La autopista del sur y otras historias. Julio Cortázar. Bruño (Anaquel) (01/03/11)

(160 páginas. 8,25€. Año de edición: 1993)
Si leer a Cortázar es un placer y cualquier antología es una buena excusa para ello, esta edición además cuenta con una introducción interesante para el estudio de sus cuentos, así como notas y, al final, observaciones y preguntas para la mejor comprensión.

De entre los relatos seleccionados, toma La autopista del sur como eje de la antología. Aquí lo fantástico o lo misterioso (un atasco a la entrada de París) no comporta la intranquilidad de otros títulos, pero no por eso deja de ser cautivador. La relaciones que se conforman entre las personas (siempre con la nominación por las marcas de los autos) del grupo y con grupos vecinos o los lugareños representan las relaciones sociales. Cuando al final el embotellamiento remite (no se dice claramente qué los mantuvo durante al menos semanas), queda una sensación amarga, de extrañamiento al perder los referentes de ese tiempo que pasan juntos resolviendo los problemas de la supervivencia. Los conductores, cuando acaba el atasco, sólo miran adelante, siempre hacia adelante, como en la vida.

Un par de relatos que no aparecen en Final del juego son Segunda vez y La isla a mediodía. El primero puede representar una denuncia (implícita en todo caso) al Régimen militar de la dictadura, refiriéndose a las depuraciones de la Junta Militar: un inicio en primera persona del plural de unas personas encargadas de un trabajo del que no sospechan las personas que tienen que hacer unos trámites da paso a la tercera persona, presentando a varios personajes que vienen por primera vez a un sitio apartado en Buenos Aires (tipo El proceso, de Kafka), hablan entre ellos, ven que no es tan malo el trámite, hasta que una de las protagonistas queda extrañada porque el chico que la precede, el único que venía por segunda vez, no sale como los anteriores. Regresa la primera persona del plural (que entonces sabemos son los depuradores) jactándose de que ellos (la chica y los otros) ni sospechan.

La isla a mediodía es más cortaziano: un azafato de vuelo se va obsesionando con la vista a mediodía de una isla en el mar griego. Necesita verla cada vez que pasan a esa hora y luego necesita visitarla, se siente irremediablemente atraído por ella. Deja un trabajo mejor en otra línea, sus romances varios, toma vacaciones y va allá. La paz, tranquilidad y sosiego de la vida de los pocos lugareños, pescadores, es para él una señal de que tiene que quedarse. Entonces, un avión (su avión), a la hora del mediodía, se estrella a prácticamente 100 metros. Nada hacia allá y rescata un cuerpo sin vida, el suyo propio, con lo cual queda explicada (parcialmente) esa obsesión que tenía.

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