), no sabemos qué piensa de la desaparición de su padre (a quien adora) sino tangencialmente a través del discurso de su madre, que le ha dicho, a petición de Mario, que tuvo un accidente con Pedro. No se sabe muy bien a quién se dirige, ¿al padre que ya se fue, o simplemente un discurso extraído sin más?

La de Mario está dirigida a su hijo y tiene rasgos orales (se interrumpen frases, por ejemplo), puesto que es una grabación, son palabras grabadas para que su hijo las escuche luego. Es algo así como la revisión de un moribundo, la despedida al hijo que no se verá crecer, el arrepentimiento hacia la mujer que amó y con la que debió portarse mejor.

Pero la más compleja y completa es la de Elena, que se va imponiendo a las de Lito y Mario a pesar de que al principio la acción fundamental es ese viaje entre padre e hijo. A través de las citas a los libros que lee, a través de sus dudas, de sus miedos, de su mundo patas arriba, nos llega esta voz torturada y rota, que se dirige sobre todo a sí misma para comprenderse o no detestarse más.

Quizá el final es demasiado abrupto o abierto, pero es lo de menos. Lo de más es que Neuman transmite a base de retazos momentos literarios que se corresponden casi como un abrazo a la vida, con esa sucesión de lo mejor y de lo peor, con ese horizonte lejano y cercano que es su término, la muerte, a veces por medio de ese duro y doloroso tránsito que es la enfermedad.

Triste y dura, pero recomendable al 100%, cómo no. A pesar de todo late la belleza de la esperanza, aunque sea porque no hay otro remedio que sobrevivir a nuestros muertos. Cómo no recomendarla con pasajes como estos:
Dictar las esquelas no fue más fácil. Dictarlas: pronunciar una muerte cercana en tercera persona. (...) Él, en tercera persona, tu ser amado, en segunda persona, que nunca más va a existir en primera persona.
Me gustaría cuidarlo igual, protegerlo de todo, abrazarlo en el patio, hablarle como a un bebé, engañarlo, malcriarlo, borrarle toda muerte, decirle: A ti no, hijo, a ti nunca.
Cuando se muere alguien con quien te has acostado, empiezas a dudar de su cuerpo y del tuyo. El cuerpo tocado se retira de la hipótesis del reencuentro, se vuelve inverificable, pudo no haber existido. Tu propio cuerpo pierde materialidad. Los músculos se cargan de vapor, desconocen qué apretaron. Cuando se muere alguien con quien has dormido, no vuelves a dormir de la misma manera. Tu cuerpo no se deja ir en la cama, se abre de brazos y piernas como al borde de un pozo, evitando la caída (...). Cuando se muere alguien con quien te has acostado, las caricias que hiciste sobre su piel cambian de dirección, pasan de presencia revivida a experiencia póstuma. Imaginar ahora esa piel tiene algo de salvación y algo de violación. De necrofilia a posteriori, la belleza que alguna vez estuvo con nosotros se nos queda adherida. También su temor. Su daño.
Últimamente necesito regresar a nuestras primeras imágenes, espiarnos jóvenes. Viéndonos alegres, sin sospechar el futuro, tengo la impresión de recobrar una certeza. Que el pasado no fue invención mía. Que anduvimos ahí, en algún lugar del tiempo.

Lo más injusto de la enfermedad fue la sensación de que aquél ya no eras tú, de que te habías ido. Y no: ese, eso, era mi hombre. Tu cuerpo gastado. Lo último tuyo.

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