Tres rosas amarillas. Raymond Carver. Compactos Anagrama (12/07/10)

(160 páginas. 7,90€. Año de edición: 1997)
Aunque me queda un poco lejano el primer volumen de relatos que leí de Carver (¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?), mis impresiones hacia este autor no terminaron de conformar una opinión demasiado favorable. Sí, elipsis y concisión, maestría para relatar escenas, retratos de unos norteamericanos cualesquiera, aridez, pero pronto el olvido. Con Tres rosas amarillas, cuyos relatos son más extensos que la otra obra mencionada, sin embargo, todo lo positivo se ha revalorizado. No hace falta quedarse con ningún relato en particular, aunque el que da título al libro, basado en los últimos días de Chéjov, destaque, pero es que se trata del único en 3ª persona y que no está ambientado en cualquier parte de EEUU ni tampoco en un pasado casi contemporáneo, sino a principios del siglo XX, recreando con bastante precisión y fidelidad los últimos días de la tuberculosis del maestro del relato corto.

El regusto amargo que dejan las líneas y los sobreentendidos de Carver configuran un preciso mapa de emociones auténticas y cotidianas. Incluso cuando se cuenta algún sueño no se trata de buscar significados ocultos o imágenes oníricas deslumbrantes. Estas historias son como golpes secos, precisos, para cuestionarte el significado de las cosas, y ni siquiera hace falta un remate final o un golpe de efecto que cuestione lo anterior. Al contrario, suele suceder que algún episodio secundario acabe tomando el protagonismo en las últimas líneas, enmarcando o relativizando lo que parece la trama principal. Un poso de extrañeza te suele quedar, empezando por los títulos, que no son, ni mucho menos, algo así como la enunciación del tema a tratar.

No hace falta nada demasiado especial o trascendente para formar parte de un relato: una madre que se muda ante el alivio y la culpa de su hijo (Cajas); una llamada telefónica a horas intempestivas abre un inesperado cuestionamiento ante la posibilidad futura y postrera de desconectarse de la máquina o no mutuamente a una pareja (Quienquiera que hubiera dormido en esta cama); la visita inexplicable de un escritor con éxito a su ex-mujer, la cual le recrimina una serie de cosas (como aparecer en sus relatos) aunque acaba perdonándole (Intimidad); un hombre con su matrimonio tambaleándose por culpa de una aventura con su vecina, Amanda (la cual a su vez está casada y su marido le ha dado un ultimátum), acaba pensando en un episodio de su juventud y en su amigo Alfredo, que se puso a cocinar menudo (¿?) a las tantas de la madrugada en medio de una fiesta en su casa (Menudo); un hombre trabajador agobiado por las deudas de sus familiares más allegados (hermano, madre, ex-mujer, hijos) termina resignándose y subido a un coche de un compañero de trabajo al que le pide que le apriete al acelerador (como si se aferrara a esa libertad que le falta en su vida: El elefante); partiendo del sobre que su mujer desliza por debajo de la puerta de su estudio, el narrador se cuestiona baldíamente sobre la veracidad de la carta de despedida basándose en que no es la letra de su mujer, por más que unas hojas adelante veamos que la decisión es irrevocable, que su mujer se lo dice a la cara, y que se acaba yendo, “custodiada” por el ayudante del sheriff, con un ranchero, cuyos caballos se habían perdido entre una espesa niebla: Caballos en la niebla).

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