Cómo ser buenos. Nick Hornby. Anagrama Compactos (20/07/10)

(336 páginas. 9,90€. Año de edición: 2004)
En un día se puede leer esta novela. Eso es algo bueno (es indudable que la lectura engancha), pero también algo malo (demasiado fácil, digerible, fácil de olvidar). Esa ambivalente sensación se aplica al resto de la novela: parece mejor de lo que luego es. La narradora, la doctora Katie Carr, es alguien con quien casi cualquiera podría identificarse. Está llena de sarcasmo y cuenta su desastrosa vida con una mezcla de resignación y fatalismo, no exenta de momentos tan naturales como podría ser escribir un diario personal que a nadie le fuera ser enseñado.

Es paradójico, porque el que aspira a escritor es su marido, David, aunque se conforma con escribir una columna (‘el Hombre Más Airado de Holloway’), folletos (la única aportación económica a la familia, compuesta por dos niños: el arisco y taciturno Tom, y la bonachona aunque repelente Molly), mientras su proyecto de novela no avanza demasiado (y a Katie le parece una porquería).

El inicio de la novela es original: Katie, desde un aparcamiento, vía teléfono móvil, le pide el divorcio al insoportable e iracundo David, experto en sacarle punta a todo, exasperar a cualquiera y molestar y criticar a la perfeccionista Katie, que se ha echado un amante (cuando es algo tan impropio de ella). Pero entonces sucede algo imprevisto: David cambia por completo gracias a un sanador llamado GoodNews, un ex drogadicto que tiene la capacidad de, a través de las manos (que se le calientan), y de la tristeza que rezuma en las personas, curarlas. De repente, David se vuelve paciente y comprensivo, perdona a Katie por el amante y le pide perdón por todo lo malo. Aunque se vuelve tan bueno que quiere cambiar las cosas y mejorar el mundo: hospeda a GoodNews, se mete en asuntos como refugiar a sin techos, empuja a que sus hijos den la mitad de lo que tienen, etc. De modo que Katie ahora no sabe qué tiene que opinar al respecto. Su insatisfacción viene ahora en que está completamente confusa y perdida.

Ya por la mitad, el asunto pierde la gracia. Las dudas existenciales de una cuarentañera de clase media respecto a la vida, el amor y la familia se hacen redundantes. Alguna situación provoca risa y casi siempre me identifico con Katie más que con David, que parece abducido por el imbécil del sanador, por más que estos representen los ideales y la justicia y por más que Katie en teoría esté situada en el bando injustificable, egoísta e insolidario. Al final, muchos de los aspectos que han aparecido al inicio (la amiga Becca, el amante Stephen, el vecino Mike, el sin techo Monkey, el propio GoodNews) se desdibujan, y lo que parece el quid de la cuestión, si el matrimonio David-Katie saldrá adelante, resulta que tampoco importa demasiado. Los niños parecen cada vez menos niños para encarnar posicionamientos y la situación de Katie deviene en estancamiento porque esa es la postura que acaba eligiendo. La novela deja de ser tan digerible como al principio, la gracia y el dinamismo pierden peso. La idea de cómo ser buenos, como la de por qué hay que salvar (o no) el matrimonio, no son tan importantes. No se sabe qué es lo que importa, de hecho.

Y para rematar, el final es un poco incomprensible o enigmático: cuando parece que Katie se conforma con su vida (en un accidente casero provocado por una imprevista inundación), “en ese preciso instante, justo cuando no debo, atisbo el cielo nocturno que hay detrás de David, y veo que en él no hay nada, absolutamente nada”. ¿Nada respecto a que valga la pena, nada porque él sigue sin haber encontrado sentido a su vida?

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