Leviatán. Paul Auster. Compactos Anagrama (30/06/10)

(272 páginas. 9,50€. Año de edición: 2006)
“Mientras tienen mi libro en sus manos, mis palabras son la única realidad que existe para ellos”. “Un libro es un objeto misterioso y una vez que sale al mundo puede ocurrir cualquier cosa”. “Los libros nacen de la ignorancia, y si continúan viviendo después de escritos es sólo en la medida en que no pueden entenderse”. “Todo está relacionado con todo, cada historia se solapa con las demás”.
Esta última cita parece la frase paradigmática de esta novela, así como de la narrativa de Paul Auster. En este libro volvemos a encontrarnos esa maravillosa implicación del azar en las vidas de los personajes que recorren sus historias. Uno entra en este universo de implicaciones sorprendentes y entrelazadas con la ingenuidad de un buen lector y acaba apabullado y absorbido por todo cuanto acontece. Si bien por momentos raya la inverosimilitud (alguna anagnórisis rebuscada, la forma de ser de algunos personajes, como el principal, Benjamin Sachs, o Maria Turner), lo cierto es que Leviatán termina enganchando como las demás novelas que he leído de Auster. Podemos buscarle defectos constructivos o repeticiones estructurales, así como una tendencia a la publicación desmesurada, pero mientras Auster consiga crear universos narrativos tan originales y poderosos, las objeciones no son nada en comparación a los logros.

De nuevo narrado en primera persona, esta vez, no obstante, se nos va a contar, de forma directa o indirectamente (se alternan los dos usos con bastante pericia), por qué Ben, amigo del narrador, el escritor Peter Aaron (es fácil observar paralelismos con su biografía: Paul Auster/Peter Aaron, sus escarceos amorosos, su orgullosa paternidad, el matrimonio con una mujer fabulosa, Iris), acaba explotando en una carretera de Wisconsin por una bomba. Peter debe darse prisa en contarlo porque el FBI va tras la pista de Ben.

Como todo está relacionado con todo, como se nos dice, Peter tiene que partir del nacimiento de su amistad, e ir desgranando los años que dura, tanto directamente, como indirectamente, cuando se le pierde la pista y son las narraciones de otros o diálogos breves y apresurados en reencuentros imprevistos con Ben los que rellenan los huecos de su vida.

Ben pasa de promesa de escritor gracias a su primera novela, El nuevo coloso, de ser un hombre locuaz, dicharachero y alegre, a alguien encerrado en su silencio y su sentimiento de culpa tras caer por la barandilla desde un cuarto piso. El co-protagonismo del narrador va cediendo el peso y el paso, casi sin advertirse, hasta que Sachs es el eje central de todo. Al principio (porque las vidas de ambos están unidas) se nos ofrece un universo completo y vamos de Ben a Peter: sabemos del primer matrimonio de Aaron con Delia Bond, del que sólo se salva el nacimiento de su hijo David; de la infancia y de los padres de Ben; de su esposa, la bella Fanny, que acabará teniendo una aventura sexual con Peter, en uno de los momentos más tórridos del libro; de las dificultades tras el divorcio con Delia y la ayuda recibida por el matrimonio de Ben y Fanny; de las aventuras amorosas con Maria Turner, en una de las reuniones sociales que los esposos celebraban…

Si se nos cuenta todo esto es porque luego tiene relevancia. Por ejemplo, la extravagante y atractiva Maria, que arrastra tras de sí una serie de manías y proyectos que están a medio camino entre el arte y la locura: desde hacer fotos a desconocidos y luego inventarse sus vidas a querer intercambiar los papeles con su amiga de la infancia Lillian Stern, que ejerce de prostituta de lujo. Este personaje será fundamental en el devenir de la historia de Ben, que tras recuperarse del accidente (provocado, según su sentimiento de culpa, por desear a Maria en una fiesta en homenaje a la Estatua de la Libertad, el otro elemento central de la obra, como representativa de la búsqueda de ideales y de la libertad), pierde un poco el norte y acaba refugiándose en Vermont para escribir, aunque rechace también esa actividad.

Ahí Peter pierde el contacto con él y sabemos a partir de lo que le cuenta Maria y de su encuentro con Ben, a posteriori, el cual, tras una cadena de casualidades, acaba matando a un hombre llamado Reed Dimaggio y consiguiendo una enorme suma de dinero que este llevaba en una bolsa. Aquí viene puede que el hecho más insólito: este hombre es el ex-marido de Lillian y como Ben se obsesiona, decide reparar el daño causado a Lillian, dando pie a una tormentosa relación. A todo esto, Peter se ha casado con Iris, Fanny se ha divorciado de Ben y casado con Charles, Maria se ha enamorado de Ben… Ni siquiera la empatía que surge con Maria, la hija de Lillian, impide que Ben ponga en pie el último proyecto para encontrarse a sí mismo. A través de Dimaggio, que era una especie de anarquista, concibe poner bombas a pequeña escala a las reproducciones de la Estatua de la Libertad, haciéndose pasar por el “Fantasma de la libertad”, dejando notas esperanzadoras y críticas hacia el sistema político americano. Es así como acaba explotando.

El final de la historia lo pone uno de los dos agentes del FBI que se personaron al principio de la historia, ya que una firma apócrifa en un libro de no sé dónde que se encuentra resulta ser la de Ben, y gracias a eso descubre quién era el hombre que saltó por los aires en Wisconsin. La novela de Aaron pasará a ser leída por él, y el secreto de su amigo, desvelado. De nuevo, vida, azar y literatura están profundamente conectados. De nuevo, otro artefacto literario de Auster nos acaba enganchando. De nuevo, la galería de personajes que pueblan Leviatán (título que toma Aaron a modo de homenaje de la inacabada segunda novela que Ben estaba escribiendo) conforma un universo lleno de vida.

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