Muerte de un viajante. Arthur Miller. Tusquets (fábula)

(160 páginas. 7,95€. Año de edición: 2005)
Willy Loman ha trabajado como viajante de comercio durante toda su vida para conseguir lo que cualquier hombre desea: comprar una casa, educar a sus hijos, darle una vida digna a su mujer. Tiene sesenta años, y está extenuado; pide un aumento de sueldo, pero se lo niegan y acaba siendo despedido «por su propio bien», pues ya no rinde en su trabajo como antes. Todo parece derrumbarse: no podrá pagar la hipoteca de la casa y, para colmo, sus dos hijos no hacen nada de provecho. ¿No se ha sacrificado él siempre para que estudiaran y se colocaran bien? A medida que avanzan las horas, la avalancha de problemas crece de modo imparable, pero Willy vive otra realidad, en otro mundo: ¡ha soñado con tantas cosas!... Ha sido un perfecto trabajador, un perfecto padre y marido: ¿dónde está el error?, ¿en él o en los demás?
 Obra maestra enmarcada en dos actos y un epílogo. Con una sencillez escénica admirable, a pesar de los juegos de luces con los que consigue representar escenas del pasado simultáneamente con las del presente, Miller representa a la perfección la tragedia del ser humano en los tiempos actuales: esclavos de una hipoteca, de un trabajo indiferente a tus años de servicio en la empresa y de los sueños de grandeza que casi nunca se cumplen, en medio de la selva que es la gran ciudad, en la que el cielo apenas se vislumbra entre los rascacielos.

Willy Loman es un viajante de más de 60 años, agotado y casi derrotado. No ha conseguido casi nada de lo que se proponía y sus escasas esperanzas se centran en su hijo, Biff, que no hace sino defraudarle (y eso que no conoce ni la mitad de su realidad). Por eso el segundo hijo, Happy (irónico su nombre a la vista de las peripecias de la familia) es menos importante para él y para la obra, a pesar de que será la reedición, la huella de su padre (pero sin su convicción).

Willy Loman siempre trata de aparentar y de compararse con otros (Charley, su único amigo, y Bernard, su hijo, que de muchacho admiraba a Biff y era despreciado por los Loman, y que ahora es todo un abogado). Al final, su vida es una impostura, un lugar de paso donde no está a gusto ni integrado y por eso sufre alucinaciones en las que su hermano Ben le vuelve a insistir en que se la juegue y viva la aventura con él en Alaska, o en la selva en busca de diamantes. Y por eso se evade retrocediendo al pasado, cuando sus consejos eran recibidos con idolatración por sus hijos.

Biff, pese a ser otro fracasado, por lo menos deja de engañarse a sí mismo y trata de que su padre le acepte tal y como es, alguien ajeno a la grandeza. De ahí que padre e hijo pelean tanto pese a que Linda, la mujer de Willy, intercede una y otra vez. No sabe que Biff detesta a su padre entre otras cosas porque descubrió que su padre era un farsante, ya que engañaba a su madre con otra. Esa decepción juvenil es el trasfondo de los continuos fracasos de Biff, que empiezan con su no graduación por el suspenso en matemáticas. Aunque sabe que no puede culpar a su padre por eso, el fracaso es exclusivamente suyo, como el de cada persona. Verla representada tiene que ser todo un privilegio.

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