Entre dos palacios. Naguib Mahfuz. Martínez Roca (Julio 2009)

(448 páginas. 19€ -9,95€ ed. bolsillo-. Año de edición: 2006. 1ª edición: 1956)
En la nota preliminar, los traductores especifican que Entre dos palacios (que, por cierto, no sé bien a qué se refiere a no ser que sea simbólico y haga referencia a que un palacio sea la casa familiar y el otro Egipto) transcurre entre 1917 y 1919 y esta referencia temporal nos es muy útil a aquellos que desconocemos sobre la historia reciente de Egipto, ya que en esa época se inscriben los inicios de las revueltas independentistas de los egipcios.

Pero antes de que se pueda pensar que estamos ante una novela histórica, nada más lejos de la realidad, puesto que lo verdaderamente importante es el devenir de la familia Abd el-Gawwad. De hecho, durante aproximadamente dos tercios de la novela es el centro de atención, en una especie de enfoque microscópico, algo así como si eligiese la ciudad de El Cairo y, dentro de ella, se particularizase la atención en un palacio particular, el de esta familia.

Así, pues, lo que vamos conociendo son los pormenores, la vida rutinaria de una familia presidida por el carácter autoritario y por momentos violentos del padre, Ahmed, propietario de una tienda de comestibles. Las lentas descripciones de los ambientes y de los personajes se centran sobre todo en recabar las impresiones, los pensamientos y los sentimientos de los integrantes de esta familia.

Este tempo lento es engañoso, porque en el transcurso de estas estáticas descripciones, los días van pasando, hasta que sin darnos cuentan se suceden las estaciones y acontecimientos, los referentes al proceso de independencia de Egipto después de la finalización de la Primera Guerra Mundial, que arrastran todo ese inmovilismo que había protagonizado el día a día de los Abd el-Gawwad.

Lo importante, de todas maneras, es la introspección del autor, Naguib Mahfuz, Premio Nobel en 1988, ya que nos hace partícipes de una época y una cultura que no nos pertenecen, para acercárnosla y que podamos comprender mejor algo que desde nuestra perspectiva occidental nos cuesta entender.

El personaje más polémico, sin duda, es el de Ahmed Abd el-Gawwad, el autoritario, machista e hipócrita (lo que prohíbe en la casa no lo lleva a práctica con sus amigos, con quien es un dechado de humor y simpatía, por no hablar de su tendencia a festejar con vino y con mujeres) cabeza de familia, que mantiene, auspiciado por la ley musulmana, en un puño tanto a su mujer, Amina, como la educación de sus hijos, Jadiga, Aisha, Yasín, Fahmi y el pequeño Kamal. Si bien nos cuesta entender y aceptar el papel al que relegan a la mujer (Amina, por ejemplo, lleva veinticinco años sin pisar la calle porque para su marido es una deshonra), todo lo que en principio es un cúmulo de aspectos negativos se va suavizando y vamos entendiendo o valorando las cualidades de este egocéntrico hombre, como su ilimitado amor paterno, el cual no demuestra por culpa de sus creencias religiosas o la educación recibida.

No sólo hay gran riqueza en la pintura de Ahmed, sino que los demás personajes se nos muestran en toda su humanidad, con sus defectos y sus virtudes. Así, vamos conociendo a la inofensiva y amorosa Amina, incapaz de cuestionar a su marido, a quien admira, y que procura dar ese amor que él ve como un perjuicio. Muy religiosa y supersticiosa, procura por todos los medios evitar las disputas y los conflictos y ella misma es la que defiende el papel secundario y servicial de la mujer.

La mayor de los hijos es Fadiga, que destaca por su afilada lengua, su sarcasmo y su inteligencia, aunque la desproporción en sus rasgos faciales la sume en una gran preocupación de cara a un futurible matrimonio. Aisha, por el contrario, es más lánguida y perezosa, sobre todo porque su pelo rubio, sus ojos azules y su figura delgada (demasiado para el gusto de la época, donde el ideal de belleza se fija en la abundancia de kilos) le hacen ser muy presumida. Yasín, ya funcionario, es el más parecido al padre en lo referente a su amor por los placeres mundanos, además de poseer un carácter práctico que evita las polémicas. Fahmi es estudiante para abogado, religioso, obediente, respetuoso, educado y muy equilibrado, aunque pronto se sentirá muy ligado a los ideales nacionalistas. Por último, Kamal nos aporta la mirada pura e inocente de la infancia, con sus adorables travesuras y su genuina ingenuidad.

En esta tela de araña que el autor va conformando, si el lector no se siente abrumado por la minuciosa y morosa carga descriptiva del principio y disfruta con este acercamiento a la historia sosegada y detallista, pronto el paso del tiempo y de los acontecimientos resultarán subyugantes.

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