El Tercer Reich. Roberto Bolaño. Anagrama Compactos

(368 páginas. 9,90€. Año de edición: 2012)
En forma de diario, Udo Berger da cuenta de sus vacaciones, iniciadas el 20 de agosto, hospedado en el hotel Del Mar, en la Costa Brava. Udo tiene 25 años, está enamorado de su bella y rubia novia Ingeborg y es el campeón de su país del Tercer Reich, un juego de guerra (wargames). Los proyectos sobre artículos en revistas especializadas le absorben, junto al juego desplegado en la mesa de su habitación, por lo que no frecuenta mucho la playa con su novia, aunque sí las discotecas por la noche, junto con Charly y Hanna, una pareja de alemanes, y Lobo y Cordero, un par de españoles vividores. Otros dos personajes importantes (y nebulosos) son el Quemado, un hombre de no se sabe bien dónde (parece hispanoamericano) y con terribles quemaduras en su piel, y Frau Else, la alemana que regenta el hotel junto con su marido, gravemente enfermo, que atrae mucho al narrador desde que diez años atrás visitaran con sus padres ese hotel.

La novela es extrañísima, tan extraña como el carácter paranoico y conspiratorio de Udo, influido por las novelas del investigador Florian Linden que lee su novia (tiene, de hecho, muchos sueños recurrentes en los que Florian está fuera de la habitación previniéndole de peligros). En todo ve una amenaza latente o trata de extraerle un sentido oculto (como la disposición de los patines acuáticos del Quemado en la playa). ¿Acaso es que ve que su felicidad actual no puede ser duradera? No parece que la novela haya que interpretarla en clave alegórica, sin embargo.

El caso es que Udo poco a poco va autodestruyéndose. Acelera el proceso la desaparición de Charly, que sale con su tabla de windsurf una noche (este personaje es un tarado) y no regresa (algo que ya había pasado, pero con final menos trágico, la primera noche). Quedan sin aflorar las sospechas de una violación (¿a Hanna? ¿El Lobo y el Cordero?) y los terribles miedos de Ingeborg, porque al poco las dos chicas, una tras de otra, se vuelven a Alemania. Udo, en cambio, retrasa su partida, y no se explica qué lo ata al hotel: ¿fidelidad hacia Charly, hacia quien no sentía ninguna simpatía? ¿Que se ha enamorado de Frau Else, con quien no consigue acostarse (pero sí con Clarita, la que arregla su habitación)? ¿La partida que inicia con el Quemado, que desarrollan por las noches?

Si ya la partida de Hanna e Ingeborg dejan un poco coja la narración (cada vez más alucinada, con menos sentido), el final es una lenta e incomprensible desintegración. Las peores sospechas o amenazas no se concretan y provocan algo de decepción: el Quemado no lo mata ni confunde juego y realidad (como había apuntado el marido de Frau Else, que parecía un conspirador en la sombra), no cree que Udo sea un nazi. Udo regresa a Alemania, donde ni su amistad con Conrad (otro jugador, que termina pasándole dinero cuando empieza a escasearle, pues el retraso de su partida agota sus ahorros) es la misma.

Salvan a la novela algunas asociaciones metafóricas envueltas como en una especie de tela húmeda, pegajosa, esa recreación de un pueblo costero que al finalizar el verano se vuelve decadente y depresivo, el cierto tono de novela negra que impera sobre todo cuando las dos parejas están juntos (y que lo acerca un poco a El placer del viajero, de Ian McEwan), la precisa documentación sobre la Segunda Guerra Mundial y los juegos de guerra, el tono del narrador, la sensación de que siempre hay algo más allá, algo que rezuma pesimismo, la misma extrañeza que exporta el narrador, y que casi hasta el final se mantiene la incertidumbre. Dentro de la categoría de novelas póstumas, esta, escrita a finales de los años 80, dentro de lo que cabe está bien ensamblada y conseguida.

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