Ciencias morales. Martín Kohan. Anagrama (28/01/11)

(224 páginas. 16€. Año de edición: 2007)
María Teresa es la preceptora de 3º séptima del Colegio Nacional. Esta mujer de mediana edad y escasas aspiraciones es un personaje gris que vive con su madre, la cual no hace más que llorar porque su hijo está llamado a filas. Estamos en la Argentina de 1982 y la manera de describirnos la sociedad es a través de este colegio privado donde la disciplina, el rigor y la proclamación nacional son los signos de distinción. La opresión a la que son sometidos los alumnos pueden ser un claro trasunto de la que sintieron los argentinos en estos años.

El relato, no obstante, está centrado en María Teresa, Marita en casa, que se afana por seguir las instrucciones del señor Biasutto, jefe de preceptores. Hay que conseguir “el punto justo” para la mejor vigilancia. Tanto para los alumnos como para los mismos profesores. Muchas veces incluso los preceptores son los vigilados. María Teresa, que admira a este hombre, da lo mejor de sí y aunque a veces las preocupaciones se las lleva a casa y va perdiendo incluso el sueño (ni siquiera consigue conciliarlo rezando el rosario, como otrora) por esta y otras razones derivadas de esta tarea.

Y es que María Teresa es una mujer apocada, pacata, tímida, cerrada, reprimida. No ha conocido varón y no sabe ir más allá de lo recto. Muchas veces, cuando trata de reflexionar sobre las cosas que piensa o que siente, busca una interpretación simplista o justificadora de lo que realmente pasa: que a veces, por ejemplo, se excita.

Estamos hablando de cuando busca la prueba de que Baragli, el alumno al que olió perceptiblemente a tabaco (le recordó a su padre, que también fumaba), y para ello se embosca en los baños de chicos, dentro del reservado. Se va permitiendo pequeñas licencias como orinar allí mismo, y quitarse la bombacha para no salpicarla. Incluso llegará a asomarse una vez, alertada por el perfume (también de Baragli, por quien siente una evidente aunque no reconocida atracción) y le mirará la “cosa” (así llama ella al pene, una palabra reveladora de su forma de pensar) al chico, excitándose como otras veces con lo de los orines.

Kohan se arriesga mucho con esta novela donde apenas transcurre nada que un lento declinar de esta mujer y su entorno, así como del colegio y su finura a la hora de manejar asuntos de orden, rigor y moral. Sobre todo en la parte de los lavabos, donde, siempre con esa minuciosidad de la prosa del autor, al que no le importa repetir o alterar mínimamente oraciones para transmitir esa morosidad que rodea a la historia, se habla mucho de que si se orina, cómo orinan los chicos, las chicas, cómo es el estado de los urinarios (anticuados), etc.

Atrapado por este ritmo lento, cuando ya has avanzado más de la mitad de la novela, enganchado por los avances (que no son tales) de la investigación peculiar y extravagante de María Teresa, llega un giro, el clímax: alguien entra a los baños revisándolos y encuentra la puerta trabada donde está ella. Se cierra el capítulo con una desasosegante sensación de angustia, próxima a la novela de terror. Quien la descubre no es otro que el señor Biasutto, que queda desconcertado al principio y luego parece darle vía libre a este proceder, aunque no revelará sino las verdaderas inclinaciones de este señor que ya había dado muestras de ser un tipo abyecto, baboso, cuando se cita con Marita en un bar para hablar de cosas referentes al colegio (aunque ella no se entera hasta que es demasiado tarde y sucede lo que le sucede, aunque resulta que ni culmina con la “cosa” porque además de feo, repulsivo y cerdo, es impotente y se conforma con meterle el dedo para procurarse placer sexual).

Una novela con mayúsculas, merecedora del Premio Herralde, distinta, valiente, interesantísima, reveladora de un enorme talento literario.

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