Las buenas intenciones y otros cuentos. Ángel Zapata. Páginas de espuma

(112 páginas. 13€. Año de edición: 2011. 1ª edición: 2001)
Será que no percibo la gracia que deben tener los cuentos o que mi gusto está traspasando los umbrales necesarios para valorar un buen cuento de un cuento que no me dice nada, pero esta "obra de culto", "uno de los títulos más influyentes entre las últimas generaciones de cuentistas", no me ha dicho nada, salvo en algún relato o en cierta expresión puntuales. A lo mejor, como ocurre con la poesía, es que el cuento necesita de una lectura más reposada y no me quito el chip de la lectura de novelas, pero tampoco debería ser así porque si en julio no he podido leer el libro con la calma suficiente, no podré volver a acercarme a un libro de relatos.

El caso es que la recomendación del encargado de la caseta de la editorial Páginas de espuma de la Feria del Libro ya debería haberme prevenido. Me dijo que se trataba de una literatura cercana con el surrealismo, y que para acercarme a Ángel Zapata me recomendaba empezar por este título, pues luego la tendencia se agudiza. Y es cierto que hay mucho diálogo absurdo, mucha situación que rompe la lógica. Eso no es negativo, salvo cuando cuesta darle un sentido que vaya más allá del mero juego de palabras o el más difícil todavía.

Y eso que el libro abre con quizá el mejor relato de todos, Mitades, con una situación cotidiana y rutinaria en la que un marido y una mujer, Alberto y Concha, están acostados en la cama y él observa la marca de lo que cree un chupetón en el hombro, y esa marca roja acaba suponiendo una señal de agotamiento (por lo que el título sería cuanto menos irónico). Ese tono costumbrista también se observa en Quizá una mala racha y Sí, cariño, pero la situación de un niño preocupado por el fin del mundo y el agotamiento de oxígeno no me termina de convencer, así como la metódica relación entre Norberto Bayón y Rosita, en la que la sumisión de ella acaba revirtiéndose en él.

El relato que da nombre al libro es el ejemplo perfecto de lo que para mí ha supuesto este conjunto de relatos: no entiendo que estas dos páginas sean tan relevantes como para darle el rango del título al libro. Se trata de un monólogo sin trascendencia ni demasiada gracia tras la consulta de un médico (lo mismo me pasa con los microrrelatos Justo y el ángel y Ecuador, por cierto).

Yo diría que un domingo y Lo bueno siempre es poco, los más extensos, me han cansado, a pesar de alguna frase más que interesante. En el epílogo Quince apuntes en torno al cuento el autor dice que "El realismo desvía al cuento de su vocación", pero esta desviación de un muerto que está borroso y un pueblo que parece una ramificación de Macondo no me lleva a ninguna parte, salvo al deseo de pulirme el resto de cuentos: Pandemia (un sabio inventa la leche que canta villancicos, ya ves tú), La partida (un marinero subido al palo más alto de un buque porque las mollejas de pollo estaban duras; y encima este relato fue antologado en un libro de cuentos que ya he leído), El valor (sobre dos náufragos), exceptuando Llueve con ganas, que se acerca a la entidad de poema en prosa, aunque las tres últimas frases entrecomilladas no me parecen la forma más acertada de acabarlo.

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