El tiempo envejece deprisa. Antonio Tabucchi. Anagrama (07/05/10)

(176 páginas. 16€ -Anagrama Compactos, 7€. Año de edición: 2010)
¿Qué podemos esperar de una obra con un título tan vacuo como este? ¿Algo sesudo de alguien que se ha exprimido la cabeza para soltarnos esta boutade en forma de título? De los relatos de este autor, Tabucchi, encomiado encarecidamente en la portada del libro (algo bastante frecuente, por otra parte) como uno de los mejores nombres del panorama italiano (menos mal que tengo el gusto de conocer y reconocer otros nombres como el de Melania Mazzucco, que si no abjuraría de la literatura italiana), tan sólo salvaría uno de ellos,  Nubes, que tampoco es nada del otro jueves, pero se libra al menos de esa atmósfera pretenciosa y condescendiente de los demás relatos, que nos cuentan menos de lo que nos cuentan, pero tampoco importa demasiado, porque a veces ni siquiera te importa acabar lo que estás leyendo, lo único que cuenta es desprenderte cuanto antes de ese estilo cargado, rimbombante, artificioso y vacío (por más que aspire a todo lo contrario), donde parece que lo primordial es metaforizar sobre algo que está más allá del bien y del mal, o soltar alguna frase “brillante” (“De la nada, esa percepción provenía de la nada, como su recuerdo, que no era un verdadero recuerdo, sino el recuerdo de un relato”), aunque a veces sólo queden frases imbéciles (“¿Y por qué el porqué se lo preguntaba precisamente ahora?”).

En definitiva, la sensación que te deja el libro es de un malestar irritante: no existen personajes interesantes (por muy escogidos que sean, por muy rebuscados por toda la geografía mundial y la historia contemporánea), no se sabe adónde te llevan (parece que el tipo se pone a pensar en cuatro chorradas y va desarrollándolas según le parezca bien), no hay un estilo más allá de esa pretenciosidad, y encima el desarrollo es torpe, lineal y previsible. La culminación, a veces abrupta, es de lo más simple que he leído en mucho tiempo. Y encima, para rematar, se deja para el final el engendro de A contratiempo, el peor relato con diferencia, del que no pude evitar saltarme unas cuantas páginas, sin importarme un bledo. “El hombre que conocía esta historia sabía que no podía acabar de ninguna otra manera” (trata de un gilipollesco déjà vu, al parecer). En ese párrafo la palabra “historia” (mancillada por estas ineptas manos) aparece repetida hasta en cinco ocasiones. ¿Y todo para qué? Para que resulte que no hay ninguna. Una injuria como remate final, vaya.

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