La barraca. Vicente Blasco Ibáñez. Alianza (Agosto 2009)

(199 páginas. 8€. Año de edición: 2004 -1ª edición: 1898)
Esta novela emblemática del ciclo valenciano se inscribe casi de lleno en la corriente del Naturalismo tan propia de Blasco Ibáñez. El determinismo, pues, las leyes de la herencia en este caso, influyen de tal manera que el devenir de la familia de Batiste queda marcado en los dos primeros capítulos, en los que ni siquiera aparecen ellos.

En la intensa narración de una barraca en la orilla valenciana, es apasionante seguir el esfuerzo y la lucha por hacer productivas unas tierras abandonadas hace diez años por culpa del explotador tío Salvador, que llevó a la ruina a la última generación de los Barret por su implacable arrendamiento. La emigrante familia de Batiste, que había renegado de las improductivas tierras de secano de Sagunto, se topa con el intransigente y hostil rechazo de las gentes del lugar, encarnado en el vividor y pendenciero Pimentó.

Pero no importa demasiado saber qué sucederá de estos esfuerzos y estos choques -máxime teniendo en cuenta la técnica naturalista-, sino disfrutar del detallismo descriptivo de la colorista y por momentos barroca prosa de Blasco Ibáñez. Retroceder a finales del siglo XIX y ver la dureza de la vida campesina en las acequias, un tanto al margen de la ciudad de Valencia pese a encontrarse en sus orillas, como por ejemplo ocurre con la escena del Tribunal de las Aguas, justo en la Puerta de los Apóstoles de la Catedral de Valencia, justifica esta amena y ágil lectura que quizá peca de un cierto inmovilismo en la psicología de los personajes y una inclinación algo tendenciosa que distingue a los buenos (el tío Barret, los Batiste, el pastor Tomba y su nieto, Tonet) de los malos (el tío Salvador y Pimentó).

Como digo, esta novela tan típica del Realismo decimonónico por su narrador omnisciente, su estilo indirecto libre y el detallismo ambiental y psicológico bien vale su lectura.

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